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Economía

El siglo del silicio: poder, infraestructura y sanciones en el nuevo orden global

El siglo del silicio: poder, infraestructura y sanciones en el nuevo orden global
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OPINIÓNEl siglo del silicio: poder, infraestructura y sanciones en el nuevo orden global
  • JOSÉ MARÍA VIÑALS
Actualizado 1 SEP. 2026 - 00:21Los actores globales siempre encontrarán un recurso para mantener en tensión sus relaciones.Seguir a Expansión en GoogleHaz que nuestras noticias aparezcan en tus búsquedas

El anterior siglo estuvo marcado por un recurso que lo dictaba todo. Quien controlaba el petróleo controlaba economías, gobiernos y guerras. La crisis del petróleo de 1973 paralizó Occidente en cuestión de semanas y demostró de manera contundente que el músculo industrial de las democracias dependía de un grifo que otros controlaban. Las colas en las gasolineras de Nueva York, los domingos sin coches decretados por ley en Países Bajos, o el racionamiento de combustible en Gran Bretaña fueron un recordatorio de esto.

Detrás de las intervenciones militares en Irak latía siempre esa misma cuestión: el acceso al crudo. En definitiva, la política exterior de potencias tan distintas como Estados Unidos, la Unión Soviética o Arabia Saudí era, en buena medida, política energética.

El acero contaba la misma historia desde otro ángulo. La capacidad siderúrgica era el medidor del poder nacional. Esta capacidad determinaba cuántos buques de guerra, tanques, o artillería un país podía producir, pero también cuantos kilómetros de ferrocarril podía tender, cuantos puentes y puertos podía construir para vertebrar su territorio, cuántos tractores y cosechadoras podía fabricar para multiplicar la productividad de su agricultura.

El siglo XXI funciona con una lógica diferente. El recurso estratégico ya no se extrae en el golfo Pérsico ni se funde en los Urales. Ahora se graba en obleas de silicio de apenas dos nanómetros de grosor. La capacidad de cómputo, articulada a través de semiconductores, inteligencia artificial, o procesamiento de datos a escala, es hoy el equivalente funcional del barril de referencia. Y los minerales que la alimentan, véase el litio, cobalto, galio, tierras raras, son el nuevo petróleo: escasos, geográficamente concentrados y políticamente inestables.

Lejos de ser esta una sustitución metafórica, es una realidad más palpable que nunca. TSMC, la taiwanesa que fabrica más del 90% de los semiconductores avanzados del mundo, es hoy una pieza central del tablero geopolítico. Tan grave es el asunto que su posible interrupción, por una crisis en el estrecho de Taiwán, mantiene en vilo a Washington y Bruselas, pues sería un golpe del que la economía global tardaría años en recuperarse.

La palanca china

Por su parte, China es quien controla el procesamiento de la mayoría de tierras raras y minerales de batería imprescindibles para la industria tecnológica. Esto es una palanca equivalente al embargo de 1973, con el inquietante matiz de que nadie ha encontrado todavía equivalente al coche eléctrico como sustituto del petróleo. Para las tierras raras, de momento, no hay alternativa en el horizonte.

La respuesta occidental a esta vulnerabilidad tiene nombre desde hace pocas semanas: Pax Silica. El nombre lo dice todo: Pax, como la Pax Romana, evoca paz y orden hegemónico impuesto; Silica, por el silicio, el material base de los semiconductores. Vendría a ser algo así como el orden mundial del silicio, o la OTAN del chip. La iniciativa, articulada en la cumbre de Washington del pasado 24 de junio, pretende construir un orden alternativo de suministro y gobernanza tecnológica entre democracias afines. El objetivo es coordinar cadenas de suministro, compartir reservas estratégicas de minerales críticos y alinear los controles de exportación para que la tecnología avanzada no llegue a quienes pueden convertirla en capacidad militar adversa. Es, en esencia, el intento occidental de dejar de depender de China como nodo dominante en cadenas de suministro de tecnología crítica, el mismo error de Europa durante décadas con el gas ruso.

La segunda clave del nuevo escenario geopolítico es la infraestructura. En el siglo XX, los oleoductos y los buques de petróleo eran las arterias de poder. En el siglo XXI lo son los cables submarinos de fibra óptica, los centros de datos y las redes de telecomunicaciones de quinta generación. Y aquí el paralelismo con la dependencia europea del gas ruso es sobrecogedor. Permitir que gigantes como Huawei construyan la columna vertebral de un país no es una decisión comercial sino de seguridad nacional. Una red 5G es el sistema nervioso por el que circulan las comunicaciones militares, los datos industriales, la información gubernamental y las conversaciones privadas de todos los ciudadanos.

Quien la construye, la controla. Y quien la controla puede escucharla, manipularla o apagarla. Los servicios de inteligencia llevan años advirtiendo que los equipos de Huawei incorporan capacidades de acceso remoto que podrían activarse en caso de conflicto. Estados Unidos lo entendió antes que Europa y actuó en consecuencia, incluyendo a Huawei en la entity list para después presionar a sus aliados a excluir a Huawei de sus redes. Mientras que Reino Unido terminó haciéndolo en 2020, la UE reacciona de manera más conservadora. Han desarrollado la Toolbox 5G, pero la implementación es desigual y en algunos Estados miembros la dependencia sigue siendo considerable.

Controles de exportaciones

La tercera pieza del nuevo tablero es el uso de las sanciones y los controles de exportaciones como instrumento de política exterior tecnológica. En el siglo pasado se sancionaba el petróleo. En este siglo, los chips. Washington ha convertido los controles de exportación en su principal herramienta para frenar el avance tecnológico chino. Mediante dichos mecanismos, Estados Unidos restringe el acceso a los semiconductores más avanzados, a los equipos para fabricarlos y, cada vez más, al software necesarios para producirlos. Pero el instrumento rara vez actúa en solitario. Junto a los esfuerzos norteamericanos, el resto de Occidente también se suma.

Tras los controles que EEUU impuso en octubre de 2022 sobre equipos de litografía avanzada, el gobierno neerlandés introdujo restricciones sobre ASML, la única empresa del mundo capaz de fabricar las máquinas necesarias para producir los chips más avanzados, en términos prácticamente equivalentes a los norteamericanos, sin que mediara obligación legal alguna para Países Bajos. Es un claro ejemplo de la respuesta cohesionada de Occidente y del reconocimiento compartido de que ha entrado en el siglo del silicio.

Es innegable que el siglo XX organizó el poder en torno a lo que se extraía y se fundía, mientras que el XXI lo organiza en torno a lo que se computa. Pero la idea de fondo no cambia. Sigue habiendo un recurso escaso, una infraestructura que lo transporta y sanciones que deciden quien accede a él. Parece que los actores internacionales siempre encontrarán un recurso con el que mantener en tensión sus relaciones. Está por ver es si la Pax Silica logrará lo que el orden del petróleo y el acero tardó décadas en construir, o si el siglo del silicio se escribirá, una vez más, a golpe de embargo, intervención y dependencia no resuelta.

José María Viñals, director del Máster de Relaciones Internacionales en IEB.

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Fuente original: Leer en Expansión
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