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La alfombra coja

La alfombra coja
Artículo Completo 1,292 palabras
Al atardecer, uno no sabe bien si es el sol el que se acuesta o el que se levanta. Hay ajetreo, aunque resulta un tanto incómodo porque no deja de ser por la confluencia de personas rotas. Eso no cambia el bar del Tanata: siempre abierto, concurrido, atento y, sobre todo, absurdo…Te digo yo —empezó Andrés, sin necesidad de prólogo— que los premios Goya son el único lugar donde uno puede ver a alguien cobrar una subvención y, al mismo tiempo, protestar contra el sistema que se la ha concedido. —Y más de uno aplaudirá y todo. Eso es cine dentro del cine —respondí. Metanarrativa presupuestaria. Buñuel , si levantara la cabeza, pediría 'royalties' .El camarero dejó el café con gesto resignado.—A mí lo que me gusta es la alfombra roja. Esa procesión de indignación bien planchada. Todos muy combativos, pero combinando el pañuelo con el discurso, la transparencia con la chapita… Noticia relacionada general No No El cine español vende irse de rave pero a la hora de la verdad elige domingos en casa Fernando Muñoz—Es que la coherencia sin estilismo no luce —dijo Andrés—. Tú puedes denunciar el capitalismo salvaje, pero no con un traje que haga bolsa en los hombros. Hay límites, como las hombreras. —El problema —añadí— es que en España confundimos compromiso con micrófono. Si no hay cámara delante, la conciencia descansa. En cuanto enfocan, brota una épica que ni en Numancia .Andrés asintió.—Y luego está la política, que ha decidido copiar el tono de la gala. Todo es una entrega de premios, pero sin premio. El 'Goya al Mejor Escándalo Recurrente' se lo llevaría el Congreso por unanimidad.—Unanimidad fingida —precisé—. Porque aquí nadie pacta nada, pero todos pactan algo. Es una coreografía preciosa: primero se insultan con furia ibérica y luego se reparten las comisiones con discreción suiza. Como decía uno: «Son todos el mismo», que si ahora decimos «la misma» nos apedrea un finado…"El contexto es esa palabra mágica que convierte una chapuza en una estrategia de Estado. Te digo yo que en mi país hay más contexto que Estado" El camarero sonrió.—Yo ya no distingo entre sesión parlamentaria y tertulia de sobremesa. Solo cambia el catering. —Es que la política española se ha vuelto muy didáctica —continuó Andrés—. Nos explican todo como si fuéramos niños de ocho años, pero luego firman acuerdos como si nosotros no supiéramos leer .—Y lo más admirable —dije— es la capacidad de indignarse selectivamente. Si el adversario comete un error, es el fin de la democracia. Si lo comete el propio, es «contexto».—Ah, el contexto —suspiró Andrés—. Esa palabra mágica que convierte una chapuza en una estrategia de Estado. Te digo yo que en mi país hay más contexto que Estado . El camarero intervino:—¿Y qué me dicen de los que prometían regeneración?—Se regeneraron —respondí—. Pero hacia dentro. Como las lagartijas.Andrés soltó una carcajada con malicia.—Aquí todo el mundo venía a acabar con el bipartidismo, con el amiguismo y con los privilegios. Y lo han conseguido: ahora hay más partidos, más amigos y más privilegios . Progreso aritmético."Lo que une a los Goya y a la política es el discurso épico financiado por transferencia bancaria. La revolución con factura"—Es un país muy creativo —añadí—. Inventamos fórmulas nuevas para hacer exactamente lo mismo que antes, pero con eslóganes distintos.El camarero, que ya estaba metido en harina, se animó:—A mí me fascinan los que hablan de «la gente». Siempre «la gente». Como si ellos fueran una especie aparte. Yo me quedo con los Velázquez de Juan Carlos Ortega , ese. Esos sí son premios de caché. —Exacto —dijo Andrés—. «La gente sufre», dicen, mientras revisan el coche oficial. «La gente no llega a fin de mes», proclaman desde un ático que sí llega a fin de calle. —Lo verdaderamente moderno —apunté— es que todos son antisistema… desde dentro del sistema. Es una rebeldía con nómina fija .Andrés levantó el dedo, iluminado.—Eso es lo que une a los Goya y a la política: el discurso épico financiado por transferencia bancaria. La revolución con factura.—Y con 'photocall' —añadí.Hubo un silencio breve, de esos que preceden a la estocada final.—¿Sabes qué es lo más español de todo esto? —dijo Andrés, inclinándose hacia mí—. Que al día siguiente lo criticamos en el bar con una superioridad moral exquisita… y luego votamos lo mismo o vemos la misma gala."Oye, ¿qué me dices de lo de las víctimas del tren de Córdoba? —preguntó Andrés—. Los del mundo del cine no tuvieron recuerdo alguno para ellos"—Somos un país de espectadores indignados —respondí—. Protestamos con mucha energía, siempre que no implique levantarse del sofá.El camarero alzó la ceja.—Bueno, levantarse sí se levantan. Para cambiar de canal. Andrés brindó con su vaso.—En el fondo, España es una película interminable. Mucho diálogo elocuente, poca trama coherente y un final que se reescribe cada legislatura.—¿Y quién dirige? —pregunté.—Nadie —respondió—. Aquí todo el mundo improvisa. Es cine de autor colectivo. Como un Albert Serra perpetuo. —Pues que nos den ya el Goya a Mejor Comedia Involuntaria —concluí—. Porque drama hay, pero lo que de verdad domina es el esperpento.El camarero sentenció, mientras recogía las tazas:—Esperpento lo de la Susan Sarandon esa...—Lo de esa mujer sí que es de traca —dijo Andrés—. Los del mundo del cine se piensan que aprenderse un papel es sinónimo de tener una opinión seria. Por lo general, no son más que una cara constante. —Oye, ¿qué me dices de lo de las víctimas del tren de Córdoba? —preguntó Andrés—. Los del mundo del cine no tuvieron recuerdo alguno para ellos.—Pero, ¿quién va a preguntar por ellos? Son víctimas reales y del bando contrario de los que dan subvenciones.—Ah, claro. Olvidaba que son más importantes los linces finados que los mártires de la gestión.—Pareces fascista…El camarero asintió y nos puso otra copa más. Y nosotros nos quedamos tan tranquilos, como productores satisfechos de una película que nadie entiende del todo, pero que se sigue financiando año tras año con entusiasmo patriótico. Aunque nadie nos lea, perdón, nos vea.

Al atardecer, uno no sabe bien si es el sol el que se acuesta o el que se levanta. Hay ajetreo, aunque resulta un tanto incómodo porque no deja de ser por la confluencia de personas rotas. Eso no cambia el bar del Tanata: siempre ... abierto, concurrido, atento y, sobre todo, absurdo…

Te digo yo —empezó Andrés, sin necesidad de prólogo— que los premios Goya son el único lugar donde uno puede ver a alguien cobrar una subvención y, al mismo tiempo, protestar contra el sistema que se la ha concedido.

—Y más de uno aplaudirá y todo. Eso es cine dentro del cine —respondí. Metanarrativa presupuestaria. Buñuel, si levantara la cabeza, pediría 'royalties'.

El camarero dejó el café con gesto resignado.

—A mí lo que me gusta es la alfombra roja. Esa procesión de indignación bien planchada. Todos muy combativos, pero combinando el pañuelo con el discurso, la transparencia con la chapita…

El cine español vende irse de rave pero a la hora de la verdad elige domingos en casa

—Es que la coherencia sin estilismo no luce —dijo Andrés—. Tú puedes denunciar el capitalismo salvaje, pero no con un traje que haga bolsa en los hombros. Hay límites, como las hombreras.

—El problema —añadí— es que en España confundimos compromiso con micrófono. Si no hay cámara delante, la conciencia descansa. En cuanto enfocan, brota una épica que ni en Numancia.

—Y luego está la política, que ha decidido copiar el tono de la gala. Todo es una entrega de premios, pero sin premio. El 'Goya al Mejor Escándalo Recurrente' se lo llevaría el Congreso por unanimidad.

—Unanimidad fingida —precisé—. Porque aquí nadie pacta nada, pero todos pactan algo. Es una coreografía preciosa: primero se insultan con furia ibérica y luego se reparten las comisiones con discreción suiza. Como decía uno: «Son todos el mismo», que si ahora decimos «la misma» nos apedrea un finado…

"El contexto es esa palabra mágica que convierte una chapuza en una estrategia de Estado. Te digo yo que en mi país hay más contexto que Estado"

—Yo ya no distingo entre sesión parlamentaria y tertulia de sobremesa. Solo cambia el catering.

—Es que la política española se ha vuelto muy didáctica —continuó Andrés—. Nos explican todo como si fuéramos niños de ocho años, pero luego firman acuerdos como si nosotros no supiéramos leer.

—Y lo más admirable —dije— es la capacidad de indignarse selectivamente. Si el adversario comete un error, es el fin de la democracia. Si lo comete el propio, es «contexto».

—Ah, el contexto —suspiró Andrés—. Esa palabra mágica que convierte una chapuza en una estrategia de Estado. Te digo yo que en mi país hay más contexto que Estado.

—¿Y qué me dicen de los que prometían regeneración?

—Se regeneraron —respondí—. Pero hacia dentro. Como las lagartijas.

Andrés soltó una carcajada con malicia.

—Aquí todo el mundo venía a acabar con el bipartidismo, con el amiguismo y con los privilegios. Y lo han conseguido: ahora hay más partidos, más amigos y más privilegios. Progreso aritmético.

"Lo que une a los Goya y a la política es el discurso épico financiado por transferencia bancaria. La revolución con factura"

—Es un país muy creativo —añadí—. Inventamos fórmulas nuevas para hacer exactamente lo mismo que antes, pero con eslóganes distintos.

El camarero, que ya estaba metido en harina, se animó:

—A mí me fascinan los que hablan de «la gente». Siempre «la gente». Como si ellos fueran una especie aparte. Yo me quedo con los Velázquez de Juan Carlos Ortega, ese. Esos sí son premios de caché.

—Exacto —dijo Andrés—. «La gente sufre», dicen, mientras revisan el coche oficial. «La gente no llega a fin de mes», proclaman desde un ático que sí llega a fin de calle.

—Lo verdaderamente moderno —apunté— es que todos son antisistema… desde dentro del sistema. Es una rebeldía con nómina fija.

—Eso es lo que une a los Goya y a la política: el discurso épico financiado por transferencia bancaria. La revolución con factura.

Hubo un silencio breve, de esos que preceden a la estocada final.

—¿Sabes qué es lo más español de todo esto? —dijo Andrés, inclinándose hacia mí—. Que al día siguiente lo criticamos en el bar con una superioridad moral exquisita… y luego votamos lo mismo o vemos la misma gala.

"Oye, ¿qué me dices de lo de las víctimas del tren de Córdoba? —preguntó Andrés—. Los del mundo del cine no tuvieron recuerdo alguno para ellos"

—Somos un país de espectadores indignados —respondí—. Protestamos con mucha energía, siempre que no implique levantarse del sofá.

—Bueno, levantarse sí se levantan. Para cambiar de canal.

—En el fondo, España es una película interminable. Mucho diálogo elocuente, poca trama coherente y un final que se reescribe cada legislatura.

—Nadie —respondió—. Aquí todo el mundo improvisa. Es cine de autor colectivo. Como un Albert Serra perpetuo.

—Pues que nos den ya el Goya a Mejor Comedia Involuntaria —concluí—. Porque drama hay, pero lo que de verdad domina es el esperpento.

El camarero sentenció, mientras recogía las tazas:

—Esperpento lo de la Susan Sarandon esa...

—Lo de esa mujer sí que es de traca —dijo Andrés—. Los del mundo del cine se piensan que aprenderse un papel es sinónimo de tener una opinión seria. Por lo general, no son más que una cara constante.

—Oye, ¿qué me dices de lo de las víctimas del tren de Córdoba? —preguntó Andrés—. Los del mundo del cine no tuvieron recuerdo alguno para ellos.

—Pero, ¿quién va a preguntar por ellos? Son víctimas reales y del bando contrario de los que dan subvenciones.

—Ah, claro. Olvidaba que son más importantes los linces finados que los mártires de la gestión.

El camarero asintió y nos puso otra copa más. Y nosotros nos quedamos tan tranquilos, como productores satisfechos de una película que nadie entiende del todo, pero que se sigue financiando año tras año con entusiasmo patriótico. Aunque nadie nos lea, perdón, nos vea.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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