- FRANCISCO CABRILLO
- Los efectos del estado de las autonomías
- 1 de enero de 1986, un día muy importante para la economía española
La entrada de España en el momento en el que se estableció la Unión Monetaria Europea fue fundamental.
Ha transcurrido ya más de un cuarto de siglo desde la creación del euro. Desde entonces, los países que forman la Unión Monetaria han renunciado a su soberanía en política monetaria. Esto implica, entre otras cosas, que los gobiernos y los bancos centrales nacionales (individualmente) han perdido su capacidad de controlar la oferta de dinero y no pueden utilizar la devaluación como instrumento de política económica. Y esto ha sido muy relevante para un país como España que, durante muchos años, hizo uso de la devaluación de la peseta para tratar de resolver sus problemas de desequilibrio en el sector exterior.
Desde el análisis económico se ofrecen argumentos sólidos para defender la idea de que el nuevo modelo es mejor que el anterior, ya que es preferible actuar directamente sobre el sector real, y no disimular, por ejemplo, una reducción de los salarios mediante alzas del nivel de precios. Pero lo que la historia nos enseña es que a la gente -y a los políticos, desde luego- les resulta más fácil aceptar los ajustes cuando existe ilusión monetaria; en nuestro supuesto, cuando los salarios monetarios no se reducen -o incluso aumentan- pero los precios lo hacen a tasas más elevadas y el poder de compra de los trabajadores, por tanto, disminuye.
El origen remoto de la Unión Monetaria Europea se encuentra en la crisis que el sistema monetario internacional basado en tipos de cambio fijos sufrió en los años 1971-1973. Cuando el sistema desapareció y se pasó a un modelo de tipos flexibles, que es el que todavía está hoy vigente, los países europeos consideraron que les convendría crear su propia zona de cambios estables.
Para ello se diseñó primero la denominada Serpiente Monetaria (1972) y, ya en 1979, el Sistema Monetario Europeo, mecanismos que reducían la flotación de las monedas europeas entre sí, aunque mantuvieran su total flexibilidad frente al dólar y otras divisas. Pero el paso decisivo se daría en la década de 1990 con el Informe Delors (1989) y el Tratado de Maastricht (1992), en el que se diseñó el modelo definitivo de unión monetaria con tipos irrevocablemente fijos -que llevarían a la moneda única- y se establecieron las condiciones que tendrían que cumplir los países que quisieran integrase en la zona euro desde el primer momento.
En 1999, cuando se inició la última, y definitiva, fase del proceso, no estaba claro qué países formarían parte de la unión al producirse su lanzamiento. Y España fue una de las naciones que plantearon dudas a este respecto. El gobierno de Aznar estableció como uno de sus objetivos más importantes que el país fuera miembro de la zona euro desde el primer momento... y lo consiguió.
Más beneficios que perjuicios
Con más de veinticinco años de experiencia podemos hacer un poco de historia conjetural y preguntarnos qué habría ocurrido si la moneda única nunca hubiera existido. ¿Cómo habría sido la evolución de la economía española sin el euro a lo largo de este tiempo? Este ejercicio intelectual es tan arriesgado como interesante. Es razonable pensar, por una parte, que, sin el euro, el crecimiento de nuestro país habría sido, en el período 2000-2007, más reducido que el que en realidad tuvimos. Pero no sabemos lo que habría podido ocurrir en los años siguientes, que fueron significativamente peores para la economía española.
Poca duda cabe de que el euro aguantó mal la recesión que empezó en 2008; y que la crisis generó en la Unión Europea una situación tan grave como inesperada; que habría tenido, seguramente, una solución más fácil sin los condicionamientos establecidos por la moneda única.
Y no se trataba sólo de una dificultad técnica. Los problemas fueron bastante más lejos. Uno de los objetivos del euro, desde su creación, ha sido fomentar la cooperación entre los estados miembros de la Unión y reforzar la actitud de los ciudadanos europeos en favor de una mayor integración. Pero en la crisis de 2008 sucedió justamente lo contrario. Los problemas de Grecia y las medidas adoptadas para mantener al país en la zona euro, por citar sólo el ejemplo más relevante, fortalecieron los sentimientos nacionalistas contrarios a Europa de una forma que habría sido inimaginable algunos años antes.
En las crisis del siglo XXI hemos aprendido algo que se sospechó desde el primer momento: que la moneda única puede hacer más difícil a algunos países solucionar sus desequilibrios en el corto plazo. Pero sabemos también que, para una nación con una tradición de solvencia financiera relativamente débil como España, los costes de salida del euro serían tan grandes que, a no ser que la situación fuera realmente desesperada, sería preferible seguir con la moneda única.
Si algunas naciones abandonaran la zona euro y volvieran a tener sus propias monedas, deberían ser conscientes de que las nuevas dracma, lira o peseta generarían en los mercados unas expectativas muy negativas con respecto a los países que adoptaran tal decisión. España, entre ellos, desde luego.
Francisco Cabrillo es catedrático emérito de Economía de la Universidad Complutense. Fundación Civismo.
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