La última de verano
Fauna costeraLa playa es uno de los pocos lugares donde coinciden bichos de todo pelaje
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Regala esta noticia Añádenos en Google Playa de Benidorm (Alicante), en plena temporada turística. (Juan Carlos Soler) 31/07/2026 Actualizado a las 00:10h.Lo mío con la playa ha sido un amor intermitente. Si de niña me tenía embelesada, de adolescente la detesté con la intensidad con la ... que se detestan las cosas a esa edad. Pensaba que era incómoda, agobiante y hortera. Por eso, cuando los demás bajaban a bañarse, yo me quedaba en casa tirada en el sofá leyendo lo que pillaba o viendo cualquier cosa que echaran en la tele. Total, que en septiembre regresaba al colegio con el mismo blanco ofensivo con el que me había ido de vacaciones.
Como la socióloga de campo y playa que soy, extiendo la toalla y me siento un rato, dispuesta a no perder ripio: el verdadero espectáculo nunca está dentro del agua, sino fuera. A los diez minutos aparece una familia numerosa y comienza una división de tareas tradicional, que la Dirección General de la Costa y el Mar no entiende de feminismo: mientras las mujeres echan crema a los chiquillos, los hombres levantan una edificación por la que habría que pagar el IBI. Con las manos como únicas herramientas, ensamblan un sofisticado entramado de sombrillas, toldos y cuerdas. «Nene, ve a buscar unas piedras gordas para hacer contrapeso», ordena el maestro de obras. Contemplo la operación fascinada, igual que si estuviera viendo a Frank Gehry dirigir la construcción del Guggenheim.
Por delante pasa una pareja. Ella, enfundada en un bikini minúsculo, luce palmito con garbo y decisión, que para eso invirtió la extra de Navidad en operarse el pecho y el tiempo de la comida en machacarse en el gimnasio para conseguir ese culo zumbón. Allí conoció a su acompañante, un adonis de cuerpo cincelado, tatuado y depilado que, con un pellizco en la conciencia, mira a un grupo de especímenes similares que levantan pesas dos sombrillas más allá. Se arrepiente de no haberse echado las mancuernas a la mochila.
A media mañana, los madrugadores como yo empezamos a retirarnos. Nada más recoger la toalla, mi lugar es inmediatamente ocupado por una chica. Se tumba boca arriba y ahí se queda, como muerta. Solo da señales de vida cuando se mueve para tostarse por el otro lado, que ella se gusta con la carne muy hecha. A unos pocos metros, un guiri sigue el ritual opuesto: se embadurna en una crema con la consistencia del Aguaplast, se enfunda una camiseta, unas gafas y una gorra y se lanza al agua con decisión teutona.
Cuando emprendo el camino de regreso, la playa ya es otra. Han llegado las pandillas con el pavo subido, los entusiastas de las palas, los padres que persiguen a críos inagotables y las abuelas que han cocinado para familia y media antes de bajar a la orilla. Ahí están, juntos y revueltos. Porque la playa es uno de los pocos lugares donde seguimos coincidiendo bichos de todo pelaje, de estilos de vida muy distintos, de diferente edad y condición. Y dando gracias, que seguro que a algún lumbreras se le ocurre privatizarla para evitar la masificación. De hecho, la idea ya ronda por ahí: «Igual la solución es pagar por entrar en la playa», dicen en la radio. Pues igual no. Pues igual el problema empieza cuando la única respuesta a la congestión consiste en levantar una barrera económica y confiar en que la situación mejore porque algunos se queden al otro lado. Seguramente, quienes proponen ese remedio nunca se imaginan que los excluidos puedan llegar a ser ellos mismos.
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