Ante todo, la verificación
Paradójicamente, el mayor riesgo para la astronomía moderna es la prisa. Las directrices actualizadas establecen que cualquier señal candidata debe tratarse con extrema precaución y someterse a una serie de comprobaciones rigurosas. "La información sobre señales u otras posibles revelaciones debe manejarse con sumo cuidado, reconociendo que los resultados iniciales pueden ser incompletos o ambiguos, y que requieren un análisis y una confirmación exhaustivos", afirma el documento.
En resumen, no se deben hacer grandes anuncios antes de una investigación formal rigurosa y un proceso de revisión por pares. Sobre todo teniendo en cuenta que es posible que el descubrimiento no lo realice un científico especializado del Instituto de Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre (SETI), sino un experto que realiza otras observaciones rutinarias y que, por casualidad, se topa con una anomalía. Los proyectos ya en marcha o en desarrollo, como el Observatorio Vera C. Rubin o el Square Kilometer Array, generarán tal cantidad de datos que esta eventualidad es posible y plausible. Por este motivo, las directrices recomiendan observaciones independientes realizadas por múltiples instalaciones y con diferentes instrumentos antes de cualquier anuncio formal.
Hasta que no haya una confirmación científica concluyente, no existe obligación de divulgar información, pero en caso de filtraciones, las instituciones de investigación deben intervenir con prontitud para proporcionar datos precisos, contextualizar la observación y disipar las inevitables teorías conspirativas.
Para respaldar esta garantía empírica, el documento también exige el almacenamiento seguro de datos en al menos dos repositorios internacionales ubicados en lugares geográficamente separados, para evitar manipulaciones o pérdidas. Además, si intervienen señales de radio, las directrices exigen la puesta en marcha de procedimientos extraordinarios en colaboración con la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) para proteger las frecuencias de interferencias terrestres accidentales.
No hay ovnis
Otro aspecto interesante y metodológicamente riguroso del documento es la estricta delimitación del ámbito de investigación. Las directrices se aplican exclusivamente a la búsqueda y el descubrimiento de las denominadas tecnofirmas, es decir, evidencia observable de la existencia de tecnología no humana, como una señal de radio de banda estrecha, una emisión láser, una observación infrarroja vinculada a un uso masivo de energía a escala estelar o una anomalía fotométrica debida a una hipotética megaestructura. Sin embargo, la IAA ha excluido del ámbito del protocolo los denominados fenómenos anómalos no identificados (FANI) que ocurren en la atmósfera terrestre.
A pesar de la presión de un pequeño grupo de académicos, entre ellos el astrofísico Avi Loeb, el comité ha optado por una postura más conservadora. En parte, porque la jurisdicción de la IAA se limita exclusivamente a los fenómenos detectados más allá de la línea de Kármán, el límite convencional entre la atmósfera terrestre y el espacio exterior, situado a unos 100 kilómetros de altitud. Esta exclusión busca preservar la autoridad del documento y evitar asociar el trabajo de los astrónomos con el campo de los avistamientos aéreos, un ámbito que hasta ahora ha estado dominado principalmente por testimonios anecdóticos y carece de pruebas instrumentales reproducibles.
¿Responder o no?
Supongamos que hemos confirmado, dentro de un cierto margen de error aceptable, el origen no humano de una señal determinada. ¿Qué sucede después? En esto también, las directrices son claras: "No es nuestra responsabilidad". Un comité de físicos no tiene las herramientas para gestionar las ondas expansivas sociológicas, políticas y psicológicas de tal descubrimiento, y "los astrónomos deben limitarse a lo que mejor saben hacer: buscar pruebas. Las 'consecuencias' se confiarán a otro comité posterior a la detección, compuesto por figuras con experiencia en humanidades, derecho, ética y comunicación de riesgos", sugiere Garrett.
Una vez que la noticia haya pasado, las naciones se enfrentarían quizás al dilema más complicado de todos: ¿deberíamos enviar un mensaje de respuesta? La iniciativa activa, conocida por el acrónimo Mensajería de Inteligencia Extraterrestre (METI), es un terreno éticamente muy resbaladizo, en el que es difícil encontrar un amplio consenso: "En espera del resultado de las consultas internacionales, no se debe enviar ninguna respuesta", afirma el documento. O sea, habrá que ignorar a los extraterrestres.
Artículo originalmente publicado enWIRED Italia.Adaptado por Alondra Flores.