Javier Marías tituló uno de sus compendios de relatos, 'Cuando fui mortal', publicado en 1996. Todos los lectores de Javier Marías conocen que hay dos temas centrales que atraviesan su obra, a través de los títulos y los años: la comunicación de los vivos y ... los muertos y esa que llamó, con frase inspirada en El Bardo, 'la Negra espalda del tiempo' ('Dark Back of Time'), título que dio al que quizá sea su libro más personal y definitivo.
Por eso resulta sobrecogedor leer, y escribir sobre Javier Marías, cuando ha sido cierto que es mortal, y cuando se cumplen cuatro años desde que lo fue. Se habrán cumplido ayer, si el lector lee el ABC Cultural en letra impresa.
Nunca hubo en España un duelo semejante para un escritor como el que ocurrió con la pérdida de Javier Marías, como si los lectores fuesen conscientes de que su figura, su estilo y, en definitiva, el mundo que nos había regalado, eran irrepetibles. Lo es toda vida, pero no toda literatura. Precisamente, en varios de los ensayos o notas que este libro editado por Inés Blanca recoge se ha referido Marías, como hacía cada vez que escribía, a la estela de sus dos grandes maestros: Lawrence Sterne y Miguel de Cervantes.
Respecto al primero aporta datos preciosos, como habernos informado de sus miedos (el de su maestro Benet y sus entonces amigos: Azúa y Molina Foix) el día en que el gran Claudio Guillén le encargara, cuando Javier tenía 27 años, la traducción del 'Tristram Shandy'. Lo que dice de tal libro es toda una brújula para cualquier escritor que quiera serlo de verdad, convencido como estaba Marías de que novelas como la de Sterne que, según nos advierte es la que comunica a Cervantes con Joyce, son más modernas que cualquiera que podamos leer hoy.
En la nota que hace al famoso soneto 'Cerrar podrá mis ojos…' de Francisco de Quevedo, nos regala esta definición del futuro y de la muerte: «No es dejar de vivir y que ya no haya más futuro —es decir, más conocimiento, más curiosidad, más risas— sino la certeza de que con uno desaparecerán sus recuerdos y su pasado, de que ya no 'flotará' en el mundo… Cuanto uno ha vivido, visto, oído, pensado y sentido».
El amor en aquel soneto salvó al amante de la muerte y el olvido. La literatura de Javier Marías lo ha salvado igualmente de esa muerte, pues resulta imposible que no comparezcan su conocimiento, sus risas, su curiosidad (¡que definición tan hermosa para lo que es estar vivo!).
Nunca hubo en España un duelo semejante para un escritor como el que ocurrió con la pérdida de Javier Marías
Como aquel fantasma para la señora Muir, esa figura fantasmal suya con la que titulaba sus artículos y varios de sus libros, cobra vida, es figuración de que quien ha sido en cada palabra una vida escrita existirá mientras la palabra continúe haciéndola suya cada lector del futuro y acompañe sus risas, conocimiento y aquella radical curiosidad.
De entre las diferentes glosas y reflexiones aquí contenidas me quedo con dos, a propósito de Cervantes y otro de sus maestros: John Ford. De este último reivindica en un ensayo lleno de inteligencia, junto a ‘Centauros del desierto’, la película ‘Dos cabalgan juntos’ injustamente minusvalorada. Y en relación a Cervantes, su glosa al XXXII del 'Quijote' de 1605 puede que sea una de las más hondas reflexiones sobre la fuerza de la literatura y la narración para crear vida verdadera, más allá de la existencia real.
Comenta Marías que nos resulta increíble la obviedad de que Dulcinea no existió, como tampoco existió don Quijote; incluso éste se amolda a la versión inventada que diera Sancho. Su existencia es resultado del prodigio de la ficción, capaz de dar vida y verdad con su sola narración a lo que nunca atravesó el mundo. La palabra literaria, el tiempo en que los vivos y los muertos dialogan, es mundo verdadero, es vida. La palabra de Javier Marías lo ha hecho inmortal, aunque sin él quererlo, ya haya sabido.
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