Dijo Ricardo Piglia que el único problema que se planteó Hemingway fue cómo escribir en inglés después de Joyce. De ahí su estilo telegráfico, fáctico, en las antípodas del torrente subliminal, casi intraducible, del irlandés.
En el caso de la literatura peruana, la obra ... de Gustavo Faverón puede leerse como una respuesta a la pregunta de ¿cómo escribir después de Vargas Llosa? El trayecto, sin embargo, se realizaría en sentido inverso.
Partiendo de una literatura realista, como la de Vargas Llosa, Faverón desanda el siglo XX para apropiarse del legado del Nobel peruano en una clave Joyce-Duchampiana. Quizás la muestra más refinada de este proyecto sea 'Madame Vargas Llosa'.
El contexto de esta novela son los años que rodearon la escritura y publicación de 'La guerra del fin del mundo' (1981), obra maestra que Vargas Llosa dedicó a la guerra de Canudos. Este choque entre oficiales del ejército y radicales religiosos en el sertón de Bahía a finales del siglo XIX encierra las dicotomías entre las que el mundo continuará dando bandazos en las décadas siguientes: civilización y barbarie, democracia y revolución, alta cultura y cultura popular. Extremos en los que Vargas Llosa militó con pasión y valentía.
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El elenco de personajes es digno de 'El barco de los locos': una mujer trans que se cree la reencarnación de Mario Vargas Llosa, un escritor que anuncia en sus telenovelas los crímenes que va a cometer o las desgracias que le van a ocurrir, un cineasta mozambiqueño que sostiene conversaciones fantasmagóricas con un 'guionista clandestino' marroquí que anda por el mundo susurrando historias que luego los cineastas y novelistas creen haber inventado ellos mismos.
La mención al cuadro del Bosco no es azarosa. En 'Madame Vargas Llosa» tiene especial importancia la película 'Fitzcarraldo', de Herzog, inspirada en Carlos Fermín Fitzcarrald, capo de la explotación del caucho que quiso llevar la ópera, en un barco, a través de la selva peruana.
Tiene especial importancia la película 'Fitzcarraldo', de Herzog, inspirada en Carlos Fermín Fitzcarrald
Un barco, el de Herzog, que debió ser desmontado y rearmado varias veces para poder atravesar ríos y montañas. Poco más se puede decir del argumento y los personajes, sin quedar atrapado en su propia dinámica alucinante.
Al final, la novela muestra el deseo que subyace al desconcertante proyecto narrativo en que se ha embarcado Faverón: escribir «un libro para la gente que ya tiene demasiado con vivir, en carne propia, todas las tragedias del mundo y que podría encontrar en esta ficción, quién sabía, no una comedia, pero al menos una versión más pequeña de esas tragedias, para divertirse con ellas: como una favela menos furiosa adentro de la favela tremebunda».
De ahí el subtítulo que anuncia la saga: 'Opio para el pueblo, I'. Por supuesto, se trata de la utopía de las vanguardias: bajar la cultura de su pedestal, sacarla de su encierro. Cuando lo cierto es que el pueblo, en medio de sus penurias, sigue y seguirá mirando hacia el cielo buscando a ese Dios que escribe derecho sobre los renglones torcidos de la realidad.
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Gustavo Faverón, opio para los intelectuales
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