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El proyecto fruto de la Segunda Guerra Mundial que hace que los japoneses sufran cada vez más alergias

El proyecto fruto de la Segunda Guerra Mundial que hace que los japoneses sufran cada vez más alergias
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La decisión tomada hace 70 años de reforestar vastas extensiones del país asiático con solo dos tipos de árboles le viene dificultando la vida a millones de sus habitantes.
El proyecto fruto de la Segunda Guerra Mundial que hace que los japoneses sufran cada vez más alergias

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Información del artículo
    • Autor, Nithin Coca
    • Título del autor, BBC Future*
  • Fecha de publicación 22 mayo 2026, 15:24 GMTActualizado 46 minutos
  • En febrero, unos videos que mostraban lo que parecían columnas de humo saliendo de un bosque se viralizaron en Japón. Sin embargo, no era humo, sino polen, y las grabaciones sirvieron de advertencia a decenas de millones de habitantes del archipiélago: prepárense con mascarillas y medicamentos contra las alergias.

    Cada primavera —que ahora llega antes en Japón debido al cambio climático— se ve a personas de todas las edades usando mascarillas en las calles de las ciudades de todo el país. ¿El motivo? La fiebre del heno provocada por el polen.

    La fiebre del heno, también conocida como rinitis alérgica, se ha convertido en una crisis nacional en Japón, con alrededor del 43% de la población experimentando síntomas de moderados a graves. Esto se compara con el 26% en Reino Unido y entre el 12% y el 18% en Estados Unidos.

    Además de las molestias, estas alergias pueden provocar insomnio y dificultad para concentrarse, y quienes las padecen tienen mayor probabilidad de sufrir otras afecciones como asma y alergias alimentarias.

    En el punto álgido de la temporada de alergias en Japón, el impacto económico derivado de las bajas laborales y la disminución del gasto de los consumidores se estima en US$ 1.600 millones diarios.

    ¿Por qué Japón sufre alergias tan graves?

    La razón tiene poco que ver con la mala salud, la contaminación o incluso el medio ambiente, sino con las decisiones tomadas por sus líderes hace más de 70 años, en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

    Fuente de la imagen, Robert Gilhooly/Bloomberg via Getty Images

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    Una crisis ignorada

    Durante la guerra, la escasez de petróleo y gas llevó a Japón a recurrir a su recurso natural más abundante: los bosques, utilizados como combustible para los hogares y la industria.

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    El resultado fue una deforestación generalizada. Las montañas que rodeaban ciudades importantes como Tokio, Osaka y Kobe quedaron prácticamente desprovistas de árboles.

    "Después de la Segunda Guerra Mundial, muchas montañas de Japón quedaron desérticas, provocando desastres en diversas regiones", explica Noriko Sato, profesora e investigadora forestal de la Universidad de Kyushu en Fukuoka.

    Las montañas desprovistas de vegetación pueden aumentar la incidencia de deslizamientos de tierra e inundaciones.

    "Se llevaron a cabo proyectos de reforestación a gran escala mediante obras públicas, financiadas con los ingresos fiscales, para prevenir la erosión del suelo", agrega.

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    Con el objetivo de lograr una pronta reforestación, el gobierno optó por plantar grandes extensiones de solo dos especies autóctonas de hoja perenne y rápido crecimiento, capaces de reforestar rápidamente los paisajes y proporcionar madera para la construcción: el cedro japonés (sugi) y el ciprés japonés (hinoki).

    Actualmente, estas plantaciones de hinoki y sugi aún cubren alrededor de 10 millones de hectáreas, una quinta parte de la superficie total de Japón.

    El problema radica en que los árboles de sugi y hinoki también producen grandes cantidades de polen ligero que puede dispersarse fácilmente en las ciudades. Es este polen, a menudo liberado de golpe por las plantaciones de monocultivo, el responsable de la mayoría de las alergias estacionales en Japón.

    El problema se ha agravado desde que estos árboles liberan cada vez más polen al alcanzar los 30 años de edad, algo que ocurre prácticamente con todos ellos.

    "Las alergias al polen se han convertido en un problema de salud pública en Japón. Es urgente abordar este problema", agrega Sato.

    En 2023, Japón declaró a las alergias como un problema social nacional y el gobierno central estableció un ambicioso plan: reducir el polen en un 50% en 30 años. Como primer paso, se propuso reducir en un 20% las áreas forestales plantadas con árboles de sugi.

    Pero reemplazar bosques que cubren más del 2% del territorio japonés en 10 años es una tarea titánica. Además, talar estos árboles no será suficiente; también es necesario reemplazarlos con nuevos bosques para evitar la erosión del suelo y no incumplir accidentalmente los objetivos climáticos de Japón.

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    Regreso a la vida

    Caminar por las plantaciones de sugi o hinoki resulta inquietante: todos los árboles tienen la misma altura y hay pocas aves o insectos. El suelo es esponjoso, cubierto de agujas secas, y apenas hay luz ni sonido.

    Es un marcado contraste con los bosques naturales de Japón, que rebosan de biodiversidad y sonido. Con sus diversas especies arbóreas, como el pino rojo, el alerce y el arce, estos bosques albergan una mayor variedad de fauna y flora silvestres.

    La geografía única de Japón lo ha convertido en uno de los puntos calientes de la biodiversidad del mundo, pero la pérdida de hábitats y las especies invasoras han provocado que gran parte de su fauna y flora únicas se encuentren cada vez más en peligro.

    Dado que las plantaciones forestales de monocultivo causan tantos problemas, es lógico que Japón esté intentando ahora sustituirlas por algo mejor. Pero se trata de un reto abrumador. ¿El motivo? Japón tiene muchos bosques.

    Japón, de hecho, es uno de los países industrializados con mayor superficie forestal del mundo, ya que los bosques cubren el 68% de su territorio, de los cuales un tercio son plantaciones de sugi y hinoki. En cambio, Estados Unidos tiene un 34% de superficie forestal y en Reino Unido, solo un 13%.

    En todo Japón, los bosques se encuentran justo al lado de las ciudades. El japonés incluso tiene una palabra para la zona de transición entre la ciudad y el bosque: satoyama.

    Aun antes de la declaración gubernamental de 2023, algunos actores locales y organizaciones sin fines de lucro habían comenzado a trabajar para transformar estos bosques en ecosistemas biodiversos, y algunos ya están viendo los beneficios.

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    La pequeña ciudad de Nishiawakura, en la sureña región de Okayama, por ejemplo, ha creado toda una economía en torno a la reducción del 84% de sus bosques, compuestos únicamente por hinoki y sugi, utilizando la madera para generar calor para las granjas de anguilas, así como para fabricar palillos y madera.

    En 2020, Kobe, una importante ciudad portuaria del centro de Japón, con un denso núcleo urbano y extensos bosques dentro de sus límites, inició un proyecto para convertir más de 180 hectáreas de plantaciones en bosques naturales de hoja ancha en un ciclo de 15 años.

    Cada año, se realiza una tala selectiva en un área, eliminando el sugi, el hinoki y otras especies invasoras como el bambú. Los árboles de hoja ancha se conservan y, con una mayor cantidad de luz solar, vuelven a crecer, junto con otras especies plantadas por el personal o traídas por aves o animales.

    Con el programa a medio terminar, los funcionarios del gobierno local se muestran gratamente sorprendidos por la rápida recuperación de la biodiversidad.

    "Nuestro monitoreo de la vida silvestre muestra el regreso de más animales e insectos, incluyendo tejones, tortugas de estanque, muchas especies de ranas e insectos raros, lo cual es alentador", afirma Atsushi Okada, jefe de la Oficina de Medio Ambiente de Kobe.

    Además de abordar el problema del polen, el programa busca cumplir el compromiso de Kobe de aumentar sus áreas protegidas al 30% de su territorio para 2030. Unos bosques más diversos también deberían proteger a la ciudad contra los deslizamientos de tierra y desastres naturales que se prevé que sean más frecuentes debido al cambio climático, explica Daisuke Tochimoto, ingeniero forestal de Kobe.

    En cuanto a los árboles talados, se utilizan para calefacción, fabricación de muebles y carbón vegetal japonés, un combustible para barbacoas sin humo que también podría utilizarse en procesos industriales.

    La esperanza es que, con el tiempo, el proyecto sea financieramente sostenible y no dependa de fondos públicos, concluye Okada.

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    Un desafío épico

    Proyectos similares están comenzando en otras partes de Japón. En Hotani, cerca de Osaka, una iniciativa está restaurando humedales y pastizales. Y el mayor esfuerzo busca transformar 10.000 hectáreas de plantaciones forestales en la prefectura de Gumna en praderas y bosques mixtos de hoja caduca.

    Los proyectos a menor escala también son comunes, afirma Akira Mori, profesor de biodiversidad y servicios ecosistémicos en la Universidad de Tokio, señalando docenas de iniciativas en todo Japón.

    Desde que se anunció el objetivo de eliminar el 20% de las plantaciones, el país ha designado aproximadamente 980.000 hectáreas de plantaciones de sugi como áreas para la tala selectiva y la replantación.

    Sin embargo, no todo se está convirtiendo en bosques de hoja ancha: parte de este terreno son plantaciones nuevas, a menudo sembradas con sugi de bajo contenido de polen o sin polen.

    El Ministerio de Agricultura, Silvicultura y Pesca de Japón no respondió a la solicitud de comentarios sobre la cantidad de la superficie que se ha talado y replantado hasta el momento.

    Aun así, es posible que estos esfuerzos aún no sean suficientes para reducir significativamente el polen.

    E incluso, si se logra el objetivo, el 80% de las plantaciones forestales permanecerán intactas. Por ello, Japón también está explorando otras maneras de combatir la fiebre del heno.

    Por ejemplo, se están utilizando datos y pronósticos de polen para comprender mejor dónde es probable que se disperse, lo que permite a las autoridades talar selectivamente los bosques más problemáticos.

    Los investigadores incluso están estudiando la posibilidad de rociar los árboles con soluciones para suprimir el polen. En 2023, una empresa de pronósticos distribuyó miles de robots detectores de polen —cuyos ojos cambian de color según los niveles de polen— por todo Japón.

    La medicina representa otra vía de acción, con el desarrollo de nuevos tratamientos para aliviar mejor los síntomas de la exposición al polen. Un ensayo clínico japonés, por ejemplo, demostró que una tableta de inmunoterapia sublingual de acción prolongada seguía aliviando los síntomas dos años después del tratamiento.

    Otros científicos incluso han estado experimentando con arroz genéticamente modificado diseñado para aliviar los síntomas de la alergia.

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    Una transición cuidadosa

    Cuando se plantaron los bosques de sugi y hinoki en las décadas de 1950 y 1960, no se concibió para que permanecieran indefinidamente.

    En aquel entonces, se asumió que se talarían y replantarían gradualmente con el tiempo, como había sucedido antes de la guerra. Pero a medida que la economía japonesa experimentó un auge a finales de los 1960 y en 1970, grandes ciudades como Kobe y Tokio crecieron rápidamente, y resultó más económico importar madera de otros países como Malasia e Indonesia.

    En 2011, Japón se fijó el objetivo de reducir su dependencia de las importaciones forestales, y su consumo nacional de madera aumentó del 26% en 2010 a casi el 42% en 2020.

    Por supuesto, si Japón pretende explotar sus bosques, debe evitar los mismos errores cometidos en el sudeste asiático, donde la madera barata conlleva la tala indiscriminada de bosques tropicales.

    Junichi Mishiba, coordinador del proyecto forestal de la organización sin ánimo de lucro Amigos de la Tierra Japón, teme que los mayores incentivos para la tala estén propiciando malas prácticas ambientales.

    "Se observa un aumento de las zonas deforestadas como consecuencia de las políticas que fomentan la explotación forestal", afirma.

    Para apoyar sus esfuerzos por reemplazar las plantaciones, en 2024 el gobierno nacional comenzó a recaudar un nuevo impuesto de 1.000 yenes (6 dólares) anuales para todos los residentes.

    Este dinero se destina a la silvicultura sostenible, incluyendo la reducción de las plantaciones forestales y la sustitución de los árboles de sugi más antiguos por plántulas nuevas de bajo contenido de polen, especialmente en zonas urbanas.

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    Aún no se dispone de datos sobre su impacto, pero Mori argumenta que el apoyo es insuficiente, ya que los municipios a menudo carecen de la capacidad y la experiencia necesarias para diseñar y supervisar tales cambios en los bosques.

    Un informe de 2023 de la Evaluación de la Declaración Forestal señaló que, en los últimos años, solo entre el 30% y el 40% de las tierras recién cosechadas en Japón se han reforestado.

    Una buena gestión forestal será esencial, coincide Mika Akesaka, profesora asociada de Economía en la Universidad de Kobe. Dejar los árboles talados sin gestionar, por ejemplo, puede aumentar el riesgo de deslizamientos de tierra y reducir la capacidad de retención de agua, alertó.

    Mishiba, sin embargo, teme que, al centrarse únicamente en las alergias estacionales en lugar de en indicadores ecológicos más amplios, Japón esté priorizando una vez más las soluciones a corto plazo.

    "El país necesita pensar a 50 o incluso 100 años vista —afirma—, considerando la biodiversidad, el clima y el papel de las personas que convivirán con estos bosques".

    El Ministerio de Agricultura, Silvicultura y Pesca de Japón no respondió a la solicitud de comentarios sobre estas preocupaciones.

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    Amenaza climática

    La urgencia de actuar también aumenta debido a otro factor imprevisto: el cambio climático. En todo el mundo, las variaciones de temperatura y las condiciones meteorológicas están afectando la dispersión del polen, y Japón experimentó su dispersión de polen más temprana de la historia en 2025.

    "La dispersión del polen está muy influenciada por las condiciones meteorológicas, como la temperatura y el viento", explica Mai Sato, vocero de la Asociación Meteorológica de Japón (JWA, por sus siglas en inglés), una empresa de pronósticos que publica regularmente previsiones de polen para el público.

    Los vastos bosques de Japón también almacenan enormes cantidades de carbono, y las plantaciones de sugi son responsables de casi la mitad del carbono que sus bosques capturan cada año.

    Japón depende en gran medida de esta captura de carbono para alcanzar su objetivo de cero emisiones netas y lo incentiva con un sistema de créditos de carbono.

    Sin embargo, desde 2004, Japón ha observado una tendencia decreciente en la cantidad anual de carbono absorbido, lo que atribuye a la madurez de sus bosques.

    Las investigaciones han demostrado que, dado que los árboles viejos absorben menos carbono, la tala selectiva de árboles viejos y la plantación de especies nuevas, más jóvenes y diversas serán esenciales para que los bosques de Japón sigan siendo un sumidero de carbono eficaz.

    El Ministerio de Agricultura, Silvicultura y Pesca de Japón no respondió a la solicitud de comentarios sobre cómo los planes para replantar bosques de sugi y hinoki podrían afectar sus objetivos climáticos.

    Antes de la década de 1960, Japón ni siquiera tenía una palabra para la fiebre del heno. La polinosis del cedro japonés se identificó por primera vez en 1963 y, según los investigadores de la época, era una enfermedad nueva en el país.

    Se espera que, con el regreso de bosques más diversos, Japón pueda algún día volver a disfrutar de primaveras sin estornudos.

    *Este artículo fue publicado originalmente por BBC Future. Haz clic aquí para leer la versión original en inglés.

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Fuente original: Leer en BBC Mundo
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