La singular trayectoria literaria de Gonçalo Tavares (Luanda, 1970) se ha orientado siguiendo un mandamiento que él mismo compartió en un encuentro con el público en el festival POEX de Gijón: “Me gustaría crear un lenguaje que esté entre el grito y la mudez ... , y al mismo tiempo contra el tópico y la tontería”. El portugués acaba de ser reconocido con el premio Formentor 2026 por su capacidad para “retratar el extravío contemporáneo" y por la originalidad de una obra poética y narrativa vivísima e inclasificable.
-Presenta 'Las botas de Mussolini', el primero de una serie de poemarios que aspiran a contar la historia del siglo XX
-Pienso mucho en términos de proyectos, no solamente de un libro. En este nuevo ciclo, a través de la poesía, quiero reconstruir la tragedia del siglo XX. Es como sacar una foto de un instante concreto: la mano de Hitler, la muerte de Alan Turing o las botas de Mussolini.
-¿Cree que la literatura puede constituir una especie de atlas o de enciclopedia del mundo?
-No sé si la literatura es capaz de tanto. Pero es una tentativa, y creo que todos los artistas serios intentan entender el mundo: el deseo, la violencia, las necesidades e instintos. No es cuestión de organizar el mundo como Linneo, sino de buscar a través de la estética algo que ni la ciencia ni la política pueden lograr. Creo que 'Crimen y castigo' es el mejor libro que existe sobre la culpa. Pero lo que ese libro me ha enseñado sobre la culpa no puede explicarse en una fórmula, y esa es la potencia de la literatura. Eso es lo que yo intento hacer siguiendo distintos senderos. Me interesa la literatura que sigue el camino de la imaginación, pero también me gusta la que parte de la realidad.
Gonçalo M. Tavares y la tarea de embellecer
-¿Le interesa entonces la historia como objeto de reflexión literaria?
-Sí, este libro va en esa línea, y las novelas de 'El reino' tratan sobre la Europa central del siglo XX. La memoria no es un acto solamente intelectual, sino ético. La amnesia es una grave enfermedad ética. Es importante que el escritor aborde la historia, pero no es necesariamente una historia que tenga una fecha y un espacio definido. Por ejemplo, el mal: ¿dónde está el mal? No podemos coger un mapa y decir que el mal está aquí, o coger un calendario y decir que el mal empieza tal día de 1944. El mal, yo diría, está en todos los espacios y en todos los tiempos. Intento que los lectores no vean desde fuera la historia de Europa y la de la maldad. Tú y yo, todos nosotros, no estamos fuera del río viendo pasar el agua, sino que estamos en medio del río, en plena inundación. Me parece importante despertar la lucidez de los lectores.
-Usted es muy crítico con la narrativa más trillada y convencional, y considera que la literatura ha de ser creativa en el sentido más genuino del término, de crear algo verdaderamente nuevo
-Sí, y es algo obvio que es lamentable que sea necesario repetir. Se supone que los creadores se dedican a crear, no a vender o a repetir. Muchas veces tengo la sensación de que casi todos los libros son iguales. Creo que cada libro debería fundar un nuevo género literario. Es una obligación del creador tener un martillo, como decía Kafka, y no dormir a sus lectores como hacen los cuentos infantiles. No hablo de dormir literalmente, sino de mantenerlos distraídos, alienados del mundo. Esa literatura puramente comercial se ha convertido en un programa de television idiota.
"Me parece importante que haya ficciones con narradores fascistas, porque la ficción sirve para ponerse en la cabeza de otros"
-Es también muy crítico con la autoficción, que es para usted una forma de limitar los horizontes de la literatura
-La definición de la ficción es muy simple: hay un autor, un narrador y unos personajes. El autor puede ser un hombre de 40 años, y la narradora puede ser una niña de seis años del siglo XVIII, o un zapato, o un perro; y los personajes pueden ser personas malvadas. La primera lección de la ficción es que el autor puede ser distinto del narrador, y el narrador distinto de sus personajes. Que haya un narrador fascista no significa que el autor lo sea, y me parece importante que haya ficciones con narradores fascistas, porque la ficción sirve para ponerse en la cabeza de otros. Y no hay que ponerse siempre en la cabeza de los santos, sino también en la de los demonios. Si quitamos el mal de la ficción, si quitamos a los lobos y nos quedamos solo con los golden retriever, estamos cometiendo un error. Porque en el mundo hay lobos y golden retriever, y todos tienen que aparecer en las historias. Si no, no sabremos distinguir un lobo de un golden retriever y todos nos parecerán perros adorables. Ponerse en la cabeza de un fascista es un ejercicio ético importante, y cada vez más necesario.
-Cuenta que nuestro cerebro tiende a comportarse de forma consumista y voraz, “a rendirse a los centros comerciales de imágenes”, ¿le preocupan las consecuencias de esa dieta de imágenes e información en la que vivimos?
-Creo que el único modo de crear es parar ese bombardeo de imágenes. Estamos siendo inundados por imágenes y palabras de muy baja calidad y, al final, es como una dieta alimentaria. Una cosa es ver Tarkovski o escuchar a Beethoven, pero si te alimentas con mala música, pésimos textos e imágenes 'kitsch', tu organismo se acostumbra a eso que consumes. Se dice mucho que leer siempre es bueno, y yo digo claramente que no. Leer cosas buenas es bueno, pero leer cosas malas no lo es. Esa idea de que se trata de algo subjetivo me parece falsa y peligrosa. Si leemos a los clásicos es porque son buenos. Entonces, ¿por qué hacerles perder el tiempo a los niños con los millones de libros malos que existen, si sabemos que hay algunos buenos? No es verdad eso de que cada uno tiene su opinión y hay que respetarla.
"Trump y Bolsonaro siempre ponen la alternativa de escoger entre su decisión y el apocalipsis. Es un lenguaje pésimo, y tal vez lo más perturbador es que es convincente"
-Acaba de publicar en Portugal 'O Fim dos Estados Unidos da América', una epopeya en verso de casi mil páginas en la que cuenta el estallido de una nueva guerra civil en aquel país
-La novela trata sobre una peste que llega a Estados Unidos y que no afecta a ningún otro país. Surgen varias hipótesis sobre su origen: las ratas, los mosquitos, los negros y, por último, los pobres. Se decide entonces encerrar a los pobres en guetos. El libro es una sátira, pero también una distopía. Hay protagonistas de extrema derecha y de extrema izquierda, pero he intentado que no haya buenos y malos. Esa guerra enfrenta a quienes defienden la guetización de los pobres y a los que no. Con el tiempo, se acaban separando como especies biológicas, y los pobres y los ricos no pueden tener hijos entre sí. Creo que es un libro importante en mi carrera, y ya va por la cuarta edición.
-¿Cree que todas las catástrofes empiezan con la corrupción del lenguaje?
-William Burroughs decía que hay un virus que se transmite a través del lenguaje. Pienso que es un síntoma de la degradación política. Fíjese en un discurso de Trump-que ya es dudoso que sea un discurso, pues son más bien palabras gritadas y eslogans. El habla de Trump, en términos linguísticos, es de una pobreza terrible. Hay líderes políticos y dictadores que hablan poco, como es el caso de Putin; y otros que dan discursos de cinco o seis horas. Creo que Trump y Bolsonaro han inaugurado esa forma de hablar con frases cortas, de sí o no, claro u oscuro, hacemos esto o lo otro. Tienen una decisión previa, y a posteriori argumentan con la pobreza de un niño de cuatro años: o hacemos esto, o habrá una tempestad terrible. Siempre ponen la alternativa de escoger entre su decisión y el apocalipsis. Es un lenguaje pésimo, y tal vez lo más perturbador es que es convincente.
-Es un enigma: ¿cómo es posible que en 2026, en un país educado, triunfe ese lenguaje? Piaget decía que cuando un niño de cuatro años ve que su madre se cae al suelo un domingo, piensa que todos los domingos las madres se caen al suelo. Trump, cuando está en una sala llena de espejos, se piensa que Dios está en todos lados, y eso es un peligro. Por otro lado, hay que pensar qué se está haciendo mal en el mundo democrático. Me parece que, en parte, Trump es tan convincente por esa sinceridad con la que habla, y me parece un error la falta de sinceridad y autenticidad de los politicos democráticos y profesionales. Hay un control del lenguaje que hace que las personas sientan que no están diciendo lo que piensan. Trump piensa barbaridades, pero transpira autenticidad. Una autenticidad tonta, pero autenticidad al fin y al cabo. Los politicos democráticos son muchas veces muy burócratas, con un lenguaje insoportable lleno de lugares comunes. Tenemos que criticar el lenguaje de los autócratas, el lenguaje pobre de Trump y el lenguaje poco auténtico de los burócratas.
"Hace unos meses, Elon Musk dijo una frase muy maligna: la empatía es tóxica para la economía. Está claro que son palabras del diablo"
-Sí, porque el lenguaje en circulación es muy malo. Los tiempos peligrosos vienen de frases peligrosas, y hay personas que piensan de forma maligna. Hace unos meses, Elon Musk dijo una frase muy maligna: la empatía es tóxica para la economía. Está claro que son palabras del diablo. Es algo claramente nietzscheano, con esa idea de que el cristianismo es la enfermedad de occidente porque cuida a los pobres y a los débiles, y eso debilita a la sociedad. Yo trabajo mucho con discapacitados intelectuales, y me asombra esa idea de que estas personas no deben recibir ayuda porque no aportan nada a la economía. Estamos en un mundo en el que los fuertes no tienen empatía, y para ellos los pobres no existen. Eso son tiempos peligrosos. Los fuertes, los ricos y los inteligentes, sin ningún pudor, dicen estas cosas.
-Es una idea que aparece en muchas de sus novelas: el mal no es tanto un estallido de locura, sino un proceso totalmente racional
-El pequeño mal, el mal de poco alcance, el de un loco que mata a cinco personas, sí suele ser irracional. Pero el gran mal es un mal organizado y racional. Las grandes fábricas de muerte del siglo XX son puramente racionales, y lo más terrible es ver cómo se pone toda la inteligencia humana-la arquitectura, el urbanismo, la física, la química-al servicio de lograr matar lo más rápido posible con el menor coste. Creo que eso es algo que todavía no hemos entendido. Desde 1940 está claro que el alcance del mal tiene que ver con cuestiones propias del homo sapiens. Cuando solo teníamos una pistola estábamos en el lado animal: podíamos matar a unas pocas personas de una forma muy corporal. Pero ahora, que matamos por los aires, estamos en otra escala. El mal es claramente técnico, y quien domina la técnica puede dominar a toda la humanidad.
Claves para hacer crecer una pyme desde lo local
Hacienda vigila los regalos de boda: multas si no están declarados, incluidos los bizum
Sanción por difundir el vídeo de un hombre ebrio que se viralizó en Internet: lo que cuesta el daño moral y a la imagen
Fernando Romay denuncia no poder acceder a una pensión digna: «Toda mi etapa en el Real Madrid fue sin cotizar»
PP y PSOE retrasan sus listas en la provincia de Cádiz para las elecciones andaluzas
Más de siete horas de rescate para auxiliar a dos montañeros atrapados en el Curavacas
Un sueldo fijo como funcionarios y una dieta por desplazamiento: esto es lo que cobran los cuatro astronautas que viajan a la Luna en el Artemis II
Sony rebaja cinco de sus dispositivos de audio más buscados: sonido premium a mejor precio
David Alandete ve que Trump amenaza con salirse de la OTAN y es contundente con la situación
Albert Barniol, sin palabras por el tiempo que hará en Semana Santa: «Aburrida»
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Gonçalo Tavares: «Ponerse en la cabeza de un fascista es un ejercicio ético importante»
Gonçalo Tavares: «Ponerse en la cabeza de un fascista es un ejercicio ético importante»