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Erdogan va a utilizar la cumbre de la OTAN como escaparate de la pujante industria militar del país.
La cumbre de la OTAN en Ankara presenta varios retos para los países europeos miembros de la Alianza. Además de la conllevancia con las formas nada diplomáticas y las exigencias de Donald Trump, la cita en la capital turca va a ser utilizada como escaparate por el autoritario presidente del país, Recep Tayyip Erdogan, para exhibir ante sus socios las capacidades de su industria militar.
En pleno rearme de la UE propiciado por el repliegue de Estados Unidos y ante las dificultades existentes para garantizarse los suministros necesarios, Turquía ha emergido como una alternativa factible pero incómoda. De hecho, nuestro Gobierno se ha comprometido a adquirir 45 cazas turcos Hürjet de instrucción para sustituir a las actuales aeronaves de entrenamiento de pilotos F-5 del Ejército del Aire y el Espacio por un valor estimado de 3.120 millones de euros. Si bien lo ha hecho asegurándose de que se adaptarán a las necesidades de nuestras fuerzas armadas en territorio nacional de la mano, entre otros, de Airbus e Indra. También la italiana Leonardo se ha aliado con la turca Baykar.
Sin embargo, otros países de la UE tienen mayores recelos sobre convertir a Turquía en socio clave para el rearme europeo pese a ser miembro de la OTAN. También inquieta la creciente capacidad de influencia turca en el norte de África en sustitución de Rusia y Siria, aunque con un perfil más discreto que éstas, suministrando armamento, formación militar e inteligencia a los gobiernos de la zona.
Además de la desconfianza entre ambas partes y de la deriva antidemocrática de Erdogan, los Veintisiete ya tienen una enorme dependencia de Ankara, que resulta vital en materia de inmigración al ser la puerta de entrada desde Asia. Como ha sostenido reiteradas ocasiones en público el líder turco, "Europa necesita a Turquía más de lo que Turquía necesita a Europa". Aumentar esa dependencia podría desequilibrar aún más las relaciones.
Ankara quiere hacer valer su nuevo rol como potencia industrial militar, así como el poderío numérico de sus fuerzas armadas para desbloquear de una vez su integración en la Unión Europea, congelada desde 2016 -aunque es candidata desde 1999- por el escaso respeto a los derechos humanos en el régimen controlado de forma monolítica por el partido islamista de Erdogan.
Así que una vez más Europa y Turquía están en la disyuntiva entre la necesidad estratégica mutua y los fundados recelos sobre los intereses de ambas partes.
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