Si El Señor de las Moscas cobrara vida lo haría en el asentamiento chabolista que hay junto a las naves del Tarajal. A escasos metros de la playa ceutí que asaltaron 80.000 personas, varias decenas de chavales campan por el campamento que ellos mismos han montado en una superficie triangular de poco más de 1.000 metros cuadrados.
A mediodía muchos aún dormitan. Otros ven las horas pasar sentados sobre muebles rotos que "salen de la calle" y, por norma general, la camiseta es opcional. Reina una especie de anarquía adolescente en la que se desayuna hogazas de pan bañado en sopa especiada. Sobre la mesa -compuesta por un cajón dado la vuelta y una caja verde de Mercadona- a la que se sientan Mohammed (25) y su tribu, un capricho: un bote de Nutella. "Comemos como queremos", presume.
Pero no es cierto. Adentrándonos un poco en el campamento llegamos a la zona adulta. Allí anda agazapado, entre dos puertas de coche calcinadas, Mohami Amin (51 años), que maneja la hoguera improvisada entre el asfalto y el metal de una parrilla para cocinar el desayuno. Por un lado, cocina unos huevos revueltos en una sartén mediana. Por otro, hierve agua en una cacerola grande en la que flota, al menos, una docena de huevos; depositan los que están hechos en el interior de un cubo de pintura. Sobre el asfalto, una tetera. Y ese es el menú: "Un día, una comida", nos explica el hombre. Adam, su hijo mediano, nos invita a beber un sorbo de té.
Adam (19) observa a su padre, Mohami (51) preparar la comida del campamento.MARCOS MORENO"Entró nadando con su hermano el 31", explica su padre en un español macarrónico. Llevan aquí instalados «unos días», aunque no lleva la cuenta. "Unos días duermes en otro lado, no pasa nada". Es de los pocos que dominan el idioma, lo más accesible, si eso, es el inglés. Su niño, que algo entiende, confiesa su edad antes de tiempo: "Diesinove", 19, aunque el padre asegura que tiene 17 y es menor de edad. Luego admite que para él será mejor decir que es más joven.
La gran mayoría de los chavales del asentamiento viene de Tánger -como Mohami y su hijo-, y tienen entre 14 y 26 años, aunque excepcionalmente hay algún que otro varón algo más mayor. De los menores, que son muchos, ninguno quiere ir a un centro de acogida: "Eso no, ¡queremos libertad!", claman, cruzando los antebrazos en alto para simbolizar su voluntad.
No son pocos los chicos que, como ellos, se esconden en las barruadas o las zonas de campo de las colinas ceutíes para no ser interceptados. Este lunes, la ministra de Juventud e Infancia, Sira Rego, cifraba en 1.200 los que podían estar pendientes de filiación. No obstante, remarcó que se trata de una "estimación" dado que se trata de un cálculo complejo.
Adam, sin embargo, no se separa de su padre, que procura no tratar demasiado con los otros chicos porque echaron a su primogénito: "Había peleas, pero es chico listo, fuera estará bien". Intuye que duerme en una de las playas, posiblemente aquella por la que entraron, pero no hay manera de saberlo. Hace días que no se ven, aunque Midi -así se llama- le traslada por mensaje que "todo va bien".
Los más mayores del asentamiento se juntan alejados de los menores.MARCOS MORENODos de los chavales que duermen en el campamento admiten que fueron repatriados desde Alemania por cometer un hurto o traficar con "algo de droga". Amin, por su parte, quiere enseñarles a sus vástagos "una vida mejor". El tercero, Terco, tiene 15 y sigue en Marruecos con su madre, que trabaja limpiando casas. Aunque sabe que lograr su objetivo "es muy difícil", buscará "trabajo en el campo o algo". ¿Y de cocinero? Sonríe ante la propuesta. Le gusta, pero "no sirve para vivir".
En Tánger, "trabajaba con mercancía" en la frontera con Ceuta. Habla de piezas de vehículos y otros materiales, pero lamenta que el cierre de la aduana tirase por tierra todo su negocio. Un mes después del salto, admite que sus expectativas de la vida en España no se han cumplido. Esta vez, tira de un compañero que domina mejor el castellano para expresarse: "No era lo que esperábamos y estamos hartos". Pero descarta su vuelta a Marruecos: "Si no me echan de España, me quedo aquí contento". Los jóvenes han perdido la fe en que el Estado español los ayude: "¿Qué van a hacer? No han hecho nada". Pero él no, e insiste: "Hay que esperar a que hagan algo con nosotros".