«Ha, ha, ha, I'm back!». El 6 de noviembre de 2024, el día siguiente a su victoria en las elecciones de EEUU, Donald Trump llamó a los principales líderes mundiales. A varios de ellos -por ejemplo, a Emmanuel Macron- los saludó con una carcajada homérica y una advertencia macabra: «Ja, ja, ja, ¡he vuelto!». Y bien que os vais a enterar, sobre todo en Europa, le faltó añadir. El presidente francés se quedó desconcertado. A la espera. Otros, como el salvadoreño Nayib Bukele, vieron clara la jugada: «Sea cual sea su preferencia política, les guste o no lo que ha pasado, estoy seguro de que ustedes no captarán plenamente la bifurcación de la civilización humana que empezó ayer», tuiteó.
Tenía razón. Con Trump, el mundo se adentra en una nueva era carnívora en la que la fuerza de la razón sucumbe a la razón de la fuerza. El presidente de EEUU ha prefigurado un tablero global self service en el que los fuertes toman lo que quieren y el reparto del poder se establece por la vía de los hechos consumados. La única duda es si ese giro es reversible. El orden internacional mutó cuando EEUU capturó al dictador Nicolás Maduro el 3 de enero y saltará por los aires de manera definitiva si Trump consuma su amenaza de «adueñarse» de Groenlandia por las buenas -accediendo a sus recursos por debajo del hipotético precio de mercado: the art of the deal- o por las malas -la doctrina Monroe, pero rebautizada como Donroe, para intervenir sin justificación real aguna-.
La mayor isla del mundo es territorio del Reino de Dinamarca, y por tanto forma parte de la OTAN. Si el estado líder de la OTAN la invade, no sólo acabará definitivamente con la alianza atlántica -ya de por sí agonizante-, sino que estará forzando, de facto, a los estados miembros de la UE a asistir a Dinamarca «con todos sus medios», como dicta el artículo 42 del Tratado de la Unión. Pero Europa no consensuará nada relevante o disuasorio, porque no tiene mecanismos para hacer valer sus principios. Es el faro moral del mundo, sí: alumbra, pero permanece inmóvil. Aturdido. No tiene ni ejército común, ni músculo industrial defensivo, ni unión política real.
Groenlandia es Dinamarca y Dinamarca es un socio crucial de España. De hecho, según ha sabido EL MUNDO, desde el Gobierno de la primera ministra socialdemócrata Mette Frederiksen se han puesto en contacto con el Ejecutivo español para analizar la situación y compartir sus planes. Como socios comunitarios que son. Además de pedir ayuda y reclamar determinación, los daneses han transmitido que «va a ser muy difícil» evitar que Trump consume su operación de colonización (o vasallaje) de la isla, y que están «aterrados» con la idea de chocar con la primera potencia democrática del mundo.
No pasemos por alto que el intento de Trump por hacerse con Groenlandia sienta un «precedente», como han transmitido los interlocutores daneses. Y que ese «precedente» interpela directamente a España. Si pensamos en la lógica MAGA, ¿por qué Groenlandia ahora sí y Ceuta en el futuro no? ¿O Melilla? ¿Qué pasará si Trump necesita satisfacer a su socio estratégico marroquí, que es el clavo del abanico de la estrategia de EEUU e Israel para influir en el mundo musulmán? O, ya puestos, ¿qué pasa si Trump necesita Canarias como base para competir mejor con China y Rusia en el continente africano?
Precedente es la palabra clave. La UE debe hacer algo -nada cabe esperar ya de la OTAN de Mark Rutte- para evitar que se extienda la ley de la selva como principio rector del orden mundial. El Gobierno griego de Kyriakos Mitsotakis (miembro del PP Europeo) también mantiene comunicación con el Ejecutivo de España. Y ha transmitido que su principal preocupación es que la doctrina Donroe abra un periodo de barra libre para anexionar por la fuerza territorios en disputa. O codiciados. Véase a Putin con Crimea y el Donbás, a Xi Jinping con Taiwán... o al turco Recep Tayyip Erdogan con sus reivindicaciones sobre islas e islotes griegos cercanos a su costa. Esa disputa histórica por el Mar Egeo se libra, igual que la de Groenlandia, entre dos países miembros de la OTAN. Y ahí sigue pasmado Rutte, a punto de embadurnarse de maquillaje naranja y teñirse de rubio platino.
El futuro de Groenlandia se decide hoy en la reunión de los ministros locales con el secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio, y con el vicepresidente estadounidense, JD Vance. Lo que ocurra en ese encuentro marcará el inicio de una época de anomia internacional y de caos geopolítico... o la supervivencia, cogida con alfileres, de un orden mundial basado, siquiera lejanamente, en reglas. El problema de Groenlandia es que resulta muy apetecible por su mosaico de minerales críticos para la transición energética y tecnológica, por sus condiciones privilegiadas para los centros de datos, por sus reservas de crudo y gas o por su localización estratégica, más aún ahora que el deshielo del Ártico abre nuevas rutas comerciales por vía marítima.
Pero no sólo por eso. Uno de los principales problemas de Groenlandia -hay que escribirlo en cursiva, pero muy en serio- es que los mapas que usan la proyección de Mercator sobredimensionan su tamaño. Estas frases son reales, las pronunció Donald Trump en 2021: «Me encantan los mapas. Y siempre decía: "Mira el tamaño de esto, es enorme, y debería ser parte de EEUU". No es diferente de un negocio inmobiliario».
«Un analfabeto funcional como Trump puede alcanzar una forma de genio por su capacidad de ir al unísono con el espíritu de los tiempos», escribe Giuliano da Empoli en su imprescindible y actualísimo La hora de los depredadores (Seix Barral), en el que anticipa este nuevo mundo de líderes «borgianos».
Aunque el mejor resumen de lo que está ocurriendo no ha salido de ningún ensayo, ni de las cabezas pensantes de las cancillerías occidentales, sino de la web satírica El Mundo Today: «Europa pierde la paciencia con EEUU y amenaza seriamente con emitir un comunicado».