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Estados Unidos investiga los fallos de seguridad que facilitaron el atentadoLos protocolos no se adaptaron a las circunstancias y las fuerzas del orden sufrieron errores de coordinación
Washington
Lunes, 27 de abril 2026, 22:03
... cruzar una puerta del hotel Hilton de Washington y plantarse en una alfombra roja sin pasar por un solo detector de metales. Era posible acercarse a menos de medio metro del secretario de Estado, Marco Rubio, o el secretario de la Guerra, Pete Hegseth, sin más filtro que la entrada al hotel.La Casa Blanca y los republicanos acusan a los demócratas de «inspirar» la violencia política
La violencia política se recrudece en EE UU con el tercer atentado contra Trump
Las razones por las que el atacante no lo hizo y prefirió esperar a la llegada del presidente a la cena de corresponsales quedarán claras en el juicio. Lo que ya resulta evidente es que el escenario del tercer intento de asesinato contra Trump en apenas dos años fue un coladero, con medidas de seguridad laxas y una división de responsabilidades que dejó zonas enteras del Hilton fuera de control.
No era solo la posibilidad de acercarse sin apenas filtro a secretarios del Gabinete, periodistas destacados o sus invitados. Era algo más grave: bastaba con entrar mostrando un papel, una invitación o una entrada que podía ser una simple fotocopia, sin acreditar identidad ni pasar por un registro real. La cena reunía a unas 2.500 personas en un hotel gigantesco, con cientos de habitaciones, huéspedes alojados y zonas comunes abiertas. Y para acceder al enorme salón de banquetes donde estaban el presidente, el vicepresidente y buena parte del Gobierno bastaba, al final del recorrido, con pasar por un arco detector de metales.
Hay más seguridad en un aeropuerto o en una estación de tren de larga distancia en España.
Trump, sin embargo, no ha querido hacer sangre. Ha alabado al Servicio Secreto porque, al fin y al cabo, detuvo al atacante antes de que llegara al salón y porque uno de sus agentes resultó herido en el tiroteo. Pero la jefa de gabinete, Susie Wiles, que se recupera de un cáncer y no estuvo en la cena, ha iniciado ya un proceso de revisión de la seguridad del presidente y prevé cambios importantes tras la debacle del sábado.
La gravedad del fallo se entiende mejor al mirar quiénes estaban sentados en aquella sala. Allí se vio a Trump, el vicepresidente J. D. Vance, el presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, el secretario de Estado, Rubio, y buena parte del Gabinete. Es decir, varias de las primeras figuras de la línea de sucesión presidencial y algunos de los responsables clave de la seguridad, la diplomacia y la economía de la nación estaban reunidos en un mismo salón. Un ataque exitoso no habría sido solo una tragedia humana, sino una crisis institucional de primera magnitud.
Lo que ocurrió esa lluviosa noche de sábado fue la suma de todos esos fallos y más. No se activó el máximo nivel de protección federal que se reserva para eventos de esta magnitud, lo que habría implicado una coordinación total bajo el mando del Servicio Secreto. En su lugar, se aplicó un esquema inferior, similar al de otros años, pese a la presencia del presidente y de gran parte del núcleo de poder del país. Nadie elevó el nivel. Nadie corrigió la inercia.
La seguridad, además, estaba fragmentada. El Servicio Secreto protegía el salón y su perímetro inmediato. Fuera de ese anillo, la responsabilidad se diluía. La policía local controlaba el tráfico y las calles. El hotel operaba como cualquier otro día en sus zonas comunes. Con los periodistas y políticos se mezclaban turistas. Entre los espacios propios de un hotel quedaban sin vigilar pasillos, accesos, entradas secundarias y plantas enteras sin un control claro ni una supervisión efectiva. Era un sistema con huecos. Y por uno de esos huecos se coló el atacante.
Durante horas, miles de invitados se movieron por el hotel sin controles adicionales. Llegaban, tomaban una copa, hablaban, subían y bajaban escaleras mecánicas, accedían a salones y zonas de tránsito. Solo al aproximarse al salón principal encontraban un arco detector de metales. Ese era el verdadero filtro. Todo lo anterior era permeable.
A segundos de Trump
El sospechoso, Cole Tomas Allen, aprovechó precisamente esa arquitectura. Había reservado una habitación en el hotel. Eso le permitió operar desde dentro, reconocer, pasearse, sin necesidad de forzar accesos ni enfrentarse a controles exteriores. Se movió por el edificio como un huésped más. Nadie le detuvo antes de llegar a la zona crítica. Nadie detectó el riesgo a tiempo.
Según las primeras investigaciones, Allen portaba una escopeta, una pistola y varios cuchillos. Armamento suficiente para provocar una matanza si hubiera logrado alcanzar el salón. Corrió hacia el punto de control interior poco después de las 20.30. Fue allí donde el dispositivo funcionó. Los agentes del Servicio Secreto reaccionaron, interceptaron al atacante y se produjo un intercambio de disparos. Un agente recibió un impacto en el pecho, pero el chaleco antibalas detuvo la bala.
Ese momento evitó lo peor. Pero todo lo anterior, los errores y fracasos, lo había hecho posible. La propia investigación apunta a que el atacante era consciente de esa debilidad. En escritos analizados por las autoridades habría señalado la seguridad del hotel como «laxa» y habría sugerido que incluso armamento más peligroso podría haber sido introducido en el recinto. No era una percepción externa. Era una evaluación desde dentro del plan.
El fallo no fue solo físico sino también preventivo. Allen no era conocido por la policía local. No había alertas previas, antecedentes. No estaba en ninguna lista que activara mecanismos de vigilancia. Eso evidencia otro límite: la incapacidad de anticipar amenazas individuales en un contexto donde los ataques de «lobo solitario» son cada vez más frecuentes.
A eso se sumó una coordinación incompleta entre agencias. Servicio Secreto, policía local, FBI y otros cuerpos actuaron con rapidez una vez iniciado el ataque, pero el diseño previo no establecía un mando único sobre todo el dispositivo. Cada uno tenía su parcela. Nadie tenía el conjunto.
Evacuaciones en segundos
Mientras tanto, dentro del salón, 2.500 personas estaban expuestas con niveles de protección desiguales, y muchas fueron evacuadas en cuestión de segundos. El núcleo cercano al presidente contaba con la cobertura directa del Servicio Secreto. El resto dependía de un sistema más difuso. Cuando llegaron los disparos, esa diferencia se hizo evidente. Unos fueron evacuados en segundos. Otros quedaron a su suerte durante minutos.
No era la primera vez que se planteaban dudas sobre este evento. La cena de corresponsales ha reunido durante años a altos cargos, pero nunca con una concentración tan elevada de poder político en un mismo espacio y en un contexto de violencia creciente.
El resultado fue un escenario de alto riesgo institucional. Si el atacante hubiera superado el último control, si hubiera logrado entrar en el salón, la cadena de sucesión presidencial habría quedado comprometida en cuestión de segundos. No es una hipótesis lejana. Es el cálculo que hacen los propios servicios de seguridad en este tipo de eventos. Quedó a unos escalones y una esquina de poder entrar en el salón y tener a Trump a tiro.
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