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Himnos y banderas

Himnos y banderas
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Los nacionalistas dogmáticos se han alarmado o empoderado con la victoria de la Roja

La última del verano

Himnos y banderas

Los nacionalistas dogmáticos se han alarmado o empoderado con la victoria de la Roja

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Regala esta noticia Añádenos en Google momentos de tensión en la Plaza Campuzano de Bilbao durante la final. (Ignacio Perez)

J. R. Alonso de la Torre

19/08/2026 Actualizado a las 00:01h.

Eran los 'años de plomo', viajábamos a Eurodisney, mi hijo tenía diez años y paramos en Donosti a comer. Aparcamos el coche en un subterráneo ... y el niño se abrigó con una sudadera de la selección española. Reaccionamos alarmados y le explicamos por qué no debía llevar aquella prenda. Obedeció, pero ni lo entendió ni lo olvidó. El pasado Mundial, revivió ese minitrauma al enterarse de que unos monitores de un campamento de verano en Zuhatza (Álava) habían reprendido a una niña por pintar banderas españolas. Y entendió por fin nuestra reacción al ver en el Instagram de El Correo cómo agredían en plena Gran Vía de Bilbao a un joven aficionado de la Roja por llevar una bandera de España.

En una España sin tanta esquizofrenia identitaria, los educadores de los campamentos explicarían a los niños que hay que relativizar las banderas: no son símbolos con dos mil años de historia, sino que fueron adoptadas por las nuevas naciones hace 200 años como mucho. La bandera de España se convirtió en enseña nacional durante la llamada Guerra de Independencia, cuando ondeó en el Cádiz constitucional durante el sitio francés de 1812.

Ahondando en lo demencial, la rojigualda fue símbolo de constitucionalismo y democracia durante el siglo XIX y quienes la defendían eran laicos y progresistas. Al ser adoptada por Franco tras la Guerra Civil, se tiñó de unas connotaciones reaccionarias que nunca tuvo. Por oposición, las banderas de los otros nacionalismos españoles, algunas con origen conservador y reaccionario, se tiñeron de simbología progresista. Estamos, en fin, tan marcados por las banderías y las emociones que las reacciones infantiles tras el mundial se han convertido en una esperanza de normalidad.

¿Y qué me dicen de los himnos? Durante el torneo Seis Naciones de rugby, no me pierdo los 15 primeros minutos de las retransmisiones, sobre todo si juegan País de Gales e Irlanda. Durante ese cuarto de hora, se canta el 'Tierra de nuestros padres', himno galés; a continuación, el «Ireland's Call», una canción tradicional escrita en 1995 con el propósito de unir a los irlandeses de todas las ideologías, y, finalmente, «La canción del soldado», himno oficial de Irlanda.

Durante la final del Mundial, daba envidia ver a los argentinos entonar con intensidad colosal la marcha patriótica que han convertido en su himno nacional, sobre todo cuando acelera el compás y el Dibu, el Cuti y compañía hinchaban sus venas gritando: «Oíd mortales el grito sagrado: libertad, libertad, libertad…». Provocaban un yuyu parecido al de la haka neozelandesa en los partidos de rugby. Después sonó nuestro himno, que no tiene letra y lo escuchamos mudos.

Sostengo que nuestro himno 'silencioso' es una ventaja en los partidos de fútbol porque evita despistes. Los jugadores lo escuchan en silencio, reconcentrados, mientras la grada se inspira en Massiel y entona un 'lalala' patriótico por no permanecer callados. Bueno, eso en el Mundial porque en las competiciones nacionales nos pueden las identidades y silbamos el himno de España en cuanto nos sentimos un poco distintos, identitarios, mejores.

No sé si esto de los himnos y las banderas es algo genético o lo hemos aprendido, pero lo cierto es que, reconozcámoslo, se extiende por todo un país que, en vez de un colectivo «Allons enfants de la patrie», prefiere gritar despiadados y jocosos proverbios cainitas: «Valdepeñas, ciudad bravía, más de cien tabernas y una sola librería…Benavente, buena villa y mala gente... Alpedrete, caga y vete... A mamarla, a Parla...».

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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