El cortafuegos que los partidos alemanes establecieron alrededor de la extrema derecha en la década pasada amenaza con convertirse en simple historia
Regala esta noticia Añádenos en Google Manifestacion contra la AfD en Alemania. (AFP) 08/09/2026 a las 19:45h.En el momento fundacional de Alternativa para Alemania (AfD), como reacción de un grupo de académicos y economistas del Bundesbank contra los rescates europeos, desde ... la conservadora Unión Cristiano Demócrata (CDU) se asentía en silencio. Era el año 2013 y en Alemania se extendía sigilosamente una sensación de fraude: contra lo que los socios europeos habían prometido, la UE se convertía en un mecanismo de transferencia de deuda. La CDU mantuvo siempre su europeísmo, pero ambos partidos estaban tan cerca como permiten las escisiones: los fundadores de la AfD, Bernd Lucke y Alexander Gauland habían abandonado el partido dirigido por Merkel.
«Se subestimó a la AfD, como a otros partidos populistas en Europa», juzga Marcel Lewandowsky, politólogo de la Universidad de Greifswald, «y el cortafuegos ha resultado contraproducente porque ha dado tiempo a sus cuadros a profesionalizarse y buscar apoyos financieros, a prepararse meticulosamente para gobernar, a reclutar personal especializado».
Greifswald señala como gran baza de la AfD el haber dado con un tema que importaba realmente a los votantes y que era sistemáticamente ignorado por el resto de los partidos: la inmigración descontrolada. «El término partido de protesta sugiere que la gente vota sólo por decepción, pero la protesta no es apolítica. Las personas decepcionadas encuentran una doble oferta en la AfD: un punto de venta único en la política migratoria y la defensa contra el estatus de forastero en su propia tierra. Los otros partidos hacen como si esa realidad no existiera, por el mero hecho de no deber existir, y la AfD se convierte en la única opción para muchos votantes de hacerse oír».
El cortafuegos vivió un hito en 2020, cuando el liberal Thomas Kemmerich fue elegido presidente regional de Turingia gracias a los votos de la AfD y la CDU, en una maniobra parlamentaria para evitar un gobierno liderado por La Izquierda. La reacción de Angela Merkel fue inmediata y excepcional: intervino desde Sudáfrica, en viaje oficial, para ordenar revertir la elección y calificar públicamente la decisión de su propio partido de «imperdonable». La CDU de Turingia cedió y Kemmerich se convirtió en el presidente regional más efímero de la República Federal, un mes menos un día.
La mayoría silenciosa
«Sabemos por varios estudios que los votantes de loa AfD a menudo tienen la impresión de pertenecer a una mayoría silenciosa que los políticos ignoran, especialmente en materia de inmigración, democracia y sociedad. Creen que los políticos tradicionales hacen trampas contra la democracia auténtica, a la que consideran agraviada», sigue Greifswald, que señala el «cortafuegos» como una percepción de agravio.
En las siguientes regionales de Turingia, en 2024, la AfD obtuvo un 32,8% de los votos, aunque de nuevo no pudo gobernar porque el resto de partidos se negó a colaborar en ellos. «El cordón sanitario nos ha hecho grandes y ahora somos el partido más fuerte de Alemania; pronto celebraremos la llegada del primer jefe de Gobierno de la AfD a la cancillería de Berlín», celebra el líder regional, Björn Höcke, líder del ala más radical de AfD.
En las redes alemanas circulan desde el domingo varias campañas de recogida de firmas para prohibir el partido AfD, basadas en la declaración oficial de «partido extremista de derecha», que en Alemania equivale a partido antisistema o anticonstitucional, por parte de los servicios de Inteligencia anterior, la Oficina Federal para la Protección de la Constitución (BfV). Se trata de una reacción a la desesperada tras los resultados en Sajonia-Anhalt.
Alemania tiene un mecanismo para prohibir partidos, fijado en el artículo 21 de la Ley Fundamental, pero por motivos históricos es extremadamente restrictivo: solo si busca activamente destruir el orden democrático y existe una «potencialidad» real de éxito. La AfD ha sido vigilada, clasificada y investigada, pero no prohibida. El primer debate al respecto tuvo lugar en 2017, pero el Gobierno y la mayoría de constitucionalistas y asesores determinaron que no había base jurídica suficiente y que un intento fallido podría fortalecer políticamente a la AfD, como había ocurrido anteriormente con el partido neonazi NPD.
El presidente regional de Renania del Norte-Westfalia y delfín de Friedrich Merz en la presidencia de la CDU, Hendrick Wüst, volvió este martes a sacar el tema. «La cuestión fundamental es cómo el Estado aborda constitucionalmente a un partido que persigue objetivos anticonstitucionales, al menos en algunos Estados federados», dijo, y recomendó «una estructura en la que estas cuestiones sean examinadas con cuidado, profesionalidad y exhaustividad por los Gobiernos federal y regionales».
Y mientras Merz insiste en mantener el cortafuegos, varios destacados políticos de su partido abogan por derribarlo. El copresidente de la AfD, Tino Chrupalla, se jacta de que «todo lo que no sea normalizarnos se convertirá en una nueva afrenta a nuestros votantes». Las causas del éxito arrollador en Sajonia-Anhalt, según la valoración de la también copresidenta de la formación ultra, Alice Weidel, son «la inmigración descontrolada, la pérdida de soberanía por falta de control en las fronteras y la deuda pública que el Gobierno está disparando, contra la esencia de la cultura económica alemana».
«Mientras la CDU siga dejando espacio a la derecha, la AfD seguirá al alza», predice Yascha Mounk, investigador de la Universidad John Hopkins, que no ve potencial de freno en la exclusión de las instituciones y los gobiernos. «A los votantes les preocupa la seguridad, la inmigración y la guerra. En la medida en la que los otros partidos no se ocupen de estas cuestiones, la AfD ocupará ese lugar», dice por su parte Jan Philipp Thomeczek, de la Universidad de Potsdam, que sugiere que hay quien vota a estas siglas por su extremismo, pero la mayoría lo hace a pesar de esta condición. «Sintonizan con las preocupaciones del votante, sin situarse en un plano de superioridad moral para juzgar si tales preocupaciones son correctas o no».
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