- JUAN PEDRO MARÍN ARRESE Economista
La actitud más prudente en este contexto es evitar adoptar decisiones en caliente.
El estrangulamiento de las vías de suministro de crudo en Oriente Próximo está causando una inflación de costes difícil de atajar. Los bancos centrales se ven confrontados al dilema de actuar encareciendo el precio del dinero con el riesgo de acentuar un escenario ya desfavorable para la actividad y el empleo. Se impone adoptar una actitud de máxima cautela ante una situación imposible de predecir. Es lo más sensato. Como señalara en su día Lagarde, subir tipos no consigue rebajar el precio del gas o del petróleo. Sólo se justifica para evitar fenómenos de segunda ronda y enviar a los mercados un mensaje de firmeza frente a la tentación de especular con su inacción frente a una deriva inflacionista.
El BCE, partiendo de una cómoda posición de salida, incrementó el pasado mes las tasas en un cuarto de punto. El recién estrenado presidente de la Fed, Kevin Warsh, se contentó con un discurso hawkish de inequívoco compromiso con la estabilidad. Aunque el verano les otorgue una oportuna tregua, a su vuelta no parece que el origen de la crisis se pueda resolver. Lo que empezó con el propósito de impedir que Irán pudiera disponer de capacidad para construir armas atómicas, se ha transformado en un intento de momento infructuoso para asegurar la libre navegación en el estrecho de Ormuz. El régimen de los ayatolás ha descubierto una modalidad de chantaje si cabe más eficaz que la amenaza nuclear. Con armas low cost consigue poner el jaque el poderío de la principal potencia mundial, sin importarle la factura doméstica de prolongar el conflicto. Para colmo, los halcones del régimen parecen dominar esta estrategia de tierra quemada y espíritu de venganza. Trump no midió las consecuencias de enfrentarse a una casta tan fanática.
Sólo cabe consolarse observando el impacto más mitigado de lo que se anticipaba por el cierre de Ormuz. La reducción de la oferta de productos del petróleo se ha acompañado de una sensible moderación de la demanda. Las reservas acumuladas por China han jugado también un papel esencial para absorber el shock inicial. Pero al extenderse la amenaza al mar Rojo, las perspectivas podrían empeorar seriamente. De paralizarse el tráfico marítimo en estas zonas clave, el impacto sobre la economía global será día a día más agudo.
Ganar tiempo
En un contexto tan incierto, los bancos centrales se apuntan a la táctica de ganar tiempo con discursos de impecable ortodoxia cuidándose de demorar su puesta en práctica. De mantenerse el actual callejón sin salida, el deterioro de la actividad y el empleo cobrará creciente cuerpo, impidiendo endurecer la política monetaria de forma apreciable. Mes a mes se apostará por una resolución del conflicto, aunque nada incline a pensar en esa posibilidad. Lo malo de prolongar la inacción es verse un día confrontados a un crecimiento desordenado de los precios. La inevitable traslación de un input tan esencial extenderá sus efectos al conjunto de la cadena de valor, incitando de paso la consiguiente reacción salarial, aunque sea con retraso. Traspasado un límite de tolerancia, los bancos centrales ya no podrían resistir la presión viéndose arrastrados a actuar sin contemplaciones.
El BCE da la impresión de evitar verse atrapado en un escenario tan dantesco. Subirá tipos a lenta cadencia confiando en que pronto amaine el temporal. La Fed dispone de menor margen de maniobra, al partir de elevados niveles de tipos. Su signo positivo en términos reales implica un efecto teóricamente restrictivo. En la práctica, la plétora de liquidez indica lo contrario. Una coyuntura nada propicia para materializar el deseo de Kevin Warsh de retornar a un manejo más ortodoxo de la política monetaria, desengrasando a marchas forzadas el abultado balance de la Fed. Ni podrá eludir la monetización del gigantesco déficit público ni poner en riesgo el vital mercado de deuda con ventas masivas de títulos.
Resultan evidentes las limitaciones de una política monetaria que sólo se muestra plenamente apta para situaciones de sobrecalentamiento o recesión de la economía. Confrontada a un shock de costes con impacto negativo sobre la actividad, su efectividad se diluye. Sea cual sea la dirección que adopte, ni podrá domeñar la inflación ni revitalizar el crecimiento. Por eso, la actitud más prudente en este contexto es evitar adoptar decisiones en caliente. Especialmente sin saber cuánto puede durar esta crisis y la intensidad que puede alcanzar. Más vale pecar por defecto que por exceso.
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