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El deshielo del yo

El deshielo del yo
Artículo Completo 567 palabras
Antonio Soler es, al humilde entender de quien esto escribe, el mayor novelista español vivo. A lo largo de tres décadas ha levantado un corpus narrativo vasto, coherente, de una ambición impropia de estos tiempos angostos y pobretones. Hace ahora veinte años publicó una novela total que, por extraños azares, pasó inadvertida y que andando el tiempo fue eclipsada por otras de sus obras. Puede que no tuviera el relumbre sentimental de 'Las bailarinas muertas' o la monumentalidad de 'Sacramento', pero 'El sueño del caimán' no era, a todas luces, una novela menor. Sea como fuere, su vigésimo aniversario tampoco ha suscitado grandes celebraciones, así que se hace obligado dedicarle unas líneas. Como en varias de sus novelas, esta aborda lo que sucede cuando el pasado retorna inopinadamente. En este caso, comparece en la recepción de un hotel canadiense con pasaporte español, abrigo gris y la cara de un antiguo compañero de clandestinidad . Si la violencia política de 'Apóstoles y asesinos' ardía en la calle, entre obreros, anarquistas y pistoleros de la patronal, la de 'El sueño del caimán' lleva décadas sepultada bajo una costra de hielo , hasta que un nombre pronunciado al otro lado del mostrador empieza a resquebrajarla. En una escena inolvidable, el narrador despierta sobresaltado y levanta las sábanas como si temiera encontrar algo enroscado al calor de su cuerpo; luego mira la calle desierta de Toronto y piensa que quizá el deshielo esté devolviendo otro cadáver al lago. 'El sueño del caimán' plantea hasta dónde puede llegar una persona para demostrar que no es solo una excrecencia de su químicaLa escena es comparable, por su pregnancia lírica, a la del toro acosado por los perros en 'Boabdil' ; a la de Sintora tocando la trompa junto a los rusos muertos (por si al oírla se levantan) en 'El nombre que ahora digo'; al aullido metálico e infantil de la Máquina de Picar Carne en 'Una historia violenta' y al cadáver de Estéfano en la pista del circo, bajo el foco blanco, rodeado de enanos, domadores y tragasables. Hay novelistas con un mundo reconocible; Soler tiene unos cuantos, comunicados entre sí por pasadizos y reverberaciones.'El sueño del caimán' plantea hasta dónde puede llegar una persona para demostrar que no es solo una excrecencia de su química, un barullo de impulsos neuronales arrastrado durante media vida por la orilla helada de un lago extranjero. Veinte años después, la pregunta que la novela deja en el aire sigue sin resolverse, y tardará en hacerlo: qué queda de uno cuando la memoria es como un archivador celular que alguien hubiera desordenado y el yo, una bola de mercurio que se parte, se dispersa y vuelve a juntarse sin que nadie pueda jurar que sea la misma.

Antonio Soler es, al humilde entender de quien esto escribe, el mayor novelista español vivo. A lo largo de tres décadas ha levantado un corpus narrativo vasto, coherente, de una ambición impropia de estos tiempos angostos y pobretones.

Hace ahora veinte años publicó una ... novela total que, por extraños azares, pasó inadvertida y que andando el tiempo fue eclipsada por otras de sus obras. Puede que no tuviera el relumbre sentimental de 'Las bailarinas muertas' o la monumentalidad de 'Sacramento', pero 'El sueño del caimán' no era, a todas luces, una novela menor. Sea como fuere, su vigésimo aniversario tampoco ha suscitado grandes celebraciones, así que se hace obligado dedicarle unas líneas.

Como en varias de sus novelas, esta aborda lo que sucede cuando el pasado retorna inopinadamente. En este caso, comparece en la recepción de un hotel canadiense con pasaporte español, abrigo gris y la cara de un antiguo compañero de clandestinidad.

Si la violencia política de 'Apóstoles y asesinos' ardía en la calle, entre obreros, anarquistas y pistoleros de la patronal, la de 'El sueño del caimán' lleva décadas sepultada bajo una costra de hielo, hasta que un nombre pronunciado al otro lado del mostrador empieza a resquebrajarla.

En una escena inolvidable, el narrador despierta sobresaltado y levanta las sábanas como si temiera encontrar algo enroscado al calor de su cuerpo; luego mira la calle desierta de Toronto y piensa que quizá el deshielo esté devolviendo otro cadáver al lago.

'El sueño del caimán' plantea hasta dónde puede llegar una persona para demostrar que no es solo una excrecencia de su química

La escena es comparable, por su pregnancia lírica, a la del toro acosado por los perros en 'Boabdil'; a la de Sintora tocando la trompa junto a los rusos muertos (por si al oírla se levantan) en 'El nombre que ahora digo'; al aullido metálico e infantil de la Máquina de Picar Carne en 'Una historia violenta' y al cadáver de Estéfano en la pista del circo, bajo el foco blanco, rodeado de enanos, domadores y tragasables. Hay novelistas con un mundo reconocible; Soler tiene unos cuantos, comunicados entre sí por pasadizos y reverberaciones.

'El sueño del caimán' plantea hasta dónde puede llegar una persona para demostrar que no es solo una excrecencia de su química, un barullo de impulsos neuronales arrastrado durante media vida por la orilla helada de un lago extranjero. Veinte años después, la pregunta que la novela deja en el aire sigue sin resolverse, y tardará en hacerlo: qué queda de uno cuando la memoria es como un archivador celular que alguien hubiera desordenado y el yo, una bola de mercurio que se parte, se dispersa y vuelve a juntarse sin que nadie pueda jurar que sea la misma.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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