Los nuevos cables entre centros de datos evitan pasar por China y los puntos de estrangulamiento
Regala esta noticia Añádenos en Google 14/07/2026 a las 02:07h.«El fondo marino es un campo de batalla», declaró el ministro de defensa de Australia ante una sala repleta de almirantes y generales en ... Singapur a finales de mayo. Richard Marles, aludiendo a varios cables submarinos que han sido cortados en el mar Báltico y en las aguas que rodean Taiwán en los últimos años, se unió a 16 de sus homólogos para anunciar planes destinados a proteger los tentáculos submarinos del mundo digital: los casi 700 cables de comunicaciones que, en su mayoría, yacen expuestos en el fondo de los océanos.
Asia y Australia están conectadas con Europa mediante cables de fibra óptica que, por lo general, discurren junto a las costas del continente asiático antes de dirigirse hacia el mar Rojo. Sin embargo, la combinación del auge de la inteligencia artificial y la geopolítica está desviando el tráfico de cables hacia los océanos Índico y Pacífico, ruta que evita puntos de estrangulamiento como el estrecho de Malaca y zonas en disputa como el mar de China Meridional. Gran parte de este tráfico evita por completo el sudeste asiático y discurre desde Oriente Medio y la India hasta Australia para, desde allí, atravesar las islas del Pacífico rumbo a América.
El primer cable que siguió esta nueva ruta se tendió en 2022 entre Omán y Australia, con ramales hacia la base militar angloestadounidense de Diego García y las Islas Cocos, un pequeño territorio australiano en el océano Índico. Posteriormente, el año pasado, Google anunció que la Isla de Navidad, otro territorio australiano en el océano Índico, se convertiría en un nodo central de una nueva red de cables entre Australia y Oriente Medio: la fibra óptica discurrirá desde Omán, pasando por las Maldivas, hasta la Isla de Navidad y, desde allí, continuará hacia Australia. El «Proyecto Waterworth» de Meta, una red global de cables aún en desarrollo valorada en 10.000 millones de dólares, parece seguir un recorrido similar por el océano Índico.
El primer cambio en la redefinición de las rutas de los cables tiene que ver con quién los financia. Los cables submarinos son caros y, para sufragar su coste, durante la mayor parte de las últimas décadas las grandes empresas nacionales de telecomunicaciones solían formar consorcios para construirlos. En 1999, uno de los primeros grandes cables de fibra óptica entre Europa y Asia que entró en funcionamiento, conocido como SEA-ME-WE 3, costó 1.300 millones de dólares y contó con 92 socios en el consorcio. La financiación y la planificación de un cable entre tantas empresas solía aumentar los costes y retrasar su despliegue; una vez asegurada la financiación, el elevado número de socios implicados hacía que la ruta se acercara al continente asiático, donde se concentraba la mayor parte de los clientes.
Cómo la IA cambia los cables submarinos
Sin embargo, el auge de la inteligencia artificial está transformando la economía del negocio de los cables submarinos y modificando su geografía. En los últimos diez años, los gigantes de Internet han empezado a financiar y construir cables por su cuenta, lo cual ha simplificado la financiación y la planificación, además de reducir los plazos de ejecución de los nuevos proyectos. Google invirtió en su primer cable en 2008 y, desde entonces, ha financiado al menos otros 34, de los cuales 18 son de su propiedad exclusiva. Cada vez más, empresas como Meta, Google y Microsoft construyen cables no para conectar núcleos de población, sino para enlazar sus centros de datos.
Y lo están haciendo a gran escala. Según una estimación, en los próximos cuatro años se invertirá una media de 4.000 millones de dólares anuales en nuevos cables, la mayor parte de ellos por parte de los denominados «hiperescaladores», que aspiran a ganar la carrera de la inteligencia artificial. Aunque el servicio de Internet por satélite de empresas como Starlink se está abaratando, sigue siendo mucho más caro transmitir cada gigabyte de datos al espacio que hacer circular la luz por un cable, y todo apunta a que seguirá siendo así durante muchos años. Como consecuencia, los cables submarinos continúan transportando el 99 % del tráfico intercontinental de Internet.
A medida que el mercado de los cables submarinos se integra de forma vertical, también se expande geográficamente. Liberados de la necesidad de permanecer cerca de los núcleos de población, los buques están tendiendo cables en alta mar como nunca antes. Las nuevas rutas se han diseñado para evitar los fondos marinos bajo jurisdicción china o de gobiernos que podrían intentar exigir pagos por tender o reparar un cable a través de puntos de estrangulamiento, como los estrechos de Indonesia.
No se ha aprobado ningún cable nuevo entre Estados Unidos y China desde la presidencia de Barack Obama
El riesgo geopolítico se ha intensificado especialmente en el mar de China Meridional, donde China aún no ha logrado el control total de la superficie, pero ejerce una soberanía de facto sobre el lecho marino. Según el derecho internacional, los Estados no deben interferir en la reparación de cables fuera de sus aguas territoriales. Sin embargo, cualquier reparación dentro de la «línea de los nueve trazos» de China, que se extiende más de mil kilómetros desde sus costas —y que el país reivindica como límite de sus aguas—, requiere la autorización de las autoridades de Pekín.
Los cables que atraviesan puntos de estrangulamiento como el estrecho de Malaca afrontan riesgos similares, afirma Samuel Bashfield, investigador especializado en cables submarinos de la Universidad La Trobe de Australia. Las normas, en constante evolución, establecidas por países ribereños como Malasia e Indonesia están diseñadas para obtener beneficios de las operaciones relacionadas con los cables, con medidas como la exigencia de utilizar buques locales, lo cual puede generar costosas complicaciones. Sin embargo, las recientes reflexiones del presidente y del ministro de finanzas de Indonesia —ambos con problemas de liquidez— sobre cómo el país podría sacar partido de su ubicación, a caballo entre algunas de las principales rutas marítimas del mundo, sugieren que podrían avecinarse medidas aún más agresivas.
Para evitar estos riesgos, cada vez más tráfico de Internet simplemente las rodea: las nuevas redes de Google y Meta discurren desde Oriente Medio hasta Australia y, desde allí, hacia Japón, Corea del Sur o Estados Unidos, y, en el Pacífico, los cables utilizan cada vez más Guam como centro neurálgico para conectar a los aliados de Estados Unidos en Asia. Estas nuevas rutas forman parte de una infraestructura de Internet cada vez más bifurcada bajo las olas: no se ha aprobado ningún cable nuevo entre Estados Unidos y China desde la presidencia de Barack Obama.
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