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Economía

El precio de las acampadas

El precio de las acampadas
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Mientras el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, persista en regular con saña el sector inmobiliario para asegurar el apoyo de la izquierda de la izquierda y así seguir en el Gobierno, la rabia aumentará. Y el principal político perjudicado será el propio Sánchez. Leer
Ensayos liberalesEl precio de las acampadas
  • TOM BURNS MARAÑÓN
1 OCT. 2026 - 23:05Acampada en la Puerta del Sol de Madrid, ayer.EFESeguir a Expansión en GoogleHaz que nuestras noticias aparezcan en tus búsquedas

Mientras el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, persista en regular con saña el sector inmobiliario para asegurar el apoyo de la izquierda de la izquierda y así seguir en el Gobierno, la rabia aumentará. Y el principal político perjudicado será el propio Sánchez.

Lo que está en juego hoy en el Congreso de los Diputados es si muerto el perro, o el buitre, se acabará la rabia. Le llueven los palos a la pandilla de especuladores carroñeros y todos tendrán acceso al hogar deseado. Quienes no prestan atención al pensamiento desordenado de los demagogos saben que esta particular causa y su consecuencia es una estupidez.

Los lúcidos saben, como titulaba EXPANSIÓN en portada ayer, que la convalidación hoy por el Congreso de los decretos sobre la vivienda aprobados por el Gobierno hundirán la oferta de alquiler, dispararán los precios y ahuyentarán a fondos y a promotores. La cólera no desaparecerá.

Mientras Pedro Sánchez persista en regular con saña el sector inmobiliario para asegurar el apoyo de la izquierda de la izquierda y así seguir en el Gobierno, la rabia aumentará. Y el principal político perjudicado será el propio Sánchez. Su error es el de intervenir en el mercado con prisas y a última hora en lugar de haberlo liberalizado pausadamente a lo largo de un par de legislaturas.

Lo que el zigzagueante curso de la política enseña es que por regla general, y salvo en situaciones límites, la ocupación de espacios públicos en pos de reivindicaciones políticas y sociales, e incluso humanitarias, no gustan a los votantes que ven interrumpido su quehacer diario y quieren la vida en paz. Los okupas son nefastos compañeros de viaje.

Lo único que consiguió el Movimiento 15-M hace quince años fue que el Partido Socialista, que entonces, liderado por José Luis Rodríguez Zapatero, gobernaba en solitario, se llevase una solemne bofetada electoral de la cual no se ha recuperado. Algo parecido le puede ocurrir a Sánchez y lo sufrirá su partido en años venideros. Sánchez, que se enfrenta a elecciones en menos de un año, ha de gestionar no una acampada sino dos que son de muy distinto cariz. A la protagonizada por inmigrantes ilegales que se prolonga en Ceuta, la frontera más vulnerable y compleja de España y de Europa, se añade la de una ciudadanía hastiada y marginada que de nuevo ha levantado su carpa en el kilómetro cero de la Nación. El Gobierno las gestiona “contrarreloj” y al paso que va, el sanchismo se llevará un mayúsculo guantazo.

Lo que tienen en común las precarias chabolas que se han levantado en la zona ceutí de El Trampolín y las tiendas de campaña que se extienden por la madrileña Puerta del Sol es que ambas demuestran la disfuncionalidad del Gobierno. El votante puede perdonar alguna trampa, incluso algún comportamiento poco ético, pero lo que no soporta ni tolera es el desajuste y el mal funcionamiento en serie a la hora de cumplir con sus obligaciones .

No se supo, en el primer caso, actuar en función de las alertas de una masiva invasión desde la linde con Marruecos y no se cuenta con los necesarios protocolos para acelerar la expulsión de quienes la traspasan ilegalmente. La sostenibilidad de Ceuta como parte integral de España, al igual que la de Melilla, requiere fronteras seguras y, más allá de palabras huecas tipo “fiel aliado”, un eficaz y duradero acuerdo marco de beneficio mutuo con Rabat, que esté atado y bien atado.

El malestar

En el segundo caso, el sanchismo no cayó en la cuenta del malestar que desde hace tiempo ha creado la ausencia de hogares asequibles. Ni, mucho menos, emprendió el Gobierno políticas sensatas y sostenibles para remediarlo. Irresponsablemente el sanchismo ha alentado la inmigración sin facilitar, a la vez, la construcción de viviendas para alojar el rápido aumento de la población residente. La suprema disfuncionalidad de un gobierno es la que ignora bombas de relojería que se autogeneran en el vecindario.

La historia no se repite, pero rima y la música que se ha escuchado estos días en la Puerta del Sol ha sonado a la que a mediados de mayo de 2011 tocaba el Movimiento 15-M. Es el cántico del desencanto y de la decepción. Es el de la amargura de las promesas incumplidas. Es amotinamiento ante la traición de quienes “no nos representan”.

Con su antiamericanismo, con su mezcla de pacifismo y revanchismo guerracivilista, con el aumento del gasto público y la ampliación de derechos de todo tipo, siendo los territoriales y los de género los más jaleados, Zapatero había levantado cuantas expectativas cabía imaginar en la izquierda, y, sobre todo, en una juventud que es rebelde como corresponde a su edad, Y luego todo se lo llevó el huracán de la Gran Recesión, el crack que Zapatero -“¿crisis, qué crisis?”- no quiso ver.

El pataleo en el asentamiento que se instaló en la Puerta del Sol el sábado pasado es similar al tan ruidoso hace tres lustros. Y como entonces el enemigo no es tanto el perverso sistema capitalista sino el gobernante que no le hace frente al malhechor. La culpa es de quien a lo largo de ocho años en el poder ha sido incapaz de aprobar una adecuada ley de vivienda. La felonía y la prevaricación de quien se tenía como buenista y recto es siempre imperdonable. Y el castigo es implacable.

Zapatero decidió, prudentemente, no presentarse a las elecciones generales que tocaban en la primavera de 2012. Con su obsesión antifranquista las convocó anticipadamente para el 20 de noviembre 2011, el aniversario de la muerte del dictador en espera de que la fecha movilizase a la izquierda, y el Comité Federal nombró candidato a Alfredo Pérez Rubalcaba, hombre de la vieja guardia felipista, para cargar con la temida hecatombe.

La catástrofe electoral fue mucho peor que la que se anticipaba. El Partido Socialista obtuvo 110 escaños, 59 menos que 2008. Fue su peor resultado desde la restauración de la democracia y esos 110 escaños son los que, según las encuestas, volverá a ganar el Partido Socialista cuando Sánchez decida convocar elecciones. Aquel año de 2011 cuando la izquierda radical salió a la calle y levantó acampadas en Madrid, Barcelona y en las plazas de casi un centenar de ciudades más, fue el año del mayor triunfo electoral conseguido por la derecha española. Aquel 20 de noviembre el Partido Popular, liderado por Mariano Rajoy, obtuvo la mayoría absoluta con 186 escaños, 32 más que en 2008.

El gobierno de Zapatero pagó el precio de su disfuncionalidad. La lectura de esa humillante derrota en las urnas fue que Rajoy obtuvo el sorprendente apoyo que le brindaron quienes no gustan que sus quehaceres diarios sean interrumpidos por okupas en los espacios públicos.

Seguramente Sánchez está plenamente familiarizado con este antecedente electoral y sabe muy bien cómo Zapatero se hundió del todo debido a una crisis financiera sobrevenida que estalló en Wall Street. Comparará aquel desastre con los retos, los externos y los internos, que le enfrentan.

El presidente del Gobierno no puede menos que reflexionar cómo la gravísima situación en Ceuta no ha hecho más que empeorar, aún más desde que volvió de sus prolongadas vacaciones, y que su credibilidad como líder progresista está hecha unos zorros porque no ha construido viviendas sociales.

Lo sabe

Es también muy probable que Sánchez sepa que sus políticas para afrontar la crisis del mercado de alquiler no pasan de ser parches cuando no recetas fallidas. Son, en definitiva, las que cabe esperar de un gobierno disfuncional porque otra cosa no puede ser un gobierno cuya supervivencia depende de socios y aliados tan dispares y contradictorios. Las acampadas hace quince años fueron letales para el sistema bipartidista que evolucionó en la Transición. Las elecciones de 2011 destruyeron una de sus columnas que era el Partido Socialista y las siguientes en 2015 demolieron la otra porque el Partido Popular de Rajoy pasó de una holgada mayoría absoluta a tener tan solo 123 escaños cuatro años después. El Congreso de los Diputados quedó irremediablemente fragmentado.

A la postre el vencedor político del 15-M, aunque en el corto plazo, fue Unidas Podemos que introdujo el término “la casta” para denunciar la partitocracia. Amenazó con sobrepasar al Partido Socialista, posteriormente pasó a ser su socio de coalición y hoy es un muy disminuido resto de lo que fue. Las acampadas son engañosas porque no se convierten en bancadas parlamentarias. El margen de maniobra de la izquierda woke es mínima. Puesto que la historia rima, la rabia continuará. También seguirá habiendo un tercero en discordia con capacidad de hacer o deshacer gobiernos y este es Vox, que está en la otra extremidad del arco político. Y dado que el bipartidismo ha sido sustituido por bloques incompatibles, el Partido Popular, que es de los pocos de centroderecha en Europa que se mantiene en pie, ya no podrá repetir una mayoría absoluta. En tiempos de cólera está obligado a gobernar en coalición con Vox.

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Fuente original: Leer en Expansión
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