- TOM BURNS MARAÑÓN
El desinterés del español medio por la Defensa del mundo libre es el que es, pero nobleza obliga y a mediados de la semana que viene Pedro Sánchez acudirá a la cumbre anual de la OTAN en Turquía. Lo normal es que el presidente del Gobierno se sienta incómodo.
Sueldos estancados en los niveles anteriores a la pandemia, ausencia de viviendas asequibles y treintañeros que no consiguen independizarse, brechas de desigualdad que aumentan, flujos de inmigrantes ilegales, lo que es y lo que no debe ser la prioridad nacional. Son los temas de la conversación en este tiempo y lo son en todos los países de nuestro entorno. Pero hay un diálogo europeo que es existencial y que no compartimos porque no ha llegado a estos pagos.
Aquí, fuera de los reducidos círculos que están suscritos a revistas especializadas como Política Exterior y a las sesudas publicaciones del exterior como Foreign Affairs, no se habla de seguridad y defensa. Allende los Pirineos sí, y cada vez más. Allá se habla de la amenaza rusa y los hay que dicen que para 2030 Moscú abrirá otro frente, en el Báltico, en el Ártico o en el Sur, en Moldavia o en Rumania.
Y se discute si Estados Unidos se pondrá, o no, de perfil cuando esto suceda. Lo primero, mejor no pensarlo. ¿Cómo se consigue, entonces, que este aliado indispensable siga involucrado con el viejo continente al otro lado del Atlántico?
Una mayoría de alemanes, franceses y polacos, por ejemplo, apoyan la reintroducción del servicio militar obligatorio. Aquí eso ni en broma. En 2001 Federico Trillo, ministro de Defensa en el gobierno de José María Aznar, anunció "Señoras y señores, se acabó la mili" y hasta hoy y hasta siempre.
En Europa se habla de cómo Estados Unidos retirará parte de su tropa en el viejo continente -suma unos setenta mil, la mitad de ella en Alemania- y de como los europeos han de aumentar y unir sus ejércitos. Aquí, fuera de círculos militares, de esto no se habla. Y solamente se debate en los cuarteles sobre cómo, con qué y a qué coste se ha de rearmar. ¿Con sofisticadísimos drones? ¿Estamos abocados a guerras híbridas? ¿Será el ciberespacio el principal campo de batalla?
En España no interesa, ni mucho menos, inquieta la enorme inversión en defensa que está llevando a cabo Alemania primero con un gobierno liderado por el partido socialdemócrata y ahora con uno cristianodemócrata. El actual canciller Friedrich Merz dice que su país tendrá en poco tiempo el mayor ejército europeo.
El ministro polaco de Asuntos Exteriores, Radoslaw Sikorski, pone buena cara ante la perspectiva de cientos de miles de alemanes en uniforme junto a las fronteras de su país: "mientras Alemania sea miembro de la Unión Europea y la OTAN, temo más la aversión alemana al armamento que a un ejército alemán".
El desinterés del español medio por la defensa del mundo libre es el que es pero nobleza obliga y a mediados de la semana que viene Pedro Sánchez acudirá a la cumbre anual de la OTAN. Los aliados se reunirán este año en Turquía, país en la otra punta del Mediterráneo que linda con diversas zonas de conflicto.
La reunión de día y medio no será especialmente agradable para el presidente del Gobierno español y nadie espera que tenga un photocall, abrazo incluido, con Donald Trump. El presidente de Estados Unidos es el invitado más esperado en Ankara por el anfitrión Recep Erdogan y Sánchez pasó hace tiempo a ser la oveja negra del rebaño atlantista.
Lo normal es que el presidente del Gobierno se sentirá tan incómodo en la capital turca como lo estuvo la semana pasada en Madrid cuando, a base de carcajadas forzadas, aguantó la votación mayoritaria en el Congreso de los Diputados que a todos los efectos daba por terminado su mandato. Sánchez viajará debilitado de la Meseta castellana a la Anatolia central.
Erdogan recibirá a la treintena de aliados de la Alianza Atlántica en el inmenso palacio en Ankara que se ha hecho construir y que es una versión otomana del complejo que levantó Felipe II en San Lorenzo de El Escorial. Al igual que el del Rey Prudente, los edificios del poderoso turco incluyen una lugar sacro, en su caso una mezquita, una inmensa biblioteca, múltiples salas y despachos y una vivienda, si bien la de Erdogan es muy lujosa mientras que la de Don Felipe era austera.
Hace veinte años Sánchez hubiera estado como Pedro por su casa en el núcleo del poder del gran sultán contemporáneo. Así se comportaba José Luis Rodríguez Zapatero que se confabuló con Erdogan para crear una "Alianza de Civilizaciones" que obtuvo todas las bendiciones de Naciones Unidas y que ha sido más bien olvidada.
En otros tiempos Erdogan se hubiera volcado con el progresista Sánchez como lo hizo con Zapatero, pero hoy lo que valora Erdogan es un consorcio con Trump. Por mucho que le irrite a Sánchez y, por descontado, a aquel Zapatero antiyanqui que presumía de haberse quedado sentado al paso de la bandera norteamericana, Erdogan mira a Washington, la capital del imperio. Hace tiempo que los buenistas occidentales dejaron de interesarle.
Trump admira a Erdogan porque es un "hombre fuerte" que dispone del mayor ejército de la OTAN después del norteamericano y que ha creado una boyante industria militar. El presidente turco, que lleva veintitrés años ejerciendo un poder cada vez más absoluto, es un líder muy de su gusto porque soporta mal a jueces y a periodistas y encarcela a sus adversarios políticos.
Las relaciones personales son de máxima importancia para un hombre transaccional como Trump y ahora que Erdogan anuncia que en 2028 no se presentará a lo que sería su enésima reelección, Trump está seguro de que el siguiente mandamás en Ankara será un aliado tan fiel como el actual.
Por el contrario, y como es bien sabido Sánchez le cae fatal a Trump porque es la voz discordante en la OTAN que se resiste a aumentar el presupuesto militar. Hace oídos sordos a lo que ordena Trump. Y además Sánchez ha prohibido a Estados Unidos el uso de las bases conjuntas en Rota y en Morón para operaciones en la Guerra de Irán. Justo cuando más necesitaba Estados Unidos la ciega colaboración de su aliado hispano, Sánchez se la negó. Eso Trump no lo olvidará nunca.
Trump está indignado con un gobernante europeo tras otro. Con el inglés Sir Keir Starmer, que está de salida, porque tampoco permite el uso de bases británicas para bombardear Teherán, con el alemán Merz porque le culpa por el cierre del Estrecho de Ormuz y con la italiana Giorgia Meloni porque no le tolera que critique a León XIV. Pero es especialmente antipático con Sánchez.
Trump dice cada dos por tres que España es un gran país, que los españoles son una gente estupenda, pero que el gobierno de Madrid es un Horror Show, un espectáculo de terror. Lo volvió a decir hace un par de días en el Despacho Oval ante miembros de su gobierno, los medios y Mark Rutte, el ex primer ministro de Holanda y actual secretario general de la OTAN que había viajado a Washington para acordar los últimos detalles del orden del día en la cumbre de Ankara. A Sánchez se la suda, como vulgarmente se dice, lo que pueda decir de él Trump. Incluso puede pensar que el desprecio del presidente de los Estados Unidos le consigue réditos electorales. Esto es lo que cabe esperar del presidente del Gobierno porque también pasa olímpicamente de lo que supone ser rechazado por una mayoría de la sede de la soberanía nacional.
El sanchismo y lo que está a la izquierda de la izquierda socialista podrá festejar la vergüenza torera del presidente del Gobierno y el pundonor ante el peligro que supone su decisión de llevarle la contraria a Trump. Pero los demás jefes de gobierno de la Alianza son realistas con los pies en el suelo y prefieren, por la cuenta que les trae, reírle las gracias a Trump.
Rutte, el jefe de la OTAN que no cesa de alabar el liderazgo de Trump, se esforzó en demostrar con gráficos cuando estuvo el miércoles en la Casa Blanca que Europa se está gastando una fortuna en la compra de armamentos a Estados Unidos y sus pedidos daban empleo a cientos de miles de estadounidenses.
La cruda realidad es que Europa no puede hacer frente a la amenaza rusa sin el apoyo de Estados Unidos. No puede a pesar de la cantidad de tanques y piezas de artillería que está construyendo Alemania, ni a pesar de la estrecha colaboración en la fabricación de drones que prestan los nórdicos a Ucrania, ni a pesar de la firmeza en defensa de Kiev que muestran Francia y Reino Unido, los dos países europeos que son miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y que cuentan, ambos, con un modesto arsenal nuclear.
Cuesta mucho despertar de la larga siesta que se tomó Europa bajo el paraguas que generosamente extendía del Tío Sam. Un reciente artículo en Foreign Affairs concluía que por fin Europa había reconocido que su viejo paradigma -prosperidad sin la seguridad de contar con una fuerza militar propia, influencia sin la necesidad de asumir sacrificios y protección sin las correspondientes obligaciones- había dejado de ser sostenible.
Se están discutiendo estos días estrategias que afectarán existencialmente a nuestros hijos y nuestros nietos. Pero aquí eso no interesa. Sánchez, con el superficial y sesgado simplismo del "no a la guerra", mantiene a España fuera de la conversación.
Se agota el tiempo para los fondos europeosLa crisis de la vivienda reclama otras medidasCuestionada prórroga de las ayudas anticrisis Comentar ÚLTIMA HORA-
02:20
El 'retail' busca su sitio ante el avance de la inteligencia artificial
-
01:17
El desinterés por la Defensa
-
01:09
El Tour, un escaparate global para Barcelona
-
01:05
Bruselas se compromete con la banca a luchar contra la injerencia política en fusiones
-
00:53
Ferrovial, el único valor español entre los favoritos de Morningstar