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Fue el gran escritor mexicano Alfonso Reyes quien, en sus tiempos de embajador de México en Buenos Aires y en sus habituales encuentros semanales con Borges, un día preguntó: «¿Borges, porqué publicamos?». Y Borges, genial sin quererlo, le respondió: «Para dejar ... de corregir».
¿Cuál es la obsesión por publicar? ¿Soberbia? ¿Ego disparatado? ¿Qué se pretende? ¿Cambiar el mundo? ¿Transformar la sociedad? Menudo empeño. Menuda soberbia. Detrás de publicar, sobre todo en papel, (porque lo otro, lo digital, es una broma contemporánea), está el ego, el nombre en la portada del libro (un texto que antes era solo errabundo).
Constantino Bértolo (Navia de Suarna, Lugo, 1946) con este ensayo dedicado al arte, y lo es, de rechazar manuscritos, o de publicarlos, ha escrito un manual formidable sobre el guirigay de la edición, de los manuscritos llegados a la editorial y de los anhelos, incertidumbres, sinsabores, penurias y demás que cualquier autor (que no escritor hasta que se lo publiquen) espera a la hora mágica en que, embelesado en su propio yo, envía su obra a una editorial.
Reyes y Borges se permiten la broma de lo de dejar de publicar porque los dos ya están en otra órbita. Pero es cierto. Una vez la obra publicada no les pertenece a ellos, pertenece al lector. Maurice Blanchot: «¿Qué es un libro que no se lee? / Algo que todavía no está escrito».
Sí, la clave es el editor. Los que hacen los libros son los editores, los escritores escriben el texto, algo muy distinto. Porque esos textos serán libros o no lo serán. Bértolo, autor de libros imprescindibles para el laberinto de la crítica literaria como 'La cena de los notables' (2008, Periférica), y 'La crítica como combate' (2024, Diego Portales) es alguien que conoce los vericuetos y las autopistas del enredado mundo editorial, porque durante más de una década fue director de la muy prestigiosa, en parte gracias a él, editorial Debate y, más tarde, del sello Caballo de Troya (qué buen título), del grupo Penguin Random House, desgrana con solidez, conocimiento y desparpajo los tópicos, las utopías y las distopías de ese mundo.
Este ensayo, con mayor calado del que podría aventurarse, tiene eso que Juan Marichal definió como «la voluntad de estilo» o, dicho en palabras de alguien que aparece citado, Francisco Rico, «la crítica literaria se salva si está literariamente escrita». Y el libro de Bértolo está, para el lector, literariamente escrito. Es decir, resumiendo, se puede leer y gozar. Y de qué modo.
Este ensayo, con mayor calado del que podría aventurarse, tiene eso que Juan Marichal definió como «la voluntad de estilo»
Aquí todo el mundo quiere publicar, pero pocos parecen leer. Aquí, la jerarquía del valor literario se desmenuza en el libro más vendido. Aquí, la bolsa literaria cada vez presenta unos valores en alza tan efímeros en su cotización que producen escalofrío. Aquí, el marketing, la caída de los mandarines y los trescientos mil manuscritos enviados a las editoriales cada año son los que algunos entienden como auge cultural. Ya. Ya.
Calidad y comercio. Rentabilidad y lecturas literarias. El sentido de este imprescindible ensayo para enterarse de una vez por todas de qué va esto de editar y publicar se encuentra en las siguientes palabras del autor: «Descubrí que este libro era posible, es decir, que todavía hoy reflexionar sobre las sombras y las luces que el rechazo editorial contiene podría tener utilidad y sentido». Lo tiene, y de qué manera. Son dos mundos que se complementan o que se ignoran: lo literario y lo económico.
La clave es el editor porque es el que configura el equilibrio, sea cual sea la dirección literaria de la editorial. Un papel que Bértolo destaca es el de saber hacia dónde se dirige el ingenuo. De ahí que los consejos que se sugieren a un editor en las últimas páginas se conviertan en una clase magistral (en todos sus sentidos) para que descubra si lo que está leyendo, y confirme: «Es texto literario y no mera carne de premio literario». Bendito sea Bértolo, representa el mundo de ayer, inteligente, irónico, directo, crítico y con la curiosidad intacta. No es poco, en estos tiempos tan desdichados.
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