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Conocí a Karina Sainz Borgo en el año 2005, en la fila de un mostrador en el aeropuerto de Maiquetía, haciendo el 'check-in' para asistir a la Bienal de Literatura Mariano Picón Salas, en Mérida, en los Andes venezolanos. Ella viajaba como periodista ... de 'El Nacional' para cubrir el evento. Y yo, que aún no había publicado mi primer libro, iba como profesor de la Escuela de Letras de la Universidad Central, para participar en una mesa en homenaje a la escritora Ana Teresa Torres. Con toda el agua transcurrida desde entonces, me llaman la atención las circunstancias de ese encuentro, un evento literario, y, sobre todo, ese lugar que terminaría siendo tan emblemático para Karina: un aeropuerto.
El éxito sobrevenido desde la publicación de su primera novela, 'La hija de la española', cuya adaptación cinematográfica acaba de ser estrenada, ha llevado a Karina a pasar buena parte de sus últimos años viajando de un lado para otro, floreciendo en el abismo, como diría Rafael Cadenas; enraizando en el aire y escribiendo sus mejores páginas en salas de espera, aviones y habitaciones de hoteles. Esta liviandad suya se compensa con una atracción igualmente fuerte hacia la tierra. Buena parte de sus personajes femeninos parecen hechos de un barro primigenio. Sus historias de desarraigo tienen mucho del imposible grito de los árboles, ese que otro poeta venezolano, Eugenio Montejo, intentó consignar en el pórtico de su poemario titulado, precisamente, 'Terredad'.
Estos vuelos y excavaciones («bajar a la mina a picar piedra», es una de sus metáforas predilectas para referirse a la escritura) parecen darle todo a Karina: la exaltación y la comunión, y la caída y la soledad. Aunque con frecuencia la he escuchado hablar de su sensación de no pertenecer ya a ningún lado, creo que, en su caso, se trata más bien de una doble pertenencia, tan intensa, que la lleva a traicionarse a sí misma, a sus dos querencias, empujada constantemente por la necesidad del movimiento.
Karina Sainz Borgo es una traidora en el sentido que le da a esa palabra una de las 'kennigar' que tanto le gustaban a Borges: alguien escindido entre dos lealtades. Por ello, en la actualidad, Karina es la más española de los autores venezolanos y la más venezolana de los autores españoles. Ambos arraigos no están exentos de contradicciones ni de polémicas. Del lado de allá, algunos le reclaman no escribir como una 'verdadera venezolana' y, del lado de acá, otros le afean su gusto tan español, tan incorrecto políticamente hoy en día, por la fiesta taurina. De unos reclamos y otros, ella parece desmarcarse labrando caminos de fuga a través de sus novelas. Sea mediante la invención de una utopía verbal, como en 'La isla del doctor Schubert', o construyendo una saga familiar, como en su más reciente novela, 'Nazarena', en la que el acto ancestral de barrer un patio de tierra tiene más importancia que la colonización de Marte o la creación de una superinteligencia artificial.
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