Javier Hidalgo llegó al Tribunal Supremo con pinta de pocos amigos y ese pelazo que sólo pueden lucir los hombres cómo él: el tipo exacto de empresario que desprecia una oferta del régimen venezolano de devolverle 200 millones de dólares a cambio de un aeropuerto, unos hoteles o criptomonedas. «Ah, sí, criptomonedas», resopló.
Como no está imputado en ningún juzgado, el ex CEO de Globalia declaró sin abogado. Y respondió parco, indolente, un punto chulesco, como quien está perdiendo el tiempo mientras sostiene sobre sus hombros el inmenso peso de una empresa de «12.000 empleados» y no está para las tonterías de un tribunal.
Pero, a su pesar, el hijo pintón de Pepe Aviones centraba el foco mediático del juicio Mascarillas porque en él confluyen algunas de las aguas más turbias de la era Sánchez, desde el triángulo Ábalos-Koldo-Aldama hasta el patrocinio de la carrera profesional de Begoña Gómez. Y todo eso, de alguna manera, asomó.
-En ese rescate o ese préstamo [a Air Europa], ¿ha influido la esposa del señor presidente del Gobierno? -le preguntó la abogada-matraca Leticia de la Hoz.
-No.
-¿Lo que se cuenta de la noche de San Petersburgo tiene algo que ver con la realidad?
-No sé qué se cuenta de la noche de San Petersburgo.
¡Lo que se cuenta de la noche de San Petersburgo! Hay que ver con la defensa de Koldo.
Pero hubo más. En la bóveda del salón de plenos apareció también volando el fantasma bonachón de José Luis Rodríguez Zapatero. Fue por culpa de José Antonio Choclán. El letrado de Aldama -que, cuando habla, poco y conciso, capta toda la atención- le preguntó si Zapatero precedió a su defendido en el encargo de intentar cobrarse la deuda millonaria que Delcy y sus amigos tenían (y tienen) con Air Europa. El empresario dijo que no le constaba o que no lo recordaba, como contando los minutos para tomarse un daiquiri en un avión.
Por no recordar, Hidalgo ni tan siquiera recordaba aquel audio del pobre Aldama que ningún español informado ha podido olvidar, y en el que, antes de que se oficializase el rescate público a la aerolínea, el comisionista le decía: «Joder, no tengo palabras. Me he ido a dar una vuelta solo porque tenía que descargar. Estoy llorando como un puto bebé de la emoción. (...) Te quiero, joder. Uf, ¡qué alegría más grande, hostias! ¡Sí, coño, sí!».
Para Hidalgo era otro mensaje más. Irrelevante. El empresario sólo quería quejarse de que a Iberia la trataron mejor mientras que Air Europa tuvo que sudar la camiseta para recibir el préstamo «con las peores condiciones del mundo entero». Se puede decir que en el Supremo él también lloró como un bebé.
En todo caso, las declaraciones de Hidalgo y de otros testigos sirvieron para certificar la ubicuidad de Aldama, que no sólo se movía como quería por las dependencias de Ábalos, sino que tenía interlocución en Industria (Reyes Maroto) y Economía (Nadia Calviño), mano con Delcy... A veces conviene echar la mirada atrás y recordar cómo empezó todo esto: el Gobierno en tromba diciendo que Aldama era un mentiroso patológico, que se inventaba que había estado allí adonde nunca accedió, que no era un empresario del PSOE sino un topo de Vox... Bulos, máquina del fango, fake news.
Acabe como acabe esto, ver a Ábalos y a Koldo sentados en el banquillo escuchando tantas versiones sobre su pasado, y ver a ex jefes de gabinete del Gobierno respondiendo al incisivo fiscal Luzón, es ya un tipo de justicia.