- JAIME MALET
Nuestro país llega con excelentes cartas a la revolución de la IA, entre ellas la relación económica con Estados Unidos.
Estados Unidos concentra hoy en torno a tres cuartas partes de la capacidad de cómputo de los grandes clústeres de inteligencia artificial identificados en el mundo. China tiene alrededor del 15% y la Unión Europea, menos del 5%. La cifra importa porque quien dispone de cómputo puede entrenar modelos, desplegarlos y venderlos, y quien no lo tiene depende de la capacidad de otros, de sus precios y de sus condiciones de acceso. Por eso la inteligencia artificial ha desbordado el ámbito tecnológico para convertirse en el principal factor de competitividad, inversión y poder económico de las próximas décadas.
Es también una carrera muy física, que exige energía, redes eléctricas, centros de datos, semiconductores, suelo, capital y talento. Las cinco mayores tecnológicas estadounidenses invirtieron cerca de 450.000 millones de dólares en 2025 y, si mantienen el ritmo reciente, podrían acercarse a 770.000 millones en 2026. Por su parte, Europa, con el anuncio de InvestAI, aspira a movilizar 200.000 millones de euros, en su mayor parte compromisos privados y sin calendario cerrado, y la Comisión propone triplicar la capacidad europea de centros de datos en cinco a siete años. Dicho de otro modo, el programa europeo completo para los próximos años equivale aproximadamente a la mitad de lo que esas cinco compañías invirtieron en un solo año. El marco europeo fija el suelo, pero el techo lo decide cada Estado miembro, en nuestro caso España, en red, permisos, energía, compra pública y adopción.
¿Por qué debería importarle todo esto a un país que no fabrica chips ni entrena modelos de frontera? Por tres razones. La primera es que el cómputo se ha convertido en un insumo de toda la economía, y la inferencia, que es el uso diario de los modelos, tiende a instalarse cerca de los datos para ganar rapidez, eficiencia y seguridad. Allí donde se instala la infraestructura acaban creciendo proveedores, ingeniería, talento, servicios y propiedad intelectual.
La segunda es la productividad, la debilidad crónica de la economía española. El FMI estima que hasta el 60% del empleo en las economías avanzadas está expuesto a la IA, y serán la velocidad y la calidad de la adopción las que decidan quién gana y quién pierde con ello. El informe Draghi ya documentó en 2024 que la brecha de productividad entre Europa y Estados Unidos sigue creciendo, y señaló el retraso tecnológico como una de sus causas.
La tercera es que el coste de equivocarse crece con el tiempo. Quien avanza primero acumula infraestructura, talento, datos y contratos. Esas ventajas se refuerzan entre sí. Lo que se decida entre 2026 y 2031 determinará qué economías capturan el valor de esta transformación y cuáles se limitan a importarlo.
Ventajas nacionales
España parte con ventajas que pocos socios europeos reúnen. En 2025 las renovables produjeron el 55,5% de la electricidad. El país dispone de uno de los mayores sistemas de regasificación de Europa y de un recurso solar y eólico abundante. Pero un centro de datos consume las veinticuatro horas del día y necesita un suministro firme y previsible. Por eso, como AmChamSpain ha propuesto, España debería utilizar en su totalidad su capacidad de importar y despachar gas, revisar el calendario de cierre nuclear y prolongar la operación de las centrales hasta 2040, siempre que cumplan los requisitos técnicos y de seguridad. Estados Unidos está reabriendo centrales nucleares, y China construye más reactores que ningún otro país y apuesta por todas las fuentes de energía.
España tiene, además, una excelente conectividad. Los cables submarinos que unen Norteamérica con Europa amarran en la costa cantábrica y la conexión con Latinoamérica llega a Madrid a través de Portugal. A ello se suman el Barcelona Supercomputing Center, cuya nueva fábrica de IA, la primera de la nueva fase de la red europea EuroHPC y construida con tecnología de Nvidia, inaugurará el propio Jensen Huang el 13 de octubre, y una candidatura estructurada a gigafactoría europea, con 719 millones de euros públicos autorizados en junio y una inversión total prevista de hasta 5.000 millones. Durante décadas la dependencia energética fue nuestra vulnerabilidad. La carrera de la IA se decide cada vez más aguas arriba, en energía, red y plazos de conexión, y eso convierte esa debilidad en una palanca.
La relación con Estados Unidos multiplica esa palanca. La inversión cruzada supera los 213.000 millones de euros, con 116.000 millones de inversión productiva estadounidense en España y 97.000 millones de inversión española en Estados Unidos, su primer destino en el mundo, y sostiene más de 340.000 empleos a ambos lados del Atlántico. Sobre esa base se están tomando ahora decisiones de localización que durarán décadas. Las empresas estadounidenses han comprometido más de 36.600 millones de euros en infraestructura digital en España hasta 2030, según The Bridge Report 2026, y España fue entre enero y julio el cuarto país del mundo por número de nuevos proyectos de inversión extranjera, según fDi Markets. El capital existe. El cuello de botella es la ejecución.
Punto de partida
El Plan IA360 que el Gobierno presentó el 21 de septiembre tiene el mérito de situar la inteligencia artificial en el centro de la agenda económica y de reconocer sus efectos sobre pymes, empleo y formación. Un plan, sin embargo, es un punto de partida. España ha aprobado en quince años varias estrategias digitales solventes sobre el papel y la brecha no se ha cerrado. Los planes se miden por su ejecución. La primera prueba será el real decreto sobre centros de datos que el Gobierno tramita. Ordenar un recurso escaso como la red eléctrica es necesario. Convertir esa ordenación en incertidumbre o en desventaja frente a Francia, Alemania, Irlanda, Portugal o los países nórdicos sería un error.
El criterio razonable es priorizar los proyectos firmes y de alto valor con reglas transparentes, proporcionadas y no discriminatorias, y reconocer la aportación del almacenamiento y de la generación firme baja en emisiones a la seguridad del sistema. Una buena regulación eleva la calidad de la inversión que llega. Una mala la expulsa.
Albergar la infraestructura de la inteligencia artificial es la mitad del trabajo. La otra es usarla. Según Eurostat, el 20,3% de las empresas españolas de diez o más empleados usaba IA en 2025, casi el doble que un año antes y en la media europea. La encuesta del Banco de España a las empresas añade el matiz que importa. De las que la usan, el 60% permanece en fase de experimentación y solo el 6% declara un uso significativo. Probar la tecnología ya está hecho. Falta es incorporarla a procesos, productos y decisiones, y eso depende de los consejos de administración y de la alta dirección mucho antes que de los departamentos tecnológicos. Para la pyme, el camino realista pasa por plataformas y soluciones adaptadas a sus procesos y a su lengua, y la fábrica de IA del BSC, que ofrecerá servicios gratuitos a pymes y administraciones, va en esa dirección. El español, con más de 600 millones de hablantes, es uno de los mayores espacios lingüísticos todavía infraatendidos por la IA. España puede ser su nodo europeo y transatlántico.
Es el debate que llevaremos los días 6 y 7 de octubre a la cuarta edición de Global Trends, dedicada a la IA y a cómo pasar de la experimentación a la escala. Allí vamos a proponer una Agenda Transatlántica de Cómputo e IA que convierta la profundidad de la relación económica entre España y Estados Unidos en ventaja competitiva, con inversión ligada a capacidad de red y permisos previsibles, compromisos verificables de capital, empleo y talento, y una apuesta específica por el español como espacio económico y tecnológico. El objetivo es que en España queden la demanda, el conocimiento y el valor, y no solo las máquinas. Mediremos cada año, con indicadores públicos y con independencia del ciclo político, si el país avanza o se rezaga.
Los grandes grupos tecnológicos están decidiendo estos meses dónde van a desplegar sus próximas inversiones, y lo que se decida ahora nos acompañará décadas. España llegó tarde a casi todas las revoluciones industriales anteriores. A esta llega con excelentes cartas, entre ellas la relación económica con Estados Unidos más sólida de su historia. Sería un error histórico no saber jugarlas.
Jaime Malet, Presidente de la Cámara de Comercio de Estados Unidos en España (AmChamSpain)
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