Vivimos un tiempo volátil y se ha puesto de moda organizar cumbres contra el odio. Las democracias viven a la defensiva, impotentes para salvaguardar sus principios, con la esfera pública trizada por la polarización y la llegada de un mundo sin reglas, donde los ... autócratas campan, y en el que las instituciones están heridas y en entredicho, desde la ONU para abajo. La pregunta implícita es: ¿a quién hay que acallar y por qué?
Ha caído en mis manos estos días el ensayo 'Libertad de expresión. Una historia global desde Sócrates hasta las redes sociales', de Jacob Mchangama, publicado por Ladera Norte. Una mirada que asombra porque analiza el problema con una perspectiva única. Todo lo que nos afecta ha ocurrido ya mil veces y está en los libros, también en los censurados.
La cuestión es por qué repetimos las estrategias fracasadas, los errores que dieron la puntilla a la República romana (asesinato de Cicerón tras las 'Filípicas'), a la de Weimar (ascenso del nazismo), la decisiones que hicieron inexorable, por ejemplo, el atraso y la caída del imperio Otomano (la prohibición de la imprenta), o las ambiciones desatadas que condujeron a que la etapa del Terror de Robespierre y compañía quedase como una de las herencias más duraderas de la Revolución Francesa en todas las rebeliones que vinieron después.
«La mejor defensa de la libertad es practicarla, educar ciudadanos responsables y activos»
Pero después de mirar a la historia, contemplemos el presente. Qué lecciones extraemos de Irán, de Rusia o de China, donde se censura con las grúas y sus 'extraños frutos', los ahorcados; o con venenos, y con polonio, o de manera más higiénica con la IA, donde se reprime esa libertad sin la que las demás casi no importan, la de expresión, la que nos hizo como somos.
Causa inquietud que una vez más el miedo de las élites del poder político y el económico señalen algunos discursos, o desentierren el hacha de guerra contra algunas palabras y algunas ideas, en lugar de combatirlas y vencerlas con las convicciones y el debate libre. Aunque las plataformas tecnológicas y medios hegemónicos que son propiedad de esas élites dejen, a menudo, entrar monstruos. ¿Cumbres contra el odio? La mejor defensa de la libertad es practicarla, educar ciudadanos responsables y activos. No basta la ceremonia del señalamiento, precisamente porque no vale todo. ●
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El miedo de las élites y el discurso del odio
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