Aunque la IA destruye tareas, también crea empleos y dispara la productividad. Un impuesto al progreso técnico como el que propone Mónica García puede frenar el reciclaje profesional y las mejoras salariales.
La historia se repite. Hace algo más de una década en España se empezó a hablar "en serio" del registro horario, una medida que se consideró como de otra época porque respondía al cambio tecnológico con control y con una mentalidad antediluviana.
Ahora, otra propuesta responde al cambio tecnológico con penalización en vez de hacerlo con habilitación, autonomía por objetivos o adopción y creación de empleo.
La ministra de Sanidad, Mónica García, proponía el pasado lunes "un impuesto para las empresas tecnofeudales que usan la inteligencia artificial para reemplazar trabajos".
La propuesta de García no es nueva. Antes que ella, a finales de 2025, el senador estadounidense por el estado de Vermont, Bernie Sanders, que fue candidato a la presidencia de Estados Unidos en 2016 y 2020, propuso una robot tax como palanca de poder: si las empresas usan IA para despedir, pagan, y ese dinero fortalece a los trabajadores y al Estado social.
Pero mucho antes, en febrero de 2017, Bill Gates ya había puesto sobre la mesa una idea simple de formular pero difícil de ejecutar: si un robot -más exactamente, la automatización basada en software, inteligencia artificial y máquinas- sustituye el trabajo de una persona, debería pagar impuestos de forma equivalente a los que generaba ese empleado.
Una década después este debate sigue vivo y se ha ampliado con la explosión de la inteligencia artificial. Lo cierto es que Gates lanzó en 2017 una advertencia que hoy suena profética: la automatización avanza tan rápido que puede sacudir el empleo a gran escala, también en las oficinas. Ante los puestos que se pierden, una salida sería gravar a los "robots que matan empleos" o a las empresas que los despliegan. La lógica fiscal es simple: si un salario paga impuestos y cotizaciones, cuando lo sustituye una máquina esa recaudación se evapora... Por eso Gates decía hace años que debería tributar de forma parecida.
La idea de aplicar un impuesto a la inteligencia artificial (robotización) cuando destruye empleo vuelve ahora porque toca dos debates a la vez. Por una parte se discute cómo repartir las ganancias de productividad de la IA, y por otra cómo sostener la recaudación cuando el sistema fiscal depende mucho del trabajo (cotizaciones e IRPF) y menos del capital.
En realidad, García y Sanders proponen, con matices, una respuesta política muy parecida: hacer que parte del beneficio de automatizar se convierta en financiación para la transición laboral y la redistribución.
En octubre de 2025, Sanders publicó un informe y una batería de medidas sobre IA y automatización desde el Comité HELP del Senado estadounidense. Entre ellas, planteaba explícitamente una robot tax a grandes corporaciones que adopten IA y automatización para reemplazar empleo, con la idea de usar la recaudación para apoyar a los trabajadores desplazados.
Sanders usa el instrumento robot tax como parte de un paquete laboral (reducción de jornada, poder sindical, participación en beneficios, etcétera), mientras que Mónica García lo encuadra más como justicia fiscal frente a tecnooligopolios ("tecnofeudales") y redistribución del beneficio. Hoy no se conocen aún (al menos públicamente) detalles técnicos equivalentes a un diseño legislativo cerrado.
Contra la innovación...
En todo caso, el punto más difícil y negativo de estas propuestas está en el hecho de que diseñar un impuesto así implica ir contra la innovación.
La IA elimina tareas repetitivas, pero también recompone puestos, crea otros nuevos y eleva el valor del trabajo cuando se usa como herramienta de "aumento".
El World Economic Forum estima que entre 2025 y 2030 la transformación estructural implicará una creación y una destrucción equivalente al 22% del empleo actual, con 170 millones de nuevos empleos y 92 millones desplazados, para un saldo neto positivo (78 millones).
Además, los roles tecnológicos -big data, fintech, IA y machine learning- figuran entre los que más crecen en porcentaje.
Los datos del mercado laboral sugieren que la adopción no está matando empleo de forma lineal. Un análisis de millones de ofertas realizado por PwC concluye que la demanda en ocupaciones más expuestas a la inteligencia artificial creció un 38% entre 2019 y 2024, aunque menos que en ocupaciones menos expuestas; y, sobre todo, que los trabajadores con habilidades de inteligencia artificial obtienen una prima salarial media del 56%. Este tipo de premio es una señal potente que nos dice que la IA no sólo automatiza, sino que también otorga un nuevo valor a quien sabe integrarla en su trabajo.
Por lo que se refiere a la productividad, el riesgo de un impuesto mal calibrado es aún más claro. PwC vincula la exposición a la IA con un salto fuerte en productividad desde 2022: en los sectores mejor posicionados para adoptar IA, el crecimiento de productividad casi se cuadruplicó.
Y la OCDE recuerda que muchas empresas responden a la adopción de IA reorganizando tareas y reasignando trabajadores hacia lo que los humanos hacen mejor, más que sustituirlos mecánicamente.
Si se aplica un impuesto que castiga el uso de la IA muchas empresas pueden retrasar su adopción, y eso frena mejoras que quitan tareas repetitivas y liberan tiempo para la actividad de más valor.
Además, dificulta el reciclaje profesional de muchos trabajadores: la gran oportunidad de la inteligencia artificial es aprender nuevas habilidades para usarla bien. LinkedIn ha detectado que las ofertas que piden alfabetización en IA se han multiplicado por más de seis en un año, una señal de nuevos perfiles y formas de trabajar.
Si el objetivo es redistribuir, hay diseños que favorecen la innovación y que no pasan por gravar la herramienta. El World Economic Forum habla de orientar políticas hacia el reskilling masivo, o gravar mejor rentas extraordinarias y poder de mercado en lugar de asociar el impuesto al "reemplazo", que es difícil de medir y fácil de distorsionar.
Está claro que la inteligencia artificial implicará una desaparición de tareas y de algunos puestos, pero también impulsa la productividad, favorece la aparición de nuevas profesiones y de primas salariales.
Un impuesto que se lea como freno general puede terminar reduciendo justo lo que hace posible esa transición.
Robots que cotizan
El gran dilema del futuro del trabajo es que si una máquina produce como un humano tal vez debería contribuir como lo hacen las personas.
- En 2017, el fundador de Microsoft Bill Gates proponía que si un trabajador humano genera IRPF y, sobre todo, cotizaciones, cuando una máquina hace el mismo trabajo esa recaudación se pierde. Por tanto, habría que gravar la automatización a un nivel similar al que pagaba ese puesto. La lógica no es que el robot sea sujeto de derecho laboral, sino que su propietario (la empresa) pague un "equivalente" a la cotización que desaparece.
- Un año antes Reuters informaba de un borrador de un plan europeo que contemplaba clasificar ciertos robots como personas electrónicas ('electronic persons') y hacer a sus propietarios responsables, entre otras cosas, de pagar Seguridad Social por ellos.
- Este debate se conectó con el trabajo del Parlamento Europeo sobre 'Civil Law Rules on Robotics' (resolución de 2017), que abrió las discusiones sobre cómo adaptar los marcos regulatorios a la robótica avanzada. Aunque esa resolución es principalmente de derecho civil (responsabilidad o seguros), fue parte del ciclo político en el que también se ventiló la idea de 'robot tax' y las contribuciones asociadas. Aquí la pregunta no era si un robot tiene contrato, sino cómo reasignar las responsabilidades (propietario-operador-fabricante), y cómo asegurar la financiación de los sistemas públicos cuando cambia la estructura del trabajo.
- En otras propuestas, la conexión con la Seguridad Social es indirecta, y el impuesto no entra como cotización, pero se justifica por la pérdida de base laboral. Así, el Premio Nobel Edmund Phelps defendía hace más de un lustro -antes del 'boom' de la IA generativa- un impuesto moderado a los robots para acompasar la introducción de la inteligencia artificial para sostener el modelo social.
- Sin olvidar la vía indirecta de Corea del Sur, que es citada a menudo cuando se habla de 'robot tax', porque en 2017 redujo los créditos fiscales a la inversión en automatización. No es una cotización a la Seguridad Social, pero es relevante porque actúa como desincentivo fiscal a automatizar, y como forma de recuperar recaudación.
-
17:53
El BCE lanza líneas de liquidez extraordinaria con todos los bancos centrales del mundo
-
15:53
Miles de médicos piden la dimisión de Mónica García y avisan de semanas de huelgas
-
15:46
Sánchez pide a las potencias nucleares que impidan una nueva carrera armamentística
-
15:11
El Gobierno impulsa inversiones milmillonarias en la industria con los primeros concursos de acceso a la red
-
14:54
Arenas movedizas