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Fernando Aramburu presentó este lunes su novela 'Maite' en el Auditorio del Museo Picasso, en un acto organizado por el CAL. Ñito Salas Fernando Aramburu: «Aunque ETA no exista, existen las víctimas y merecen más respeto»El autor de 'Patria' vuelve a ejercer de cronista de las gentes de su tierra en 'Maite', una historia sobre la relación de tres mujeres en los días del secuestro de Miguel Ángel Blanco
Martes, 21 de abril 2026, 06:00
... viene a Fernando Aramburu desde su cuna en el País Vasco. «Nací en una familia humilde donde todo lo que teníamos era fruto del trabajo. Esto lo interioricé y ahora ya es tarde para corregirme». Lo que sí le ha dado Alemania es perspectiva, una mirada calmada y reflexiva sobre hechos que todavía duelen demasiado. El autor de 'Patria' vuelve a ejercer de cronista de las gentes de su tierra en 'Maite' (Tusquets), una pequeña historia sobre la relación de tres mujeres –dos hermanas y su madre– en unos días que marcaron la gran Historia de este país: del 10 al 13 de julio de 1997, cuando ETA secuestró y asesinó a Miguel Ángel Blanco. Este lunes se citó con los lectores en un acto organizado por el Centro Andaluz de las Letras (CAL) en el Auditorio del Museo Picasso Málaga.«El ser humano se las ingenia para que el olvido no se salga con la suya»
–Lo que no se cuenta no existe. A veces no hablamos de ciertas cosas para no remover el dolor, pero corremos el riesgo de olvidar que eso se vivió.
–Creo que el olvido al final se sale con la suya por cuanto nuestra memoria es frágil, pero el ser humano ha desarrollado trucos y métodos para perpetuar o conservar lo que ocurrió, ya sea en forma de libros o de fotografías. Va con nuestra condición: si nos sabemos pasajeros, de alguna manera nos las ingeniamos para que el tiempo y el olvido no se salgan con la suya rápidamente.
–Tengo la sensación de que es algo general: en este país, ante los sucesos dramáticos de nuestra historia, preferimos callar.
–Los conflictos entre vecinos, los conflictos civiles o internos dentro de la propia sociedad tienen muy mala cura. No es raro que haya una reacción para no insistir en ellos, para que haya algún tipo de acomodo o medio olvido. Pero creo que la tarea de quienes escriben es precisamente la de dejar un testimonio desde su particular perspectiva.
–Suele decir que no es historiador, pero reconocerá que, en cierta forma, es un cronista de ese tiempo.
–Sí, me gusta que me apliquen la denominación de cronista: la de quien fue testigo de algo y, a partir de ahí, levanta un testimonio en forma de textos que, en mi caso, están todos tamizados por la intención literaria.
–Maite, la protagonista de esta historia, quiere huir del País Vasco. Sé que sus motivos para dejar su tierra fueron otros, pero ¿hubo algo de esa necesidad de salir de un entorno asfixiante?
–En mi caso particular se juntaron el hambre con las ganas de comer. No es agradable vivir en un lugar donde cada dos o tres días hay un asesinato, donde hay miedo y persecución. Uno, de una forma razonable, aspira a otros horizontes. Ahora bien, la razón por la cual yo me establecí en Alemania es exclusivamente personal: me tocó ese país porque mi mujer es alemana.
–Y se ha vuelto un poco alemán. Tengo entendido que es muy estricto y rígido con los horarios.
–Sí, pero esto no es algo que me haya transmitido la sociedad alemana, sino que va conmigo por el hecho de que yo nací en una familia humilde donde todo lo que teníamos era fruto del trabajo. Esto lo interioricé y ahora ya es tarde para corregirme. Yo soy un hombre muy metódico, muy disciplinado. No exijo a las personas que conviven conmigo que también sean así, pero de esta manera creo, quizá ingenuamente, que me mantengo productivo: escribo y saco provecho al día.
–Aquí, como en 'Patria', la distancia física es su mejor aliada.
–Podría ser, aunque solo dispongo de una perspectiva y no puedo conjeturar cómo habría sido en el caso de que yo me hubiese encontrado viviendo de manera permanente en mi tierra natal. Pero he sacado el partido que he podido a la circunstancia de haberme establecido en un lugar lejano que me ha dado una perspectiva asociada con la calma y la posibilidad de la reflexión. Es posible que me haya perdido detalles, pero lo que es el movimiento general de los actores de la historia, es posible que yo lo haya visto mejor.
«Mi compromiso es crear una casa en la literatura donde las víctimas se sientan dignamente tratadas»
–Al igual que Maite, ¿usted se entrevista a sí mismo?
–Sí, lo que no hago es tratarme de usted. Pero he hablado estos días con otras personas y todos me confiesan que lo hacen. Todos hablamos con nosotros mismos sin voz, lo cual es pensar. Otros por costumbre o porque trabajan usando la voz practican el hábito de hablar en voz alta. Esto no tiene nada que ver con la locura; todo lo contrario, creo que es un síntoma de cordura. Yo no discuto conmigo mismo, yo controlo mis actos, pero me gusta hablar conmigo mismo en voz alta para verme desde fuera, por defenderme de reproches, por pasar el rato…
–De nuevo, ellas son las protagonistas absolutas. ¿El punto de vista femenino le permite profundizar más en las emociones?
–Como novelista no debo incurrir en generalizaciones. No creo que exista un punto de vista femenino en la creación literaria, donde estoy obligado a singularizar personajes que deben ser únicos e intransferibles. Ahora bien, sí confieso una cierta fascinación por cómo, desde determinadas sensibilidades femeninas, se abordan asuntos humanos y sociales. Como la vida me ha deparado la fortuna de convivir estrechamente con mujeres –mi mujer, mis hijas, ahora mi nieta–, estoy humanamente informado.
–¿Dónde estaba cuando secuestraron a Miguel Ángel Blanco?
–Yo era docente en el año 97. Daba clases de lengua y cultura españolas a hijos y nietos de emigrantes. Supe la atrocidad que se cometió con este chico por la radio. Yo vivía ya en Alemania y trabajaba en una ciudad de poco más de 60.000 habitantes. El periódico español no llegaba o llegaba con un día de retraso. Fue la radio el canal por el cual estuve al corriente de esta ejecución ralentizada que cometió la banda terrorista con este chico que era descaradamente inocente.
«Soy un hombre metódico y disciplinado; ya es tarde para corregirme»
–Aquello fue el principio del fin de ETA. ¿En ese momento fue consciente de ese punto de inflexión?
–La historiografía ha dado un valor simbólico al secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco. Pero en un primer momento yo no tuve esa sensación porque no me fiaba de la banda, ya habían dado algunas treguas que luego habían traicionado. Ha habido muchas más víctimas, más de 800 víctimas mortales, pero hoy día la fotografía de Miguel Ángel Blanco se ha convertido en la víctima por excelencia.
–No se habla de nuestra historia, pero lo cierto es que el terrorismo se sigue usando como arma arrojadiza en la bronca política. ¿Cree que eso es hacer memoria?
–Tenemos una clase política chillona, discutidora y poco respetuosa. Se habla a menudo con enorme frivolidad, perdiendo de vista que, aunque ETA no exista, sí existen las víctimas y merecen más respeto. Por fortuna, esto que se llama crispación no se refleja en las calles. El uso partidista de los hechos históricos es el pan nuestro de cada día; se trata simplemente de mostrar al rival bajo una luz desfavorable aplicándole hechos del pasado.
–Ha manifestado, además, en varias ocasiones que tiene un compromiso personal con las víctimas.
–Sí, es una elección ética que adopté en su momento. Conozco personalmente a numerosas víctimas que se han acercado a mí y les he dado mi compromiso de crear en la literatura una casa donde ellas se sientan dignamente tratadas.
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