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Dormir al raso en el invierno más frío y lluvioso en Málaga

Dormir al raso en el invierno más frío y lluvioso en Málaga
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SUR recorre la capital durante las noches más gélidas para conocer el estado de las personas sin un hogar donde refugiarse. La mayoría lo hace bajo puentes y soportales
FOTO: ÑITO SALAS | VÍDEO: DANI MALDONADO 'Sin techo' Dormir al raso en el invierno más frío y lluvioso en Málaga

SUR recorre la capital durante las noches más gélidas para conocer el estado de las personas sin un hogar donde refugiarse. La mayoría lo hace bajo puentes y soportales

María José Díaz Alcalá

Miércoles, 11 de marzo 2026, 00:22

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Guarecido en el techado de la casa hermandad de Las Fusionadas, sobre un colchón, tapado hasta la boca y con algunas de sus pertenencias en una caja, pasa las noches Manuel. Tras un periodo en prisión, «las circunstancias de la vida» le dejaron sin casa, sin red y a la intemperie. Aunque asegura estar acostumbrado a dormir al raso, reconoce que en Málaga uno no se hace a amanecer «con todo mojado». Junto a él, abrigado con una bufanda de cuadros y paraguas en mano, apurando una lata de cerveza, José hace tiempo para que den las nueve de la noche y le dejen descansar en Café y Calor, el recurso de Cáritas que da a diario cena, una butaca o cama, desayuno y ducha a unas 20 personas sin hogar que necesitan refugio urgente.

Ñito Salas | Vídeo: Dani Maldonado

Hasta hace unas semanas se cobijaba bajo el Puente de la Esperanza, junto a uno de los veteranos de la calle, que ha hecho de este espacio su casa, con maletas colgadas de las rocas sobresalientes —entre otros muchos bártulos— e incluso una perra guardiana. En los días de lluvias torrenciales o de desembalses de la presa de El Limonero hay que saltar el muro que delimita el cauce y caminar entre maleza unos 50 metros para acceder. La pastor alemán hace su función y trata de amedrentar al desconocido. Su dueño le grita en un intento de calmarla, pero lo deja claro: «No quiero hablar. Cuando lo he hecho me han terminado echando de aquí y no me han dado ninguna solución». Tiene acento canario, aunque lleva afincado una década en la capital malagueña, y vende la chatarra que encuentra por los alrededores. Eso es todo lo que cuenta.

Mientras cocina, se asea y duerme, cientos de turistas cruzan el puente a diario para alojarse en uno de los hoteles más exclusivos de la ciudad sin percatarse, seguramente, de que a escasos metros se esconde la otra cara de Málaga, la más inhóspita. En otros puntos de los márgenes del río, desde el puente de La Rosaleda hasta el del Carmen, junto al Paseo Marítimo Antonio Machado, hay colchones, comida y enseres guardados en bolsas. No hay casi nadie, pero sí su rastro.

Yassine llegó hace poco más de un año a Ceuta desde Marruecos tras ocho horas nadando. «Me preparé y entrené mucho para eso». Como tantos otros chavales, llegó con la esperanza de un futuro mejor. Ahora, en la puerta del comedor Santo Domingo, en el barrio de La Trinidad, reconoce estar «mal, muy mal. «¿Para qué?. «He pedido ayuda, pero hay que esperar mucho. Quiero trabajo, busco trabajo». De momento, cuenta que pasa las noches en una tienda de campaña bajo el Puente de Tetuán, ya sin apenas esperanzas.

Desde el Ayuntamiento aseguran que el Servicio Municipal de Puerta Única, que valora la situación de las personas en situación de calle y ofrece los recursos disponibles —entre ellos, plazas de acogida, ropa y lavandería—, realiza una labor preventiva ante episodios de condiciones meteorológicas adversas. «Por ejemplo, cuando se prevé lluvia, se trabaja en colaboración con Policía Local y Protección Civil para vigilar los puntos donde habitualmente se instalan personas sin hogar, como los puentes». Además, recalcan que, en jornadas de bajas temperaturas, «se presta atención para ofrecerles todos los recursos que tienen a su alcance»; incluidas, plazas de acogida, apuntan.

José, sin embargo, a sus 73 años, se vio sorprendido por la crecida del Guadalmedina y tuvo que salir de allí, por su propio pie y a duras penas, explica. «Como pude crucé y fui a Puerta Única para hablar con mi asistenta y que me dieran alguna solución». Aunque dice haberse dedicado toda la vida a la construcción y a un negocio de frutería, hace unos tres años que está en la calle y hace casi 40 que no tiene contacto con su hermana. La pensión no le da para alquilar ni siquiera una habitación compartida y hacer frente al resto de gastos. Pero, tampoco se plantea pedir ayuda. «Yo no voy a decir que estoy en esta situación, nunca he estado y da vergüenza».

Ñito Salas | Vídeo: Dani Maldonado

Como José, muchos han tirado la toalla y ya no esperan una mano al otro lado. Pablo lo llama «ser realista». «Yo creo que en muchos casos es prácticamente imposible salir de la exclusión social». Con 56 años y una discapacidad, un tropezón en su carrera le hizo entrar en la espiral de la exclusión social. Durante más de dos décadas fue vigilante de seguridad, pero «un problemilla judicial» le retiró la placa y le llevó a pasar un año entre rejas. «De ahí vino todo, una cosa detrás de otra». Y se vio durmiendo en la calle. Aunque desde hace algunos meses descansa en un sillón del centro de acogida nocturna de Cáritas, sabe que es una solución temporal. Intenta no pensar mucho, «vivir el día a día y ya está», porque volver al Centro de Acogida Municipal no es una opción para él ni para muchos de los que han pasado por allí: «Son habitaciones de seis personas, la luz encendida toda la noche, la gente consumiendo sustancias estupefacientes, dando voces, yendo de una habitación a otra. Es una locura.

«La calle es un hotel de cinco estrellas

La primera noche nunca se olvida, coinciden todos. Buscas el recoveco más seguro, compañía y, con un ojo medio abierto, cuentas las horas para que salga de nuevo el sol. «Duro no, lo siguiente», relata Badar, que llegó hace ocho años a España desde Tánger en patera, hecho todavía un chaval. Es el único de su familia que se busca la vida al otro lado del Mediterráneo y no ha querido «preocuparlos». Desde hace dos meses y medio duerme al raso por un despiste: «No renové bien los papeles y perdí mi trabajo de camarero». Ahora teme que, si la situación se alarga, terminen preguntándole. «Siempre les mando 200 euros al mes y ahora mismo no puedo». cuenta

A Estefanía fueron precisamente los problemas familiares lo que la llevaron a la calle hace casi cuatro años. Roza la treintena, aunque su aspecto es de niña. Dulce y tímida. Coloca su cartón en hilera, junto al escaparate de un centro comercial. Hay luz de los focos del establecimiento y otros 'sin techo' que se han convertido en hermanos para la joven. Su historia es complicada de entender: una convivencia insostenible con su madre la llevó a irse de casa y, aunque regresa por temporadas, siempre termina marchándose de nuevo. Compungida y, por momentos, con los ojos lacrimosos, la joven, natural de Cali (Colombia), comenta que ha pasado por «todo tipo de albergues» y, al final, siempre elige la calle. «Allí siempre hay gente que toma drogas y yo prefiero estar aquí. Siempre intento cuidarme y no meterme en sitios que haya peligro».

Ñito Salas | Vídeo: Dani Maldonado

A tan solo unos metros, Kelli, con la cabeza sobre un macuto, se retuerce en un colchón, junto a una silla de ruedas. Tiene el tobillo fracturado tras caerse por las escaleras de la estación de tren. Con una discapacidad y sin familia —su padre se suicidó hace 15 años y su madre murió hace cinco a causa del alzhéimer —, hace menos de un mes que llegó a Málaga desde Estados Unidos, concretamente desde Texas, con su gato, en busca de un chico con el que llevaba chateando dos años. «Me llamó y me pidió que viniera aquí a Málaga. Íbamos a comprar una casa y todo eso». Pero, cuando aterrizó, ni rastro de su novio virtual, supuestamente «famoso». Se alojó en «un refugio» —previsiblemente, el Centro de Acogida Municipal— y una discusión con otra chica la puso en la calle. «Me echaron porque esa mujer dijo que le escupí, pero no lo hice». Desde entonces, pasa los días y las noches a la intemperie tratando de encontrar un billete de vuelta.

Un ciudadano 'sin techo', junto a su chabola. Ñito Salas

Brayan, en cambio, no se plantea volver a Pereira (Colombia) aunque a él tampoco las cosas le hayan salido como esperaba. Con familiares en otras ciudades españolas y la ilusión de disfrutar uno de los mejores clima del país, el joven llegó a la capital con unos 3.000 euros ahorrados y una habitación alquilada. Pero, se encontró con un compañero de piso que le robó el dinero y las temperaturas más bajas de los últimos años. A pesar de mostrarse roto, se aferra a quedarse en Málaga para seguir intentándolo. «Vine a luchar y a conseguir cosas, y a veces cuestan». Con una manta en el suelo para tratar de aislarse del frío, bajo unos soportales de la avenida de Andalucía, el veinteañero explica a la Policía que también le quitaron la documentación y el móvil. Dos mochilas y una maleta es todo lo que conserva de su vida anterior.

Damaris, cruzando un paso de peatones, con su carrito. Ñito Salas

Damaris sigue haciendo vida en el barrio donde se crió, La Trinidad, aunque al salir de prisión ya no tuviera allí su casa. De lunes a viernes, desde primera hora de la mañana hasta las cinco de la tarde, desayuna, se asea y hasta se maquilla en un centro de día. Por las noches, se busca la vida. «Pasando frío y tirando como una puede. Procuro llevarlo con alegría», se resigna. Aunque el desayuno y el almuerzo los tiene cubiertos, se pasea por el Centro cantando por Estopa, Melendi o Camarón y pidiendo unas monedillas para la cena.

—¿Cuál es su canción favorita?

—Ahora no te lo puedo decir que voy con bulla.

Casi ninguna persona termina en la calle por un solo problema, ni de la noche a la mañana. Pero sí por encadenar varios y perder en el camino los lazos sociales. Y eso, comparten, «no es tan difícil».

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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