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El Congreso insta a Sánchez a dimitir o aceptar una cuestion de confianza

El Congreso insta a Sánchez a dimitir o aceptar una cuestion de confianza
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El Congreso vuelve a constatar la soledad de Pedro sánchez al aprobar, con el apoyo de Junts, sendas mociones para que dimita o se someta a una cuestión de confianza. Leer
AnálisisEl Congreso insta a Sánchez a dimitir o aceptar una cuestion de confianza
  • IÑAKI GARAY
Actualizado 26 JUN. 2026 - 01:25Un grupo de diputados aplaude ayer en la sesión plenaria en el Congreso.Europa Press

El Congreso vuelve a constatar la soledad de Pedro sánchez al aprobar, con el apoyo de Junts, sendas mociones para que dimita o se someta a una cuestión de confianza.

El Congreso de los Diputados aprobó ayer, con el apoyo de Junts, una moción del PP que pide la dimisión de Pedro Sánchez "por la acumulación de investigaciones sobre casos de corrupción que tienen como protagonistas a responsables políticos nombrados por él". Y por si esta primera moción no fuera atendida, como se espera, el Parlamento aprobó otra para instarle a considerar la oportunidad de plantear una cuestión de confianza. Las iniciativas pueden parecer un brindis al sol, pero en este momento de debilidad del Gobierno tienen un enorme valor emocional.

Ambas acciones, aprobadas por sendas mayorías, no tienen ningún rango legal, porque es el propio presidente el que tiene la prerrogativa de llevarlas a cabo, pero surten el mismo efecto sobre la moral de Sánchez que nombrar la soga en casa del ahorcado. El mismo Sánchez que durante tanto tiempo se mostró jocoso y bromeó con la impotencia del Partido Popular para poner a otros grupos de su parte y que decía aquello de que "Feijóo no gobierna porque no quiere" está probando ahora de su propia medicina. Su derrota en el Congreso, ese lugar por el que Sánchez ha venido demostrando un notable desapego -dijo que gobernaría con o sin el Parlamento, y en buena medida lo ha cumplido abusando del decreto ley para temas ordinarios como si no hubiera un mañana-, es como la gota malaya que constata su soledad. Y ahora ya sabe que la gota no va a dejar de manar.

Al presidente no hay día que uno de sus socios no le pierda el respeto y le recuerde que está desnudo. Y en ocasiones, como este pasado miércoles, no fue solo uno de los socios sino todos los que le recordaron que ya no es digno de su confianza. En estas condiciones, la pregunta que todo el mundo se hace es ¿a qué espera Sánchez para acabar con la agonía y convocar elecciones? Lo único que espera es un milagro. El presidente se ha convertido en un auténtico ludópata del poder y espera una buena mano que revierta su ruina antes de que cierren el casino.

Según la visión idílica que tiene de sí mismo, todo lo que acontece a su alrededor es humo con el que sus enemigos están tratando de distorsionar la realidad y solo tiene que esperar a que se disipe para que los españoles "puedan elegir, con toda la información, qué partido está más capacitado para gobernar". Su problema es que tanto la información como la realidad le son especialmente esquivas. Desde que llegó al poder de la mano de un ignominioso pacto con los nacionalistas catalanes (amnistía y más prebendas a cambio de sus siete votos para llegar al poder), prácticamente no hay día que no surja un nuevo escándalo en su Gobierno o en su entorno familiar. Y no se puede decir que sea solo humo porque muchos de estos casos se han traducido ya en condenas como las que se acaban de dictar contra su exministro y exsecretario de organización, José Luis Ábalos, y su lugarteniente Koldo Izaguirre, al que Sánchez definió como "uno de los gigantes de la militancia". O como la condena contra su fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz.

Pese a todo lo que le rodea y la cercanía manifiesta con los condenados, el presidente es incapaz de hacer la mínima autocrítica y asumir cualquier responsabilidad y se presenta como una víctima inocente de no se sabe qué conspiración que él atribuye unas veces a la ultraderecha, otras a los medios y cada vez más a los jueces. Y luego presume de ignorancia. Este pasado miércoles dejó claro que si por alguna casualidad se descubriera un tema de financiación irregular en su partido, serían otros los culpables. Con Pedro Sánchez al frente el PSOE se está convirtiendo en una parodia de las que gustaba Monty Python. Aquella en la que el Rey Arturo combate con el Caballero Negro hasta que le amputa los brazos y las piernas. Y cuando Arturo se aleja habiéndole convertido en un tronco inamovible, el Caballero Negro le llama cobarde y le acusa de huir. El sanchismo es ahora ese Caballero Negro.

La permanencia de Pedro Sánchez en La Moncloa empieza a tomar tintes dramáticos. Su periplo no da ya para más. Políticamente está desahuciado porque el horizonte penal que pesa sobre su familia y colaboradores cercanos, entre los que estaría el propio expresidente Zapatero, tiende a infinito. Pero no se acaban de dar las condiciones para que tire la toalla. El momento político de este país se parece bastante a esa maravillosa obra de Luis Buñuel, El Ángel Exterminador, en la que todos los invitados a la cena saben que el sarao ha acabado pero, por lo que sea, es imposible cruzar el umbral que conduce a la salida. Casi todos los grupos condenan ya la permanencia de Sánchez, pero a la hora de la verdad todos se resisten a dar el paso definitivo para que hablen las urnas. Salvo Bildu y en menor medida Sumar, que han demostrado una lealtad casi inquebrantable con Sánchez, conscientes de que cualquier alternativa para sus intereses será peor, todos los demás se han distanciado para no verse arrastrados por él.

Ayer, todo el grupo socialista y el propio Sánchez se mofaron del triunfo de las dos mociones del PP, por su, como dijo Bolaños, "efecto político cero". Tal vez se equivocaron. La imagen de todo el grupo socialista aplaudiendo en pie, a modo de burla, una votación del Parlamento recordaba demasiado a aquel 18 de mayo de 2018 en el que la misma bancada ovacionó a José Luis Ábalos como el portavoz de la regeneración prometida de Sánchez. Una señal.

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Fuente original: Leer en Expansión
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