El día 19 de enero de 1981, Francesca Woodman acababa con su vida arrojándose por la ventana de un loft del Lower East Side de Manhattan. Este trágico y prematuro final, a los veintidós años, cuya causa parece que estuvo motivada por una serie ... de contrariedades que van de lo sentimental a lo profesional, ha resultado determinante a la hora de interpretar su obra fotográfica.
Cuando esta empezó a merecer el reconocimiento generalizado por parte de los especialistas e instituciones artísticas, allá por los noventa, ya comenzó a imponerse una lectura canónica de sus fotografías –bajo el prisma del feminismo, por supuesto– según la cual toda su producción no sería sino el relato atormentado de un camino hacia el suicidio.
Así planteada, la cosa tiene tirón y cuenta con la pertinencia debida; acomodo político y hasta morbo. Pero la originalidad y sutileza del trabajo de esta artista se escapa de tan bastos cedazos hermenéuticos.
Apertura 2026: buenos tiempos para malos tiempos
Uno de sus compañeros de estudios en la Rhode Island School of Design, el fotógrafo George Lange (Pittsburgh, 1955), conservó durante cuatro décadas una caja que contenía numerosos recuerdos de Francesca Woodman.
Entre estos, muchas fotografías en las que había registrado diversos momentos de su vida cotidiana, donde aparece retratada al margen de sus puestas en escena o, si acaso, durante algunos de los procesos de su preparación; donde la artista se nos muestra con naturalidad y desenfado, sonriente, envuelta a veces en esa banalidad que ofrece la inmediatez.
'Portrait of a Reputation' (2018) fue el significativo, o más bien reivindicativo, título de la exposición en la que Lange enseñó por vez primera una selección de aquellas fotos, tratando con ello de mostrar a la joven sensible, creativa, divertida y brillante que era la Francesca Woodman que él conoció en la segunda mitad de la década de los setenta.
Estos retratos están más acá del icono en el que ella misma acabó convirtiéndose al hacer de su cuerpo el medio con el cual explorar las posibilidades de la imagen fotográfica. Posibilidades que llevó hasta unos límites insólitos, tanto por sus aspectos formales como por la poética que se deriva de sus composiciones. En varias de las fotos que ahora pueden verse comprobamos que esos lugares destartalados que abundan en sus obras (y sobre los que se ha vertido bastante literatura dramática, en el sentido de lo que comentábamos al inicio de este artículo) también formaban parte de su entorno habitual.
Evidentemente, esta no es una exposición de Francesca Woodman, aunque ella aparezca en todas las fotografías –incluso retratada in absentia–, al igual que sucede en su propia obra. Es el testimonio visual de un corto e intenso periodo de su existencia: cuando se estaba formando y trataba de definirse como artista. Es indudable que la relevancia de Woodman, la gran consideración en la que hoy se tiene su trabajo, le da un enorme valor documental a este conjunto de fotografías y también que justamente este será el principal motivo, o el único, para visitar la exposición.
Pero no podemos dejar de señalar la calidad de estos retratos, lo emocionantes que resultan, ni tampoco obviar que George Lange cuenta con una dilatada y exitosa trayectoria como fotógrafo.
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