Mi hermosa lavandería
El odio es una ganga Regala esta noticia Añádenos en GoogleIsabel Coixet
03/07/2026 a las 10:44h.Nadie sabe con seguridad quién dijo por primera vez que «ser odiado por idiotas es el precio que se paga por no ser uno de ... ellos». La frase circula huérfana, atribuida unos días a Mark Twain y otros a algún estoico de saldo, impresa en tazas y en esos ubicuostote bags que compramos en las librerías para sentirnos un poco mejores personas de lo que somos. Y rara vez la he visto cumplirse con tanta puntería como estas semanas, leyendo desde la distancia lo que ocurre en Italia en torno a una mujer que lleva casi tres años muerta.
El último capítulo sucedió este verano, dentro de una de esas furgonetas que pasean a los finalistas del Premio Strega por media Italia. Iban camino de Bisceglie cuando el favorito –el que llegaba con el libro más votado y la estatuilla casi en el bolsillo– se puso a explicarle a una colega que Murgia era intransigente y violenta porque era fea, y que las mujeres a las que nadie desea terminan amargándose. Lo soltó, según quienes viajaban en el vehículo, con la placidez de quien recita una verdad de toda la vida mientras mira el paisaje. Teresa Ciabatti, que estaba allí y que fue amiga de Michela, le respondió que aquello le hacía un daño que no pensaba tragarse. El hombre, cuando la conversación se bajó del autobús y empezó a rodar sola por las redacciones, juró que él jamás había mencionado el físico de nadie. Y no es un caso aislado ni una excentricidad de un señor concreto: hace nada un político decía más o menos lo mismo desde el escenario de un festival, y en Roma hubo quien se organizó para impedir que un mural recordara su cara. Existe, por lo visto, todo un sector dedicado a odiar a una difunta a jornada completa.
Murió de un cáncer que contó con la franqueza con la que había hablado de todo lo demás. Una pensaría que la muerte impone cierta tregua administrativa. Pues no. Siguen odiándola
Y aquí es donde la sentencia de la taza, por una vez, sirve para algo más que para decorar una cocina. Imaginen por un momento la escena inversa: que ese mismo escritor, ese mismo político, esas mismas almas indignadas hubieran elogiado a Murgia (que irónicamente escribió un certero tratado sobre el odio) y citado sus libros con devoción, defendido su memoria en los pasillos. Sería para preocuparse. Habría que revisar la obra entera buscando el defecto que la hizo digerible para ellos. El hecho de que la detesten con esta constancia, de que les siga ardiendo en la boca un nombre que ya no puede contestarles, es la prueba pericial de que ella estaba en el lado correcto de algo.
Por eso lo de 'ganga' no es ironía. Una ganga es eso: pagar poco por algo que vale mucho. Murgia pagó el precio entero –que la insultaran viva y la insulten muerta, que confundieran su rabia con su cara, que le negaran hasta el descanso– y a cambio se quedó con lo único que esa gente no podrá comprar ni pedir prestado, que es no haber sido jamás uno de ellos. Visto así, salió ganando con una holgura casi indecente. El que desde el asiento del autobús despreció no sólo a Murgia, sino a todas las mujeres que (dice saber él) terminan amargadas por no ser deseadas, va a tener que cargar el resto de su vida con haberlo dicho; ella ya no tiene que cargar con nada, vuela en otra liga: la de las mujeres talentosas, valientes, inspiradoras, únicas y profundamente incómodas.
A quien lea esto y esté siendo odiado ahora mismo por las personas equivocadas, por los de siempre, por los que nunca han creado nada que no fuera incomodidad ajena, me gustaría decirle que no gaste un solo minuto en defenderse. Ese odio no es un castigo: es un recibo. Guárdelo.
Es la prueba de compra de la única cosa por la que merece la pena pagar caro, que es seguir sin parecerse a ellos.
Reportar un error