El farolillo rojo en Bélgica debe certificar el fin del suplicio de Fernando Alonso en Aston Martin antes de la prueba de fuego en Hungría, trazando un paralelismo directo con la histórica reconstrucción de la Selección española tras tocar fondo en Brasil
Regala esta noticia Añádenos en Google Fernando Alonso se hidrata antes de empezar el Gran Premio de Bélgica,. (AFP)David Sánchez de Castro
20/07/2026 a las 18:29h.Qué caprichoso es el destino, que a veces nos obliga a mirar fijamente hacia el fondo del abismo justo antes de dejarnos tocar el cielo. ... Mientras este lunes España entera se echa a las calles para celebrar la conquista del Mundial de fútbol, bañados en una euforia colectiva que exorciza viejos fantasmas, el domingo en los densos y húmedos bosques de las Ardenas se escenificaba un drama deportivo muy distinto. Fernando Alonso cruzaba la línea de meta del Gran Premio de Bélgica en una paupérrima última posición. Un farolillo rojo indigno para todo un bicampeón del mundo, pero que, paradójicamente, debe ser leído y analizado como el cierre definitivo de un calvario y el primer paso hacia una resurrección obligatoria.
Ese es, punto por punto, el diagnóstico clínico de lo que le ha sucedido a Fernando Alonso en este tortuoso periplo a bordo del AMR26. La carrera de Spa-Francorchamps no ha sido un accidente aislado ni un simple mal domingo, sino la dramática culminación de unos meses que se han convertido en un auténtico lodazal de frustraciones. Ver al piloto asturiano peleando contra un coche inconducible, firmando un último puesto que escuece en el orgullo de cualquier aficionado, es la viva imagen de aquel desastre futbolístico de 2014.
El monoplaza verde ha sido en los últimos tiempos un vehículo menor, fallido y en evidente estado de defunción. Alonso, con un estoicismo y una resignación casi espartana, se ha dedicado fin de semana tras fin de semana a pasear este ataúd aerodinámico cumpliendo con su labor de probador de lujo, recopilando datos en cada sesión y soportando en silencio las notables carencias de una fábrica que hace mucho que dejó de acompañar el indudable talento de sus manos.
Pero Spa-Francorchamps debía ser, por salud mental y por pura lógica competitiva, el final de la pesadilla. El último clavo en el ataúd. La última posición en Bélgica no es solo un resultado estadístico para el olvido; es el certificado oficial de defunción de un paquete de mejoras que jamás funcionó. Es tocar fondo de una vez por todas, vaciar la copa del sufrimiento hasta el último trago, igual que hizo España en Brasil, para poder empezar a mirar hacia arriba con la vista limpia.
Hungría: cueste lo que cueste
Y el calendario, siempre implacable en la Fórmula 1, no da un solo segundo de respiro. Este próximo fin de semana la competición aterriza en el Gran Premio de Hungría. El ratonero trazado de Hungaroring, con su asfixiante calor veraniego y su brutal exigencia técnica en cada curva lenta, será el escenario donde Aston Martin tiene la obligación moral, técnica y deportiva de introducir por fin las prometidas evoluciones que cambien el oscuro destino del equipo.