El cierre de Ormuz afecta directamente al mercado energético mundial, pero muy en especial a las economías del Golfo, y por eso se multiplican los esfuerzos de mediación para evitar la vuelta a una guerra a gran escala. El enfrentamiento con Irán ha cambiado por completo la sensación de seguridad de los países vecinos. Durante décadas, tener bases estadounidenses era sinónimo de protección, pero ahora te convierte en objetivo de las represalias persas y Washington no tiene la capacidad de blindar a sus aliados.
La diplomacia ha fracasado por ahora en su intento de resucitar el memorando de entendimiento
Analistas como Marc Lynch, politólogo norteamericano que en su día acuñó el término 'primavera árabe', no han dudado a la hora de calificar la actual situación como «el fin del Oriente Medio estadounidense», con Irán como «el último estertor de un orden fallido», según un extenso análisis publicado en la revista 'Foreign Affairs'. Lynch considera que «la incapacidad de Estados Unidos para proteger a sus aliados del Golfo de los ataques iraníes o para mantener abierto el estrecho de Ormuz ha socavado de forma fatal el pacto de seguridad fundamental que justificaba su red de bases militares en la región».
Tanto Trump como Netanyahu claman victoria a las puertas de las citas con las urnas que tienen en sus respectivos países, pero esas palabras están alejadas de la realidad y por eso el primer ministro israelí contempla la posibilidad de tener que volver a atacar en el futuro próximo. Según el diario económico hebreo 'Calcalist', el conflicto con el régimen de los ayatolás ha obligado al Estado judío a asumir que debe prepararse para una «guerra recurrente» con Irán, un escenario que «elevará durante años el gasto militar, la prima de riesgo y la presión sobre las cuentas públicas».
División interna en el régimen
El régimen no da síntomas de estar cerca del colapso y cuenta con un nuevo líder más joven, hijo del anterior, Mojtaba Jamenei, y en absoluto paradero desconocido desde su nombramiento por motivos de seguridad, lo que ha provocado un mar de rumores sobre su estado de salud. Dentro de la nueva cúpula del sistema se vive un debate público sobre la estrategia a seguir. Los principales dirigentes políticos apuestan por centrarse en poner fin a la guerra y reforzar la economía, pero los sectores más duros, como Mohsen Rezaei, jefe de Seguridad Nacional, hace gala de un tono desafiante.
Mohamed Ghalibaf, presidente del Parlamento persa y jefe negociador, defiende que no habrá seguridad si Irán ignora su crisis económica ya que, «por mucho poder militar que tengamos, si nuestro pueblo está sufriendo y el país carece de circulación financiera y crecimiento, no lograremos avanzar. Como alguien que ha vivido la guerra, comprendemos el verdadero valor de la paz». Pezehskian está en la misma línea y apuesta por negociar porque el impacto más duro de las sanciones lo pagarán los ciudadanos y no se puede prolongar de forma indefinida el estado de «no guerra, no paz». Rezaei, por su parte, amenazó con una represalia «sísmica» contra quienes se sumen a la ofensiva económica de Trump.
Las autoridades iraníes consideran que el objetivo de esa guerra económica es crear un caos interno en el país que provoque una explosión social como la de enero, cuando se produjeron protestas multitudinarias a causa de la crisis del rial. La respuesta del régimen fue brutal y el desenlace, sangriento. Desde entonces, además de hacer frente a la amenaza exterior en forma de bombardeos, se ha reforzado la seguridad en las calles ante la posibilidad de nuevas movilizaciones y la presencia de espías enemigos.
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