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Fuera del agua

Fuera del agua
Artículo Completo 1,214 palabras
Una mañana de este verano cogimos el coche y condujimos desde el pueblo de costa en el que estábamos hasta otro pueblo en el interior, casi de montaña. El viaje nos llevó más o menos hora y media, a lo largo de la cual nos perdimos o desviamos por carreteras que se convertían en pistas y advertimos cómo cambiaban el paisaje, la luz y la temperatura: más agreste, más oscura, más alta. Después de aparcar el coche en el jardín y saludar a todo el mundo nos fijamos en que había unas manchas en el capó , muy cerca del parabrisas, en el lado del copiloto. Guano de gaviota, sin duda, pero cuando R se acercó a verlo más de cerca puso una cara de espanto que nos alarmó. ¿Qué habría visto?El extremo interior de los capós y la parte inferior de los parabrisas forman una especie de balsa en la que se pueden acumular cosas. Por ejemplo, las hojas de pino secas son muy habituales. Pero aquello no nos lo esperábamos. En el hueco había una caballa de veinticinco centímetros.La impresión fue muy fuerte, e inesperada en el grado de la sorpresa fisiológica, como cuando levantamos algo que esperábamos más pesado, y entonces experimentamos como un desplome inverso, o como cuando esperábamos azúcar y resulta que es sal. Lo primero era resolver el misterio físico: ¿cómo habría llegado allí ese pez?Lo cual nos obliga a irnos aún más atrás, hasta la ontología. En este caso dudo entre llamarlo pez o pescado. Me decanto por pez, por su naturaleza de símbolo y porque no sé si lo había pescado un humano.Los pájaros, qué remedio, también se adaptan a nuestros sistemas y se organizan con nuestras estructurasEl pez, entonces, ¿de dónde había salido y cuánto tiempo llevaba en el coche? ¿Lo habríamos transportado durante esa hora y media, que ahora se nos hacía ajena y misteriosa, como si la hubiesen vivido otros, como si la inconsciencia del inadvertido huésped nos convirtiese ahora en personas diferentes? La primera hipótesis fue que una gaviota , sobrevolando el coche en algún momento de los días y noches que llevaba este aparcado a pocos metros de la playa, hubiese dejado caer , sin querer probablemente, la caballa que llevaba en el pico, y que esa caballa hubiese ido a dar precisamente en el parabrisas de nuestro coche, por el que se habría deslizado como un humano jugando por una colina hasta ir a dar en el escondrijo donde la encontramos nosotros. Se enfadaría mucho la gaviota . Pero lo chocante era que en el parabrisas no quedara rastro de aquel deslizamiento. El cristal estaba impoluto. Por cierto, lo que en un primer vistazo habíamos tomado por excrementos de gaviota debía de ser más bien parte de las tripas del pez , que se le mostraban algo abiertas, sin duda a consecuencia del impacto de la caída o bien del picotazo de la gaviota, cuando lo encontramos.Un poco más tarde se nos ocurrió que la gaviota podría haber elegido ese coche para esconder lo que se quería comer luego. Muchos pájaros son muy listos. Es clásico el ejemplo del cuervo que para poder beber de un vaso de tubo mediado de agua va echando piedrecitas dentro hasta que la altura del agua ha subido lo suficiente para que él la pueda alcanzar con el pico, y las gaviotas de ciudades turísticas como Venecia son famosas por estar organizadas y tener un código con el que se comunican y organizan el reparto de las migas, restos o bocadillos enteros que les arrebatan a los turistas. Los pájaros, qué remedio, también se adaptan a nuestros sistemas y se organizan con nuestras estructuras. Si lo hacen para anidar, ¿por qué no iban a esconder sus cosas en los coches para recogerlas luego? ¿Acaso no hemos leído 'Las joyas de la Castafiore'? Lo que pasa es que nuestra gaviota no contó con que el coche podría cambiar de sitio.Otra hipótesis era la del mafioso de litoral, que te manda peces muertos en lugar de cabezas de caballo, pero no recordamos habernos enemistado con nadieOtra hipótesis era la del mafioso de litoral, que te manda peces muertos en lugar de cabezas de caballo, pero no recordamos habernos enemistado con nadie. No nos pusimos de acuerdo con las teorías, pero el misterio de la caballa tenía también una vis de otro tipo: la carga simbólica , que esta vez debía investigar el detective patafísico. La imagen del pez plateado en el coche tenía una potencia tan indescifrable que se me coló en el ánimo y durante muchos días no pude dejar de pensar en ella. Me quedaba quieta un momento, allí donde estuviera, y dejaba que su emanación visual me inundase. La sensación estaba entre el mal rollo y la iluminación, y en su aire de augurio atávico parecía tener un vínculo con los desastres que se sucedían por todo el mundo. He tardado mucho en sentarme a escribir esto porque, como cualquiera sabe, la manera de contar un acontecimiento se adhiere a ese acontecimiento, o a esa imagen, y luego es muy difícil despegarlos, y temía que al describir esto se evaporase la mandorla del sentido. Anoche me dijo R en la duermevela que el surrealismo es la imaginación de los pobres.Un par de apuntes rápidos más o menos relacionados. Días antes me había contado una amiga la historia de un niño que volvía de un campamento. Su madre, al abrir la mochila, encontró una cría de murciélago muerta entre la ropa sucia. Me recordó a una vez en que un primo mío, al volver también del campamento, sacó de la mochila el bocadillo que le había hecho su madre, quince días antes, para el primer día. El bocadillo se había vuelto negro. Y una última cosa: ¿alguien sabe si vongolo es un insulto veneciano? Sería como llamarle a uno almejo. Me pareció que se lo gritaba el conductor de un vaporetto a uno de una lancha que se le cruzaba como un loco, pero ahora no tengo tiempo para ponerme a buscar un veneciano al que preguntárselo.

Una mañana de este verano cogimos el coche y condujimos desde el pueblo de costa en el que estábamos hasta otro pueblo en el interior, casi de montaña. El viaje nos llevó más o menos hora y media, a lo largo de la cual ... nos perdimos o desviamos por carreteras que se convertían en pistas y advertimos cómo cambiaban el paisaje, la luz y la temperatura: más agreste, más oscura, más alta.

Después de aparcar el coche en el jardín y saludar a todo el mundo nos fijamos en que había unas manchas en el capó, muy cerca del parabrisas, en el lado del copiloto. Guano de gaviota, sin duda, pero cuando R se acercó a verlo más de cerca puso una cara de espanto que nos alarmó. ¿Qué habría visto?

El extremo interior de los capós y la parte inferior de los parabrisas forman una especie de balsa en la que se pueden acumular cosas. Por ejemplo, las hojas de pino secas son muy habituales. Pero aquello no nos lo esperábamos. En el hueco había una caballa de veinticinco centímetros.

La impresión fue muy fuerte, e inesperada en el grado de la sorpresa fisiológica, como cuando levantamos algo que esperábamos más pesado, y entonces experimentamos como un desplome inverso, o como cuando esperábamos azúcar y resulta que es sal. Lo primero era resolver el misterio físico: ¿cómo habría llegado allí ese pez?

Lo cual nos obliga a irnos aún más atrás, hasta la ontología. En este caso dudo entre llamarlo pez o pescado. Me decanto por pez, por su naturaleza de símbolo y porque no sé si lo había pescado un humano.

Los pájaros, qué remedio, también se adaptan a nuestros sistemas y se organizan con nuestras estructuras

El pez, entonces, ¿de dónde había salido y cuánto tiempo llevaba en el coche? ¿Lo habríamos transportado durante esa hora y media, que ahora se nos hacía ajena y misteriosa, como si la hubiesen vivido otros, como si la inconsciencia del inadvertido huésped nos convirtiese ahora en personas diferentes? La primera hipótesis fue que una gaviota, sobrevolando el coche en algún momento de los días y noches que llevaba este aparcado a pocos metros de la playa, hubiese dejado caer, sin querer probablemente, la caballa que llevaba en el pico, y que esa caballa hubiese ido a dar precisamente en el parabrisas de nuestro coche, por el que se habría deslizado como un humano jugando por una colina hasta ir a dar en el escondrijo donde la encontramos nosotros. Se enfadaría mucho la gaviota. Pero lo chocante era que en el parabrisas no quedara rastro de aquel deslizamiento. El cristal estaba impoluto.

Por cierto, lo que en un primer vistazo habíamos tomado por excrementos de gaviota debía de ser más bien parte de las tripas del pez, que se le mostraban algo abiertas, sin duda a consecuencia del impacto de la caída o bien del picotazo de la gaviota, cuando lo encontramos.

Un poco más tarde se nos ocurrió que la gaviota podría haber elegido ese coche para esconder lo que se quería comer luego. Muchos pájaros son muy listos. Es clásico el ejemplo del cuervo que para poder beber de un vaso de tubo mediado de agua va echando piedrecitas dentro hasta que la altura del agua ha subido lo suficiente para que él la pueda alcanzar con el pico, y las gaviotas de ciudades turísticas como Venecia son famosas por estar organizadas y tener un código con el que se comunican y organizan el reparto de las migas, restos o bocadillos enteros que les arrebatan a los turistas. Los pájaros, qué remedio, también se adaptan a nuestros sistemas y se organizan con nuestras estructuras. Si lo hacen para anidar, ¿por qué no iban a esconder sus cosas en los coches para recogerlas luego? ¿Acaso no hemos leído 'Las joyas de la Castafiore'? Lo que pasa es que nuestra gaviota no contó con que el coche podría cambiar de sitio.

Otra hipótesis era la del mafioso de litoral, que te manda peces muertos en lugar de cabezas de caballo, pero no recordamos habernos enemistado con nadie

Otra hipótesis era la del mafioso de litoral, que te manda peces muertos en lugar de cabezas de caballo, pero no recordamos habernos enemistado con nadie.

No nos pusimos de acuerdo con las teorías, pero el misterio de la caballa tenía también una vis de otro tipo: la carga simbólica, que esta vez debía investigar el detective patafísico. La imagen del pez plateado en el coche tenía una potencia tan indescifrable que se me coló en el ánimo y durante muchos días no pude dejar de pensar en ella. Me quedaba quieta un momento, allí donde estuviera, y dejaba que su emanación visual me inundase. La sensación estaba entre el mal rollo y la iluminación, y en su aire de augurio atávico parecía tener un vínculo con los desastres que se sucedían por todo el mundo.

He tardado mucho en sentarme a escribir esto porque, como cualquiera sabe, la manera de contar un acontecimiento se adhiere a ese acontecimiento, o a esa imagen, y luego es muy difícil despegarlos, y temía que al describir esto se evaporase la mandorla del sentido. Anoche me dijo R en la duermevela que el surrealismo es la imaginación de los pobres.

Un par de apuntes rápidos más o menos relacionados. Días antes me había contado una amiga la historia de un niño que volvía de un campamento. Su madre, al abrir la mochila, encontró una cría de murciélago muerta entre la ropa sucia. Me recordó a una vez en que un primo mío, al volver también del campamento, sacó de la mochila el bocadillo que le había hecho su madre, quince días antes, para el primer día. El bocadillo se había vuelto negro. Y una última cosa: ¿alguien sabe si vongolo es un insulto veneciano? Sería como llamarle a uno almejo. Me pareció que se lo gritaba el conductor de un vaporetto a uno de una lancha que se le cruzaba como un loco, pero ahora no tengo tiempo para ponerme a buscar un veneciano al que preguntárselo.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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