- TOM BURNS MARAÑÓN
El autor defiende que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, debería seguir el ejemplo de Keir Starmer y presentar su dimisión.
La solución es muy sencilla: es marcharse. Todo presidente de toda gran empresa cotizada anuncia que se va a su casa nada más sentenciar unánimemente siete jueces del Tribunal Supremo a veinticuatro años de cárcel por malas prácticas al consejero delegado que él eligió. Solo así se evita en lo posible el ensordecedor pataleo de los accionistas y el desplome total del valor de la entidad.
Lo que hay que hacer en estas circunstancias es marcharse ordenadamente, como ha dicho que se va el inglés Sir Keir Starmer. La coincidencia de la crisis política en Reino Unido con la de España saca las vergüenzas a Pedro Sánchez. Y crea una sana envidia del sistema parlamentario británico entre una mayoría de españoles que desean la inmediata dimisión del ocupante de Palacio de la Moncloa.
A lo largo de las próximas semanas el Prime Minister y líder del Partido Laborista dará paso a Andy Burnham, el aparentemente más brillante de los altos ejecutivos de la socialdemocracia británica que fue ministro en la época dorada de Tony Blair y ahora es el popularísimo alcalde de Manchester. Starmer no se ha rodeado de subordinados corruptos, pero bajo su presidencia la marca Labour Party ha dejado de gustar por sosa y vacilante. Su liderazgo ha sido letalmente cuestionado en sondeos y en elecciones parciales.
La indefinición y la indecisión son absolutamente imperdonables en el cada vez más competitivo mercado de la política. En la nueva era saturada de información que han inaugurado las redes sociales, el público demanda mensajes sencillos y soluciones contundentes e instantáneas a problemas que son complejos. Su pensamiento desordenado no da para más, porque la transmisión del saber le es desconocido y el decoro ha desaparecido. En estos confusos tiempos no faltan plataformas insurgentes que agitan sus miedos y sus prejuicios.
La prolongación en el poder de quien a diario pierde legitimidad para ejercerlo da alas al populismo antisistema. ¿Por qué no sigue Pedro Sánchez el ejemplo de Starmer? ¿Por qué no reconoce que su liderazgo, debido a las causas judiciales que involucran a su círculo cercano, es muchísimo más insostenible que el que hundió a su correligionario británico?
Ante una crisis sistémica que arrecia ¿por qué no asume Sánchez que el orden de prioridades de un mandamás en la vida pública es primero el interés de su país, luego el de la formación política que lidera y, en último término, el suyo propio?
Si se formulan estas preguntas en el bar de la esquina a la hora del aperitivo, los habituales de la tertulia dirán que el todavía presidente del Gobierno de España se enroca porque teme ir a la cárcel. Esta explicación da por concluida toda explicación del asunto. Pero hay otra que enriquece la conversación.
Starmer no puede ponerse a salvo con la jugada sobre el tablero del rey y la torre como hace Sánchez. Y Sánchez sí. Se lo permite la ley electoral que está vigente desde hace casi cincuenta años y se lo autoriza la estructura jerarquizada que por aquel entonces interiorizaron los partidos políticos cuando fueron legalizados. Sánchez sabe aprovecharse del déficit democrático que acarrea el sistema político desde que se liquidó la dictadura. Sánchez hace lo que hace porque puede hacerlo.
La carencia democrática se debe fundamentalmente a dos contextos que son bien conocidos. Uno es la presentación de listas cerradas y bloqueadas de candidatos en las elecciones locales, autonómicas y generales. Los potenciales cargos electos se deben, por lo tanto, no a quienes aspiran representar sino a quienes le incluyeron en la candidatura. El otro es la elaboración de esas listas que se presentan a los comicios por la cúpula directiva de cada partido. En cada caso y sin excepción esa directiva es opaca, endogámica, reacia a rendir cuentas al electorado y disciplinadamente servil ante el líder.
Starmer tiró la toalla porque se lo exigió el grupo parlamentario del Partido Laborista. Al hacerlo, los MP's, Members of Parliament, que ostentan una holgada mayoría, actuaron de acuerdo con el sentir de quienes les votaron, y por supuesto de quienes no les votaron, en sus distritos electorales. Starmer estaba acabado, el populismo aporrea las puertas de la Cámara de los Comunes y, quizás, con Burnham de Prime Minister aumentará la confianza en el sistema.
El derrocamiento parlamentario de Starmer es inconcebible en España. El pasado jueves, el grupo parlamentario socialista, más exactamente sanchista, aplaudió a rabiar a su jefe Sánchez cuando en una votación inédita en los casi cincuenta años de democracia parlamentaria una mayoría del Congreso de los Diputados -177 diputados a favor, 171 en contra y uno que se abstuvo- exigió la dimisión del presidente del Gobierno.
Y en su reunión el sábado, el comité federal del Partido Socialista, o sanchista, cerró filas, tal y como se esperaba, en torno a Sánchez. No hay solución.
Un escudo energético estable para la industriaEstanflación, el precio de la guerra con IránBrexit: diez años después o el arte de seguir adelante Comentar ÚLTIMA HORA-
00:08
El déficit democrático