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El capitalismo tradicional pasó a la historia; lo de hoy es el “tecnofeudalismo”. ¿Estamos listos?

El capitalismo tradicional pasó a la historia; lo de hoy es el “tecnofeudalismo”. ¿Estamos listos?
Artículo Completo 490 palabras
En Tecnofeudalismo, Yanis Varoufakis explica cómo el capitalismo convirtió el capital en una forma de control. Primero, a través de la tierra y el trabajo; hoy, con asistentes virtuales y algoritmos. Lee un adelanto cortesía de Editorial Planeta.
WIRED StaffLibros y Música31 de mayo de 2026

El capital al mando

En 1829, un inglés de treinta y seis años decidió abandonar Inglaterra y buscar fortuna en Australia. Thomas Peel, hombre de recursos y con contactos políticos, zarpó hacia las antípodas con tres barcos que transportaban, además de a su familia, a 350 trabajadores (hombres, mujeres y niños), semillas, herramientas, otros bienes de capital y 50.000 libras en efectivo —una suma considerable en aquella época, equivalente a unos 4,6 millones de libras actuales—. La idea era establecer una colonia agrícola, pequeña pero moderna, en los mil kilómetros cuadrados de tierra que las autoridades coloniales habían expropiado a los nativos para dárselos a él. Pero poco después de llegar, sus planes se habían malogrado.

La principal causa del fracaso fue algo que Peel no podía imaginar. Sus planes eran meticulosos. Sin duda, habría dificultades, desde malas cosechas y cierta resistencia de los nativos australianos hasta peleas con las autoridades coloniales del lugar. Pero, gracias a su influencia política, y con trabajadores ingleses cualificados, con los mejores bienes de capital importados y con dinero suficiente para pagar a los trabajadores y comprar las materias primas necesarias durante un período largo, pensó que tenía todo bajo control. Por desgracia, como bromearía Karl Marx décadas más tarde, había algo que Peel no se había llevado de Inglaterra: ¡capitalismo!*

Peel se arruinó cuando sucedió algo inesperado: sus trabajadores lo abandonaron en masa, en una versión decimonónica y australiana de la «gran renuncia». Simplemente se marcharon, consiguieron parcelas de tierra en la zona circundante y empezaron a trabajar por su cuenta. Fue una catástrofe para la que, debido a su origen inglés, Peel no estaba preparado. Llevado por una falsa sensación de control fruto de la situación en las islas Británicas, supuso que el capital que había traído consigo de su Inglaterra natal le confería todo el poder que necesitaba ejercer sobre sus empleados ingleses.

Sus trabajadores, pensaba Peel, no tenían otra opción que el trabajo asalariado. Era una suposición correcta en Reino Unido, donde, después de los cercamientos —los enclosures, la privatización masiva de las tierras comunales que empezó a finales del siglo XVIII—, los campesinos expulsados no tenían acceso a la tierra. En Mánchester, Liverpool o Glasgow, los trabajadores sin tierras que renunciaran a un trabajo asalariado se morirían de hambre. En Australia Occidental, sin embargo, la abundancia de tierras (teniendo en cuenta incluso la presencia de los habitantes indígenas australianos) les ofrecía una alternativa: la renuncia y el empleo por cuenta propia. De modo que el desventurado señor Peel se quedó con los espléndidos bienes de capital fabricados en Inglaterra y dinero en efectivo, pero sin poder para mandar sobre sus trabajadores.

Fuente original: Leer en Wired - Cultura
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