La ciudad escrita
Historia de dos viejas vecinasLas torres de la iglesia de San Juan y de la Catedral dialogan desde hace siglos, tejiendo con sus silencios y susurros la memoria de una capital del sur
Regala esta noticia Añádenos en Google Imagen de las torres de San Juan y la Catedral desde el río del Guadalmedina. (DANI MALDONADO) 03/10/2026 Actualizado a las 22:28h.Mirarte como nunca, verte como siempre. Caminar por tus calles buscando el eco de los pasos perdidos. Observarte desde la cercanía relativa del perímetro del ... Centro, acodado en la barandilla de ese río de cemento que, cuando sacaba las escrituras de propiedad sobre los terrenos que ha horadado con su panza de agua, podía matar y arruinar riada tras riada a lo largo de medio milenio. Contemplarte en la quietud de la mañana, cuando todo es vértigo y los cláxones y el rumor del gentío son amortiguados por el sonido de las gaviotas que graznan en el puerto en busca de comida y las primillas efectúan su reclamo en su otoñal despedida de la ciudad del paraíso. Y desde aquella posición las veo asomarse al balcón de su bahía majestuosas, como dos orgullosas vecinas que siempre estuvieron bien avenidas, aunque de vez en cuando hayan reñido, porque toda vecindad lleva aparejada palabras de más y de menos. Serenas y excelsas para proteger a los suyos en tiempos de cólera, odio e incomprensión; desprendidas cuando las cosas pintan mejor, jaraneras cuando toca. Todo un mundo se agita bajo sus pies. Las torres de San Juan y la Catedral llevan cientos de años dominando la línea de cielo de Málaga, nuestro particular skyline, vigías del oprobio y la abundancia, ajenas a cuanto se ha dicho de ellas en cientos de libros y conversaciones de todas las épocas, susurros velados en los que malagueños eternos las dibujaron besadas por el viento de levante en las postrimerías de veranos que jamás sucedieron pero que podrían haber ocurrido, atentas a chanzas y ditirambos, a los pecados veniales y a los capitales, a las confesiones más íntimas o a las declaraciones de guerra abierta entre amigos, amantes y familias. Una, la de San Juan, coronada por un remate cerámico verde lágrima, en acusado contraste con el rojizo de los ladrillos que la sostienen ante el tiempo y los hombres; otra que busca las alturas con su remate catedralicio y preguntándose dónde quedó aquello de buscarle una hermana. ¿Qué hablarían entre ellas si hubieran podido? ¿Qué se dirán y qué ocultarán? ¿Qué secretos velados han muerto en la inmensa red pergeñada por los siglos? ¿Hasta cuándo y desde dónde suspiran ambas? ¿A quiénes miran cuando lo hacen y a quiénes premian con su indiferencia? ¿A qué vientos aman y a cuáles desdeñan? ¿Son los aires difíciles que se arraciman en torno a las cúpulas de sus respectivas iglesias conscientes de su majestuosidad? ¿Puede pregonarse la belleza cuando es evidente? ¿Es necesario gritarla?
Avanzo desde el Guadalmedina y cruzo el Puente de Santo Domingo, ese que unió a dos ciudades tan diferentes como irreconciliables cuando vinieron mal dadas. Al fondo, la capilla de la Dolorosa del Puente continúa abierta a la mañana azul de la ciudad y algún que otro transeúnte se persigna con abandonada resignación. Volver a cruzar desde una orilla a la otra para preguntarse por la memoria de quienes un día fueron Málaga, de aquellos que levantaron una urbe que juguetea con la mañana como el aire con las banderas altas, que diría el poeta, Alcántara redivivo que camina hacia el puerto a ver los barcos salir, aunque lleve al mar por dentro. Pierdo la perspectiva de las dos torres, pero presiento su inmensidad en la cercanía de mis pasos. Desde calle San Juan y la confluencia con la plaza Félix Sáenz, una de las vecinas se alza sobre la urbe y un laberinto de calles con epicentro en la iglesia se convierte en una foto fija de la vida que bulle. La torre capitana de reminiscencias dieciochescas y arrogancia barroca que se levantó tras un terremoto, metáfora de una ciudad que se ha reconstruido a sí misma después de caer a simas abisales, como la cera que se consume morosa en el cirio portado por un penitente un Viernes Santo. Al pie de la construcción, que sirve de bienvenida al templo, el silencio adquiere intensidad en mitad del bullicio y la vista se pierde en las alturas interrogando, de nuevo, al ladrillo visto acerca de las conversaciones tejidas entre estas vecinas bien avenidas. El silencio, de nuevo, es la respuesta. Málaga calla para que ellas hablen. Alrededor, decenas de palabras que comprendo, y otras que no tanto, pero que forman la banda sonora inmemorial de la ciudad, me llevan hacia Cisneros y la Plaza de la Constitución. El aire tibio de principios de octubre promete al viandante que aún queda calor para él. La vida sucede alrededor, las tiendas escupen a turistas con la piel tostada al sol y repletos de bolsas que se balancean al ritmo de sus pasos sobre su brazo derecho. Siempre acogiste al extranjero, pienso mientras sonrío. A veces, esos brazos abiertos desdibujaron nuestras costuras y sentenciaron nuestra identidad, amenazada como la orilla por una ola gigante.
Molina Lario
Miro al cercano Hospital Gálvez, y me imagino al médico, que no es santo pero camino va, mesando su escueta barba y preguntándose, como yo mismo, en qué idioma hablarán las dos torres centinelas de la ciudad del sur. Es una pregunta que atañe a malagueños de todos los siglos. Ninguno la esquiva, pero nadie obtiene respuesta. El eco de tambores y el crujir de los varales, los días de coplas de febrero en las esquinas y las risas, tantas de ellas que luego se torcieron, las tardes en los cafés de calle Cañón y los barquitos llegando a Cortina del Muelle, el olor a sal de la bahía y el pregonar de los cenacheros, la fiebre de la pasión que florece entre los más jóvenes al calor de los jadeos tras muros encalados, las espaldas dobladas por el tiempo que anuncian el fin de quienes fueron antes que nosotros. Las dos torres, testigos del bullir de la vida, guardianas de lo que se ha dicho ni puede pronunciarse.
Al llegar a Molina Lario, diviso desde la media distancia la torre centinela de la Catedral. Escucho su lamento y sus risas. El eco de las campanas silentes reverbera en la estrechez de la calle. En las alturas, un reloj parece susurrarnos «memento mori». Dios calla cuando el hombre habla. Llega de lejos el rumor de zapatillas de esparto sobre la losa fría de los días santos de primavera. Nazarenos de hábito carmelita, dominico o franciscano. Faraonas que penden del bolsillo de un pantalón vaquero. Ruge la calle en vísperas de Navidad y el eco de los pasos de tantos se pierde en las avenidas del tiempo. Me escucho pronunciar vuestros nombres. Sólo para mí. Sólo para vosotras. Nos falta una, contestáis. Ella ya vive en los labios que susurran vuestro nombre. La soberbia del constructor ya ha engullido con sus rascacielos los 87 metros de la que siempre fue la cima de una ciudad del sur en la que la improbable conversación de dos viejas vecinas nos anuda, con fuerza, a nuestra memoria.
«Me escucho pronunciar vuestros nombres. Sólo para mí. Sólo para vosotras»
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