- FRANCISCO CABRILLO
Se presentaron diez principios para las políticas de libre mercado que definían una forma de limitar el poder de los gobernantes y de estructurar la economía internacional.
En la década de 1980 se produjeron cambios sustanciales en la política económica de muchos países. Es evidente que las reformas se llevaron a cabo porque Margaret Thatcher y Ronald Reagan llegaron al poder en 1979 y 1981, respectivamente. Pero es importante añadir que, tras las crisis de los años setenta, había cobrado fuerza la idea de que convenía modificar sustancialmente la gestión de la economía; y que fue esto lo que llevó al gobierno a estos dos políticos tan relevantes. Creo que, si cualquiera de ellos se hubiera presentado a unas elecciones veinte años antes, no habría tenido éxito. Sin embargo, las cosas empezaron a verse de manera muy diferente algún tiempo después.
El objetivo de estas reformas era, en ambos casos, frenar el crecimiento del estado tanto en su faceta de suministrador de determinados bienes y servicios, como en su papel de regulador de la actividad económica del sector privado. No cabe duda de que el mundo sería hoy distinto sin las reformas de Reagan y Thatcher. Y si hacemos una valoración global de ellas, hay que concluir que, con sus éxitos y fracasos, los resultados positivos de ellas superaron ampliamente a los negativos. No tiene sentido buscar una sola causa que explique el crecimiento que experimentó la economía mundial en las décadas siguientes. Pero éste se entendería difícilmente sin los cambios introducidos en las políticas económicas en esta época.
Poco tiempo después lo sustancial de estas ideas tomarían forma en lo que pasó a denominarse el Consenso de Washington. 1989 fue año importante en la historia de Europa, ya que vio la caída del Muro de Berlín, un suceso fundamental que, además de abrir el camino a la reunificación alemana, significó el principio del fin de la Guerra Fría y fue un primer paso hacia la desaparición de la Unión Soviética. Pero, para los economistas, fue también un año relevante porque en 1989 se presentaron los principios del denominado Consenso de Washington, que ofrecían al conjunto del mundo -tanto a países ricos como a países en vías de desarrollo- una serie de recomendaciones que definían las bases que deberían inspirar las políticas de las naciones de economía de mercado.
Parece que el término Consenso de Washington fue acuñado por John Williamson para resumir en diez puntos los principios básicos que deberían inspirar las políticas de las economías de libre mercado. En lo que se refiere a la política fiscal, se recomienda que ésta sea equilibrada, evitando los déficits presupuestarios elevados sostenidos a lo largo del tiempo; así como la reestructuración del gasto público para centrarlo en los sectores en que sea realmente útil para la sociedad; por otra parte, se establece que las bases tributarias deberían ser ampliadas y los tipos marginales de los impuestos progresivos reducidos.
En política monetaria, se defiende que los tipos de interés deberían ser fijados por el mercado; y que los tipos de cambio tendrían que reflejar la realidad de las economías. Todo ello acompañado de medidas como la liberalización del comercio y de la inversión exterior; la privatización de empresas públicas; y la desregulación de la economía en muchos campos en los que el Estado debería limitar su intervención. Y, muy importante también, se debería siempre garantizar a los agentes económicos la seguridad jurídica y el respeto a los derechos de propiedad.
Refuerzo
Como puede verse, no se trataba tanto de plantear políticas innovadoras como de reforzar ideas bien conocidas, que definen una forma de entender la economía que limita el poder de los gobiernos: y éste es, seguramente, el motivo por el que tantos políticos se han resistido -y se resisten hoy- a aceptarlas. Pocas veces gusta, en efecto, a un gobernante perder poder en la gestión de la actividad económica. De hecho, han transcurrido ya treinta y siete años desde aquel momento. Y parece que las certezas de entonces se han visto sustituidos, en algunos campos, por serias dudas.
Y esto ha sido así pese a que la evolución de la economía a lo largo de los últimos cuarenta años muestra que los efectos de aplicar políticas como las definidas en el Consenso de Washington han sido muy positivos, especialmente para los países menos desarrollados, que han avanzado de forma muy significativa -con excepciones, sin duda- en su desarrollo económico y han conseguido reducir la pobreza de una forma como nunca se había visto en el pasado.
Pero no es claro que vayamos a seguir en esta misma línea. La estructura de la economía internacional ha cambiado de forma profunda en estas cuatro décadas; la denominada "nueva geoeconomía" ha introducido elementos políticos preocupantes en la gestión de la economía; y uno de los principios básicos del Consenso, la libertad de comercio internacional, ha sido puesta en cuestión.
Nadie sabe hoy hacia dónde se dirige exactamente la política económicadel mundo occidental y qué quedará de aquellas recomendaciones que, en su día, fueron consideradas como la vía más adecuada para lograr la libertad y la prosperidad. Pero, en ningún caso convendría olvidarse de ellas y de lo que han supuesto para el desarrollo económico en el mundo a lo largo del último medio siglo.
Francisco Cabrillo es catedrático emérito de Economía de la Universidad Complutense. Fundación Civismo.
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