- TOM BURNS MARAÑÓN
Sin mucho entusiasmo generalizado, los electores en Castilla y León se comportaron ayer como estaba previsto.
Puede que el cineasta y actor Santiago Segura tenga tomado el pulso de la ciudadanía mejor que ningún sociólogo al frente de una reputada empresa demoscópica. El estreno de Torrente Presidente, la última entrega de la saga del disparatado personaje que él interpreta, batió todos los récords de taquilla habidos y por haber el pasado viernes. El dato delata una crisis de convivencia.
A la misma hora que Segura lanzaba su película, el actual presidente del Gobierno, el líder de la oposición y el político insurgente que quiere mandar a ambos al basurero de la historia cerraban sus campañas en las elecciones autonómicas de Castilla y León. Aburrido, cuando no asqueado, con los referentes de la vida política, el español de pie se fue al cine y se partió de risa con quien les parodia.
Sin mucho entusiasmo generalizado, el millón y pico de electores en Castilla y León se portó ayer como estaba previsto. Como buenos conservadores que son votaron a la derecha que es lo que llevan casi cuatro décadas haciendo. El Partido Socialista, refundado como sanchista y conocido por su corrupto cinismo clientelar, no tiene nada que hacer con los probos pobladores de Tierra de Campos.
Pero como liberales y desconfiados de todo poder excesivo que también son, los castellanoleoneses votaron a Vox para controlar cualquier veleidad socialdemócrata del Partido Popular. La acomodada derecha española de toda la vida ha de acostumbrarse a que los que se escindieron por su derecha le pisa los talones y le mira por encima del hombro.
La política no da para grandes entusiasmos y puede que sea por eso mismo que triunfa el ficticio José Luis Torrente. El amoral policía, campeón de la chabacanería que se ha inventado el sumo incorrecto Segura para poder interpretarle, es no ya la antipolítica sino la anticivilización.
El alcohólico Torrente es xenófobo, homófobo y misógino y es borde, macarra y grosero. Está encantado de ser franquista y, para colmo de la gente comme il faut que dicen los vecinos transpirenaicos, es fan del Atlético de Madrid. Hay mucho, muchísimo ciudadano antisanchista que se reconoce en Torrente porque le lleva metido en el cuerpo.
La capacidad creativa de artistas como Segura actúa como una válvula de seguridad que controla la presión que acumula la sociedad. Su saga Torrente funciona al igual que los artefactos que expulsan gases de combustión. La gente no para de reírse de las burradas que dice y hace el personaje cuando deja de ser un putrefacto expolicía para convertirse en un podrido político que compite para ser presidente.
Las carcajadas del pueblo tranquilizan a los gobernantes porque se creen que los votantes están felices. Esto es un grave error. A la postre las parodias ingeniosas que llegan al público son letales para el poder.
Se supone que a alguno de los tropecientos asesores con los que cuenta Pedro Sánchez se le ocurrió la idea de recuperar y relanzar la consigna de "no a la guerra" para movilizar el voto socialista en Castilla y León. Al fin y al cabo esa pancarta bien le sirvió al leonés José Luis Rodríguez Zapatero para instalarse en La Moncloa. Y, de paso, descalificó totalmente a José María Aznar, que fue presidente de Castilla y León antes de serlo de España y convertirse en un "hombre de guerra" y peón de Estados Unidos.
Si existió tal asesor debió de haber sido inmediatamente cesado por haber circulado la sugerencia entre la guardia pretoriana de Sánchez. Por la misma regla el presidente del Gobierno debería estar haciendo las maletas, a instancias de su propio partido, por haber asumido tal propuesta y hacerla suya. No parece haberle servido de nada a Sánchez el haber ido de mitin en mitin por Castilla y León durante la campaña diciendo "no a la guerra". En las actuales circunstancias el eslogan es completamente fatuo.
Lo que el elector sensato en España y en su entorno les pide a sus políticos es que se ocupen de sus cosas. Y esto consiste en preparar sus respectivos países para las secuelas económicas de la guerra y, cuando Estados Unidos e Israel se den por satisfechos, para las consecuencias de la paz, tenga esta la configuración que tenga.
El gobierno ha de planificar con tanta urgencia como transparencia en beneficio de la población y ha de alertarla con responsabilidad, sin demagogias. Esto lo ha de hacer de la manera más consensuada posible, es decir, no sectaria, con las principales fuerzas políticas y en estrecha colaboración con los socios de la Unión Europea y los aliados de la OTAN.
No hay que insistir en los retos que se avecinan. Ni hay que recordar que la ficción, el mundo de Segura/Torrente por ejemplo, a veces se adelanta a la realidad. Eso también se sabe.
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