Carmen, de 62 años, camina con varias bolsas de comida colgadas de los brazos por su barrio, Los Rosales, el más pobre de Ceuta y puede que de España: para que el lector se haga una idea, 1.000 euros menos de renta per cápita que las ya paupérrimas Tres Mil Viviendas de Sevilla, que a su vez están en sólo un tercio de la media española.
Y mientras decenas de inmigrantes magrebíes van y vienen a su alrededor, la mujer nos confiesa: «Yo... Yo, sí, es verdad que he pecado: les doy comida. Hay dos chavales que duermen delante de nuestra casa, de vez en cuando me vienen a pedir comida... ¿Cómo no les voy a dar? ¡Son niños! Vienen los adultos, y les quitan la comida, les dan hachís para fumar... Pero estos dos tendrán 12 ó 13 años... ¿Cómo no les voy a dar de comer? Hartos estamos, desde luego... Pero son niños...».
A renglón seguido, Javier, 54 años, taxista: «Yo te juro que los mataba a todos, pero no a los migrantes: ¡¡a los políticos que han permitido esto!! Es que sólo quiero verlos condenados a muerte, y yo jamás he sido así. Empezando por el tipejo ese que está en la Moncloa y que [omitimos sus palabras por decoro]. ¿Que cómo es nuestra vida? He comprado una pistola, no te cuento más» -un fotógrafo de prensa recibió hace varias semanas un perdigonazo en la cabeza y este periódico puede documentar al menos un ataque con perdigones a un inmigrante-.
Vamos con María Jesús, farmacéutica en el barrio de El Príncipe: «He dejado de ir en coche a trabajar, porque no quiero buscarlo por callejuelas al salir, a las diez de la noche, con todos esos magrebíes por ahí. Es una locura completa lo que vivimos: lo llenan todo de basura, te chulean por la calle, han esquilmado toda la pesca de roqueo... Y no te imaginas cómo se tratan entre ellos: se engañan, se estafan... El estanco de enfrente ha tenido que poner rejas, como todos los negocios. Es una pesadilla».
Nadir, 33 años, musulmán pero tan ceutí que habla puro gaditano: «Yo tengo que decir que no me afectan tanto en mi vida, claro que no tengo niños pequeños, y no soy mujer. Y veo a la gente muy quemada por los medios de comunicación, que están todo el día dando lo malo, todo lo malo. Y sí, hay agresiones sexuales, pero la mayor parte del mal se lo hacen entre ellos... Eso sí, el día que toquen a una [mujer] de aquí, ese día se arma lo más grande, acuérdate de lo que te estoy diciendo».
Hasta que llegamos a Alejandro Ramírez, vicepresidente de Ceuta: «No sabemos cuánto va a durar esto, ni podemos hacer una previsión. El Gobierno ni siquiera dice cuánto va a tardar en tramitar cada expediente, sólo nos dice que por normativa europea no puede pasar de 12 semanas. Pero, a 50 expedientes al día, que es el ritmo al que van ahora... Nos iríamos a año y medio hasta que esto se termine. Y nadie puede imaginar aguantar tanto. Esto no puede ser. No puede ser».
Pero es. Y vaya si lo es. Ceuta lleva, ya hoy, 60 días convertida en un psicodrama a cielo abierto, desde el torrencial asalto de unas 90.000 personas a la frontera de El Tarajal, desde Marruecos, los días 30 y 31 de julio pasados. Una especie de limbo en el que unos 10.000-12.000 magrebíes y subsaharianos conviven con los 83.000 ceutíes, un 42% de los cuales son musulmanes, en un pañuelo: los 19 kilómetros cuadrados de la ciudad autónoma. Se calcula que unos 8.000 están en recursos levantados tardíamente por el Gobierno, y otros 3.000-4.000 aún duermen en la calle, pero en esto, como en todo lo relacionado con esta crisis, increíblemente tras dos meses, no hay cifras oficiales.
Una historia que, después de muchas fases -«primero fue el shock, los dos días siguientes fueron de devoluciones, después el Gobierno nos abandonó y ahora están sufriendo mucho los barrios de los recursos», recita el vicealcalde-, ha desembocado en un punto complicado: el puro hastío. La desesperación que llegó con los migrantes, en su caso buscando una vida mejor, se ha trasladado ahora a los ceutíes. Que no saben cuándo van a recuperar la suya.
«Porque es que nos la han roto», dice María, una mujer en la sesentena, acampada desde hace 15 días frente a la Delegación del Gobierno, en una de las 20 tiendas Quechua de la plaza de los Reyes. «Antes yo caminaba todos los días junto al mar, ahora no puedo hacerlo porque está todo lleno de basura. Antes veía a mis hijos, ahora no puedo porque es todo un lío increíble. Las peleas, las sirenas y los helicópteros te crean una ansiedad brutal», dice. Y pone en palabras lo que flota en el aire: Ceuta vive en un constante def con dos, con el cortisol disparado, «y eso no es vida, te vuelves loco».Ceuta, es cierto, parece estar volviéndose un poco tarumba, «en un túnel al que no le ves ninguna luz al final».
«Y lo que quieren es dividirnos, que nos enfrentemos cristianos y musulmanes, y eso no lo van a conseguir», dice María, apuntando a otra de las grietas que se van atisbando en lontananza: Ceuta ha sido durante los últimos 25 años, justo cuando España pasó de productora a receptora de inmigrantes, un ejemplo de integración entre musulmanes y cristianos... Pero ahora la mayor parte de centros de acogida están en zonas musulmanas, y el centro, predominantemente blanco, está «limpio», admite Javier, el taxista del principio. Lo cual comienza a generar cierta sensación de agravio en la periferia -«los del centro no saben de qué se quejan», dice Samir, de la asociación de vecinos de Regulares-, a sumar a la intensa sensación de abandono, en toda la ciudad, por la extraña inacción del Ejecutivo central durante todo agosto. «Pasaron completamente de nosotros», dice María, «pero lo que tenemos que conseguir es que esto no se olvide ahora, porque si dejamos de ser noticia ahí sí que estamos jodidos».
Lo que ellos sí han logrado por el momento, en esta España de las acampadas (por la vivienda, en el Trampolín, etcétera), es la salida del delegado en una Ceuta en las que se multiplican los problemas de orden público. Este martes fue detenido un hombre por lucrarse con 3.000 euros alojando a inmigrantes. La Policía ha registrado hasta ahora, según cálculos para EL MUNDO, unas 40 agresiones sexuales en 60 días, casi todas a inmigrantes y 20 de ellas a menores. Diez chicas menores inmigrantes provocaron un altercado la semana pasada en un centro, al amotinarse empeñadas en salir a fumar de madrugada. El Ayuntamiento ha visto cómo crecen «notablemente»las obras en la ciudad, usando a inmigrantes llegados en julio como paletas.
En terrenos más escabrosos, la Unidad de Familia y Mujer de la Policía asegura no haber registrado casos de prostitución, pero fuentes del Gobierno central lo dieron por hecho a mediados de agosto, y chicas de varios recursos, entre ellos el Centro de Atención Temporal para Inmigrantes, salen arregladas cada noche (las del CETI al Trampolín) y son recogidas y devueltas al rato por taxis y coches paticulares. Donde no hay ley, ni identidad legal, ni límites, ni Estado, las necesidades humanas campan a sus anchas. Y el Estado lleva sin poder abarcar Ceuta ya dos meses.
Es todo tremendo: los parques infantiles se desinfectan varias veces a la semana, aunque allí son los migrantes quienes duermen y no los niños los que juegan. Se han demolido ya «unas ocho o nueve nuevas construcciones» levantadas con mano de obra migrante, admite el vicealcalde. Y, a la vez, la humanidad: , del barrio de Regulares, metió a unos diez migrantes en su garaje en los primeros días, «pero luego tuve que decirles que se fueran... Yo vivo de una pensión pequeña, no tenía mucho para ellos», explica.
Carmen, la mujer del inicio, nos estaba esperando para abrochar el texto. Ella ve a las chicas salir cada noche de la carpa con 900 migrantes junto a su casa, «vestiditas y así». Pero también observa desde su ventana a los dos chicos que duermen en una especie de cueva, en un saliente de la calle, frente a su ventana. Entre porro y porro le hacen un gesto. Y ella les da un trozo de empanada.