El vicepresidente de EEUU, JD Vance, participa en una "charla informal" durante un evento de Turning Point USA en en el campus de la Universidad de Georgia. Chip Somodevilla Reuters
EEUU JD Vance busca la redención en Irán tras una semana de crisis interna con MAGA, dilemas religiosos y fracasos políticosCuestionado por su propia base política y tras fracasar en su intento de llevar a Viktor Orbán a un nuevo triunfo electoral, el católico Vance se ve ahora en medio de la disputa entre Trump y León XIV mientras intenta llegar a un acuerdo de paz con Irán.
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Guillermo Ortiz Publicada 16 abril 2026 02:45h Las clavesLas claves Generado con IA
El vicepresidente de los Estados Unidos, JD Vance, aterrizó el pasado martes por la tarde en la Universidad de Georgia para hablar ante un público que, se suponía, iba a recibirle como a un héroe.
En su lugar, se encontró con un estadio tres cuartas partes vacío —menos de 2.000 personas en un recinto para 8.000—, abucheos desde las gradas y manifestantes que le gritaban "Jesucristo no apoya el genocidio" mientras él intentaba explicar su visión de la guerra de Irán.
El evento de Turning Point USA, que debería haber servido de bálsamo para una semana más que complicada, se convirtió en algo parecido a una humillación pública. El síntoma de algo más grave.
Vance choca con Netanyahu por arrastrar a Trump a la guerra y se perfila como el negociador de EEUU con los líderes iraníesVance se quedó solo en el escenario porque Erika Kirk, viuda de Charlie Kirk y actual presidenta de la organización, canceló su presencia horas antes por "amenazas serias".
El vicepresidente tuvo que improvisar una defensa de la guerra que ni él mismo parece creer del todo.
Vance es el político que más se ha opuesto en privado a la intervención en Irán y lleva meses advirtiendo a Trump del peligro de acabar metido en “un conflicto militar interminable".
Ahora, le toca vender una guerra que fracasa ante un público hostil y en un momento en el que su propia credibilidad política está por los suelos.
Cuando alguien desde el público le preguntó directamente por qué estaban "matando niños", Vance respondió con datos sobre ayuda humanitaria que nadie pidió.
El contraste con sus anteriores apariciones en Turning Point no pudo ser más brutal: en octubre de 2025, en la Universidad de Misisipi, apenas un mes después de la muerte de Kirk, prometió que Trump "no quería meterse en una guerra de cambio de régimen".
Seis meses después, la guerra está ahí y Vance se ve obligado a defender lo que juró que no pasaría jamás.
Y es que las fracturas dentro del movimiento MAGA se han hecho evidentes en las últimas semanas: Trump lleva días atacando en Truth Social a Tucker Carlson y Alex Jones, dos de los comunicadores que más le ayudaron a llegar al poder, precisamente por su oposición creciente a la guerra de Irán.
Carlson ha llegado a decir que "todo es culpa de Israel", mientras que Jones acusa abiertamente a la Administración de haber sido "secuestrada por los neocons". Es más que probable que Vance piense exactamente lo mismo… pero obviamente no lo puede decir en público.
Entre la fidelidad a Trump y la fidelidad al Papa
Por si eso fuera poco, la fe de Vance se ha convertido en los últimos días en un problema político inesperado.
El vicepresidente se convirtió al catolicismo en 2019, a los 35 años, y ha anunciado para junio la publicación de Comunión: Cómo encontré mi camino de vuelta a la fe, un libro de 304 páginas sobre su experiencia religiosa que lleva siete años escribiendo.
Ahora bien, el enfrentamiento abierto entre Trump y el Papa León XIV por la guerra de Irán ha colocado a Vance en una situación imposible: elegir entre su líder político y su líder espiritual.
Trump lleva semanas atacando al Papa, al que ha llamado "terrible en política exterior" y "muy débil en seguridad", mientras León XIV sigue pidiendo el fin de la guerra y ha llegado a decir que "Dios no escucha las oraciones de quienes hacen la guerra".
En el evento de Georgia, Vance intentó una posición de equilibrio imposible: "Me gusta que el Papa abogue por la paz, pero... ¿cómo se puede decir que Dios nunca está del lado de quienes empuñan la espada?".
El problema de fondo es que Vance es católico en un movimiento que es mayoritariamente evangélico y que ve con recelo cualquier autoridad que no sea la de Trump.
Los católicos representan apenas el 20% del electorado republicano, frente al 40% de evangélicos, y la relación entre ambas tradiciones dentro del partido nunca ha sido fácil. Que el vicepresidente publique un libro sobre su conversión religiosa justo cuando Trump está atacando al Papa supone, como mínimo, un problema de tiempos.
Vance ha intentado matizar sus posiciones —el lunes dijo en Fox News que "sería mejor que el Vaticano se limitara a cuestiones morales y dejara al presidente dictar la política estadounidense"— pero cada declaración lo aleja más de sus correligionarios y lo acerca más a una posición que no satisface a nadie.
El malestar se extiende incluso a su vida privada: varios medios conservadores han criticado que su esposa Usha —de origen indio— "no esté apoyando suficientemente" las posiciones de su marido.
Usha Vance está embarazada de su cuarto hijo —un niño que nacerá en julio— y ha empezado un pódcast llamado Cuentos con la Segunda Dama para promover la lectura entre los niños.
El peso de la derrota de Orbán
En clave internacional, la derrota de Viktor Orbán el pasado domingo también ha supuesto un golpe a la credibilidad del vicepresidente, que había viajado a Budapest en los días anteriores para hacer campaña a favor del primer ministro húngaro.
Vance llamó a los votantes húngaros a "defender la civilización occidental" y a votar por Orbán porque "representa la soberanía y la democracia".
El resultado no pudo ser más categórico: Péter Magyar, el rival europeísta de Orbán, obtuvo dos tercios de los escaños parlamentarios. La apuesta personal de Vance por Orbán —que incluyó un discurso en el estadio MTK Sportpark de Budapest y una llamada de Trump en altavoz— se convirtió en un fiasco.
La estrategia de Vance de construir una red internacional de líderes populistas se está desmoronando pieza por pieza. La visión de una alianza de "democracias cristianas" que defendieran la "civilización occidental" se está revelando como una quimera.
Orbán era la pieza clave de esa estrategia, el líder con más experiencia y el más comprometido ideológicamente con el "trumpismo".
La "revolución conservadora" que se suponía que iba a extenderse desde Budapest hasta Washington, se ha encontrado con un obstáculo inesperado: los votantes europeos, incluidos los conservadores, no parecen querer el modelo autoritario que Orbán representaba.
El mensaje de Vance en Budapest —"¿van a defender la soberanía y la democracia?"— sonó hueco ante un electorado que consideraba que Orbán había erosionado ambas cosas.
Desde un punto de vista interno, el resultado electoral es también un problema para la imagen de Trump: sugiere que el modelo populista de extrema derecha tiene límites y que el electorado puede castigar a quienes se alejan demasiado de las normas democráticas.
La redención en Islamabad
Con todo, esta serie de derrotas podría quedar en el olvido si Vance consigue lo único que ahora mismo puede salvar su carrera política: la paz con Irán.
El vicepresidente regresó el domingo de Islamabad sin un acuerdo después de 21 horas de negociaciones, pero las conversaciones continúan y fuentes de la Administración consultadas por Axios aseguran que hay "avances" hacia un marco de acuerdo.
Para Vance, cerrar un acuerdo sería una reivindicación personal y política de primer orden. Le permitiría decir que tenía razón desde el principio y que la vía diplomática funciona mejor que la militar.
Los términos sobre la mesa no son sencillos. Estados Unidos exige que Irán destruya todo su uranio enriquecido —unos 400 kilos de material de alto grado que están enterrados en laboratorios subterráneos— y que acepte una moratoria de 20 años en su programa nuclear.
Irán ofrece cinco años y quiere garantías de seguridad y reparaciones de guerra. La diferencia es enorme, pero el vicepresidente estadounidense cree que hay margen para el acuerdo.
"Las personas con las que nos sentamos querían llegar a un acuerdo", dijo el martes en el evento de Georgia. "Creo que hay buena fe por su parte".
El problema es el tiempo. Las elecciones legislativas están a siete meses vista, los precios de la gasolina siguen altos por el cierre del estrecho de Ormuz y la paciencia de Trump con la diplomacia tiene límites ya conocidos.
El presidente bloqueó el lunes todos los puertos iraníes e insiste en que tiene "todas las cartas".
Vance sabe que, si no hay acuerdo pronto, Trump optará por una escalada militar que podría ser devastadora.
Tanto Vance como Qalibaf dejan la puerta abierta a volver a negociar el fin de la guerra en Irán: estas son las opcionesTambién sabe que, si fracasa como negociador después de haber fracasado como constructor de alianzas internacionales y como figura mediática, su futuro político quedará muy dañado.
La paz con Irán no es solo una cuestión de política exterior: para Vance, es la última oportunidad de demostrar que sirve para algo más que para justificar decisiones que nunca quiso tomar. Una oportunidad que se le agota cada día que pasa sin noticias de Teherán ni Islamabad.