Debido probablemente al escaso interés mostrado por la Academia, siempre recelosa y llena de prejuicios hacia el mundo de la narrativa popular, la reflexión crítica sobre la novela negra y policiaca ha recaído en los propios escritores. S. S. Van Dine, Raymond Chandler, ... Patricia Highsmith, Jorge Luis Borges o Leonardo Padura son algunos de los autores que a lo largo de la historia han tratado de teorizar sobre el género partiendo de su doble condición de creadores y lectores, integrando así un largo listado al que viene a sumarse Ena Lucía Portela con la publicación de ‘Una pequeña idea malévola’.
Integrada por once ‘ensayitos sobre narrativa criminal’, tal y como reza el subtítulo, la obra fue concebida durante la pandemia, cuando buena parte de su contenido fue publicado en una revista digital cubana.
En aquella época, tan extraña e impactante que a veces cuesta creer que llegara a existir, todos buscábamos formas de superar el miedo y rellenar los días de aquel interminable presente continuo que fue el confinamiento. Portela lo hizo revisando viejas lecturas de novela negra y policiaca, con las que trató de huir del «agobio cotidiano».
Así nació este libro de libros, en el que, con un conocimiento erudito que jamás cae en la pedantería, la autora va desgranando escritores y lecturas, poniendo de manifiesto su lúcida sagacidad crítica. El primer bloque de ensayos se dedica al más icónico de todos los detectives literarios, ya que, como dejó claro Borges, «pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una de las buenas costumbres que nos quedan».
Portela analiza algunos de sus cuentos –entre ellos, ‘Su última reverencia’, uno de los pocos no narrados por Watson– y subraya los principales valores que lo elevaron a la categoría de mito. Más allá de su consabida habilidad para resolver misterios, entre ellos destacan su condición de héroe de acción –pues, como bien advierte, en sus historias «el acertijo se entrelaza con la aventura»– y el paso al imaginario colectivo que supuso que otros autores diferentes a Conan Doyle –como Mark Twain o, en el caso español, Enrique Jardiel Poncela– lo hicieran protagonista de sus narraciones.
La segunda parte de la obra, más heterogénea, incluye ensayos sobre Patricia Highsmith, Dashiell Hammett o Friedrich Dürrenmat, escritor suizo en lengua alemana al que la autora, con toda justicia, no deja de reivindicar. Mientras, en la tercera, un extenso capítulo ofrece un recorrido del tratamiento literario de una figura que ha tenido mucho más peso en el cine que en la literatura: el asesino en serie.
Portela acomete su análisis con un tono desenfadado, con continuas apelaciones al lector, que no esconde su rigor ni su dominio de la cuestión, que le lleva a hacer dialogar constantemente autores y obras y a aportar una personal historia de la novela negra y policiaca. El libro, de hecho, proporciona muchísimos datos, reflexiones de calado e interés y, por encima de todo, un sinfín de referencias y recomendaciones, convirtiéndose así en una invitación constante a la lectura.
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Ena Lucía Portela, una invitación a la lectura
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