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¿Qué es un estilo? Borges, que algo sabía de escribir bien, pensaba que el estilo es mayormente una superstición, lucubrada por quien lee ('Discusión'). Tal vez haya estado en lo cierto, en el sentido de que escribimos como escribimos, lo mejor que ... podemos, y ya.
Es un asunto genético en el que acaso no intervenga la voluntad: la materia del área de Broca, que ocupa parte de las curvaturas del hemisferio izquierdo del cerebro, articula nuestra capacidad de enunciar y conectar palabras con la coordinación de ojo y mano en el lóbulo parietal y aparecen las palabras en el papel o en la pantalla, signadas por una dicción y una gramática levemente únicas. 'Fiat lux': Lo que estaba en nuestro cerebro, cuando es torpemente representado en palabras, ocupa la mente de otros, se incorpora a su memoria —si lo dicho hubiera sido memorable— y afecta su experiencia del mundo.
Pero escribir también tiene que ver con el aprendizaje de la modulación: las lecturas tempranas de literatura —aquí imaginar al Borges adolescente leyendo a Chesterton o Stevenson— educan el oído en la prosodia: la acentuación, los ritmos silábicos, las pausas significativas.
Lo entrenan para contar cosas de manera económica, mediante el uso, según T. S. Elliot ('The Metaphysical Poets'), de términos que usualmente no van juntos y que, al ser juntados, se vuelven memorizables. Lope: «Resuelta en polvo ya, más siempre hermosa». Lezama: «Entra el mulo fajado por Dios en el abismo».
Algunos hallazgos estilísticos operan como una iluminación previa al acto mismo de escribir. Una idea concurre, en la que dos términos se acercan y revelan algo a veces deslumbrante, a veces seductoramente oscuro —polvo y hermosura, el mulo y Dios—. Y esta concurrencia viene tan de la nada, que la palabra con que la definimos implica que un espíritu externo inyectó algo aéreo —algo ajeno que está en el éter— en nuestro interior: nos hemos inspirado. Homero pensaba que era una musa, Juan Ramón Jiménez que el Espíritu ('Notas de un curso'), Rubén Darío que un ánima erótica ('Yo persigo una forma').
Es seguro que la inspiración es pura propaganda, un acto de autopromoción de los autores profesionales
Dicho lo anterior, quién haya escrito cualquier cosa entre un correo electrónico más o menos sentido y un librazo épico, sabe que aunque un rapto de inspiración previa al acto de escritura en ocasiones afortunadas forma un cimiento que permite sentarse a trabajar, la impronta personal, eso que sólo pudo haber ocurrido en mi área de Broca —heredada de mis padres, modulada por la lectura temprana de las novelas de Maurice Druon y los cómics de Chanoc—, ocurre en el acto mismo de escribir —«duro, cotidiano y fatal», decía, otra vez, el divino Rubén—.
Es debatible que, como pensaba Borges, el estilo sea una superstición, pero es seguro que la inspiración es pura propaganda, un acto de autopromoción de los autores profesionales, desesperados por capitalizar la peculiaridad de su oficio.
Escribir es, sobre todo, pensar. Juntar, trabajosa y disciplinadamente, palabras que no van juntas las 'preña' de sentido —el término entrecomillado fue utilizado por Shakespeare ('Hamlet') y Gracián ('Arte de ingenio'). Gracián y Shakespeare no se leyeron entre sí, pero ambos leyeron a Cervantes, que lo usó en 'Don Quijote'—.
La literatura existe sólo porque la voz tiene, entre sus particularidades irremediables, la facultad de ser siempre transparente y siempre distinta, pero la buena literatura es sólo la que dice algo inteligente de manera única y equilibrada —otra vez, Cervantes—. Ensayo, entonces, otra definición: En literatura, la intuición argumentativa y la longitud que alcanza una imaginación verbal, dan un estilo.
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