¿Puede la pintura atravesarse? ¿Transitarse? Es una cuestión que podemos abordar cuando visitamos la instalación 'site specific' de Paloma Gámez en el Museo Barjola de Gijón. Nacida en Bailén (Jaén) en 1964, y licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Granada, ... la autora lleva parte de su trayectoria trabajando la pintura desde un lugar muy personal: el de una pintura expandida que, sin dejar de ser pintura, se ha desbordado progresivamente de los límites del lienzo, materia principal que la sustenta y sustenta esta instalación.
Aunque su investigación tiene mucho que ver con el color, la instalación de la capilla del Museo Barjola se centra en la geometría, la percepción de la materia que soporta la pintura en su estado más natural y, sobre todo, en la manera en que una superficie pictórica puede convertirse en espacio por el que transitar.
Gámez, en su planteamiento en la capilla, no intenta decorarla o utilizarla como espacio expositivo, sino que busca hacer visible cómo está construida, y realiza, entonces, una correspondencia entre la arquitectura del espacio y la propia arquitectura de la pintura, reflejando la cúpula y la bóveda a través de lo que replica el bastidor y el lienzo.
Elementos que, en el plano formal, se utilizan para la reflexión bidimensional y que, de pronto, adquieren valor tridimensional, como si ella misma trazase un laberinto de cuestiones que intentan resolver su propia relación con la pintura, como desgranar el encuentro con el lienzo y con la forma de entender el paisaje, lo que nos rodea, el paisaje interno.
En definitiva, toda una serie de intersecciones más profundas y variadas que las de los propios planos que crean los lienzos entre sí. Están las de la propia pintura y arquitectura, las del plano y el volumen (las dimensiones), las de la obra con el propio espacio, o el objeto con el espectador cuando lo recorre. Lo cierto es que la capilla del museo lleva años funcionando como un laboratorio de intervenciones específicas que permite a los creadores salirse del juego o encontrar un punto de inflexión en sus investigaciones.
Desde 2003 existió toda una línea de becas vinculada específicamente a este espacio y, desde entonces, hemos podido ver los retos de muchos de nuestros artistas contemporáneos, desde que comenzara Julio Cuadrado, hasta otros muchos, como Arancha Goyeneche, José Luis Serzo, Carlos Coronas, Tadanori Yamaguchi.
Y lo cierto es que la visión de Gámez, más allá de interpretar la capilla o intervenirla, lo que hace es mirar hacia ella, hacia su interior y, en el fondo, el interior de quienes la recorremos, sorprendidos por la simplicidad existente capaz de ayudarnos a desarrollar complejidades intelectuales y físicas que surgen recorriendo el trazado que plantea.
Comprender el misticismo de este proceso, al más puro estilo de la escuela vasca (a pesar de la distancia geográfica o formativa, o incluso disciplinar, de la autora, es fácil hilar una conexión con ella), con sus sutilezas de luz y sombra de vacíos y cuerpos es lo que implica la propuesta. Hasta el trece de diciembre podemos volver a sentir la sacralidad del lugar a través de la intervención silenciosa, tranquila y sencilla de Paloma Gámez. Quizás, ella misma lo plantea como un confesionario en el que abrirse a los misterios de esta disciplina.
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