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Con la colaboración de
DestinosEstocolmo: modernidad construida hacia dentroArquitecto y narrador, Pedro Torrijos convierte cada destino en una historia inolvidable: crónicas de lugares extraordinarios donde la arquitectura, el urbanismo y la emoción se encuentran.
Por Pedro Torrijos Publicada 5 mayo 2026 09:46hEstocolmo tiene una manera curiosa de hablarnos. Nunca sube el volumen, nunca presume, nunca hace el gran gesto que uno esperaría de una capital construida sobre agua. Y, sin embargo, va dejando pistas. En cómo se excava una estación de metro. En cómo se reorganiza un país entero para cambiar de carril. En cómo un ayuntamiento puede parecer medieval sin haber vivido un solo asedio. Pistas de una modernidad que no se cuenta en rascacielos ni en excesos, sino en decisiones cívicas, silencios materiales y una especie de respeto casi táctil por lo público.
No es una modernidad estridente —la de los neones, la de los aeropuertos futuristas—, sino una modernidad doméstica, cotidiana, incrustada en las infraestructuras. Una modernidad que no necesita proclamar que está a la vanguardia porque se le nota simplemente en cómo trata a la gente.
Tres historias sirven para entenderlo: el metro, el Dagen H y el Ayuntamiento, tres maneras distintas de decir que un país se define por su relación con lo común.
Arte público en la roca madre
Las estaciones del metro de Estocolmo tienen algo que descoloca enseguida: no están revestidas de azulejo ni decoradas con carteles ni iluminadas como quirófanos. Son cavernas. Cavernas glaciares donde la roca viva —granito antiguo, con millones de años encima— aparece sin maquillajes. Bajas por la escalera mecánica y la ciudad desaparece. En su lugar surge un paisaje de bóvedas irregulares que recuerdan, por turnos, una cueva prehistórica, un mural expresionista o un escenario de cine fantástico con iluminación de invierno eterno.
Cuando a mediados del siglo XX los ingenieros suecos empezaron a excavar la red, surgió una pregunta que en cualquier otro país habría sido descartada por excéntrica: ¿y si dejamos la roca vista? ¿Y si no escondemos lo que la ciudad es por dentro?
Solna Centrum, el túnel rojo más fotografiado de Escandinavia.
La respuesta tuvo menos que ver con estética que con política. Después de la Segunda Guerra Mundial, Suecia estaba reformulando su pacto social: bienestar público, acceso universal, democracia práctica. El arte nunca debía ser un privilegio, debía ser un derecho. Y si el metro iba a ser el espacio cotidiano por el que miles de personas pasarían cada día, ¿por qué no convertirlo también en una galería pública? ¿Por qué no incrustar belleza en la rutina?
La línea azul es el manifiesto. En T-Centralen, la bóveda pintada de azul profundo conserva las rugosidades de la roca; hay siluetas de trabajadores, un homenaje directo a quienes excavaron a mano estas entrañas de granito hace setenta y cinco años. Más adelante aparece Solna Centrum, el túnel rojo más fotografiado de Escandinavia. Un cielo en llamas sobre un mural verde bosque que denunciaba, en 1975, la deforestación sueca. Un grito ecológico cincuenta años antes de que el planeta empezara a arder.
Y luego está Rådhuset, con su aire de excavación arqueológica suspendida en el tiempo: basas de columnas que parecen sostener un templo perdido del norte, un Partenón que alguien olvidó terminar. Un gesto dramático, sí, pero también profundamente sueco: convertir una estación de metro en un recordatorio de que la ciudad está hecha de capas, de historias superpuestas, de materiales que respiran.
El metro de Estocolmo es la demostración de que la modernidad no siempre consiste en innovar, sino en interpretar lo que ya existe, que las infraestructuras pueden ser instrumentos culturales, y que lo público también puede ser bellísimo, incluso cuando nace de dinamita y de roca viva.
Dagen H. Un país entero cambia de carril
Hay decisiones de ingeniería que se explican en planos, y decisiones de país que sólo se entienden en retrospectiva. El 3 de septiembre de 1967, Suecia ejecutó una de estas últimas: cambió de golpe toda la circulación, del carril izquierdo al derecho. Todo el país. A la vez. A las cinco de la mañana. Y sobrevivió.
La escena más famosa sucedió en Kungsgatan, una de las arterias centrales de Estocolmo. Hace sesenta años, esta calle fue testigo del atasco más absurdo —y más extraordinario— de la historia. Coches quietos, conductores confundidos, policías levantando carteles nuevos mientras tapaban los antiguos. Un ballet caótico pero coreografiado, como si una nación entera estuviese participando en un experimento sociológico gigante. Y sin el “como si”, porque eso es esencialmente lo que sucedió.
Kungsgatan, una de las arterias centrales de Estocolmo.
¿Por qué el cambio? Porque durante décadas los suecos habían conducido por la izquierda, pero casi todos los coches tenían el volante a la izquierda también. Un despropósito funcional que hacía adelantar a ciegas y convertía cada curva en una prueba de fe. Tras diez referéndums fallidos —el orgullo nacional es muy suyo— el gobierno decidió imponer el cambio por decreto.
La operación fue tan monumental como suave. Se repartieron guantes bicolores para recordar qué mano debía quedar del lado del tráfico. Pegatinas en los faros. Campañas omnipresentes. Modelos en revistas posando con flechas de circulación como si fueran accesorios de moda. Suecia entera vivía en un tutorial permanente.
Y llegó la madrugada del 3 de septiembre del 67. Entre la 1 y las 6 de la mañana quedó prohibido circular. Se reconfiguraron señales, semáforos, paradas de autobús. La ciudad se suspendió. Y a las cinco, en Kungsgatan, empezaron a moverse los coches y ocurrió lo inevitable. Un caos breve, un aturdimiento nacional. Pero también ocurrió algo inesperado: los accidentes bajaron un 40%. Tal vez porque, por fin, los conductores veían lo que venía de frente. Tal vez porque todo el mundo avanzaba con el respeto reverencial con el que uno monta un mueble de IKEA y sospecha que los tornillos que sobran eran importantes.
El Dagen H es una lección perfecta de modernidad sueca: cambiarlo todo sin romper nada. Reorganizar la infraestructura y, a la vez, reorganizar la cabeza. Un ejemplo más de ese respeto profundo por lo colectivo, esa manera de decir: lo público somos todos, así que hagámoslo bien.
Stadshuset: un castillo moderno para una democracia serena
Stadshuset, el ayuntamiento de la ciudad.
A orillas del lago Mälaren, con el agua golpeando suave contra los muelles, se levanta el Stadshuset, el ayuntamiento de Estocolmo. Desde lejos parece antiguo —ladrillo rojo, torre esbelta, logia veneciana—, pero no lo es. Se terminó en 1923 y es uno de los grandes emblemas del Romanticismo Nacional sueco, un movimiento arquitectónico que mezclaba referencias históricas con ideas nuevas sobre lo que debía ser un edificio público.
Lo primero que sorprende es su ubicación. Si fuera de verdad un palacio medieval, estaría escondido tierra adentro, protegido por murallas. Pero no. Está en una punta abierta al agua. Una declaración urbana clarísima: aquí el poder municipal no se repliega, se asoma. No se defiende, dialoga. Estocolmo se gobierna mirando al lago porque es el agua lo que organiza la ciudad, no el miedo.
Ragnar Östberg, su arquitecto, era un maniático con la textura, así que quiso que el edificio estuviera hecho de ladrillo —ocho millones de piezas— y que una parte importante, casi un millón, se moldeara a mano. Quería vibración, irregularidad, una piel viva. Que la luz se comportara de forma distinta cada vez. Lo moderno, para él, no era la forma, sino la relación con el material.
Dentro, el Stadshuset es a la vez solemnidad y hospitalidad. La sede del consejo municipal, el escenario del banquete Nobel, el baile en el Salón Dorado. Pero su arquitectura es humilde en su orgullo. Usa las formas del pasado sin amarrarse a él. Toma la torre de San Marcos y la corona con tres coronas suecas. Toma la plaza veneciana y la vuelve nórdica. Toma la idea de representación y la convierte en representación democrática, no aristocrática.
El Stadshuset es la prueba de que la modernidad también puede ser una conversación con la tradición, siempre que esa conversación se haga de frente, sin miedo a que el pasado responda.
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Tres lugares, una sola intuición: que en Estocolmo, la modernidad es un acto de cuidado. Cuidado por la roca que se excava, por la calle que se reorganiza, por el edificio que se abre al paisaje. Cuidado por la gente que usa lo público y por la gente que lo construye.
La belleza no se reserva para los museos, baja al metro. El cambio no se decide en abstracto, se ensaya durante años y se ejecuta en una madrugada. El poder no se esconde en piedra, se asoma al agua.
Estocolmo no presume de ser moderna. Simplemente lo es, porque ha entendido que la modernidad verdadera no consiste en impresionar, sino en mejorar la vida común.