LA TRIBUNA
La autonomía de los ayuntamientos, más allá del lugar comúnLa ciudad permite conocer la geografía sobre el terreno, pero también hacer cálculos, saber de historia y literatura, descubrir el arte....
Regala esta noticia Añádenos en GoogleJOSÉ F. JIMÉNEZ TRUJILLO. PROFESOR DE HISTORIA
16/09/2026 a las 02:00h.Cierto que, a veces, los grandes tópicos son grandes verdades. La administración municipal -el Ayuntamiento- es, efectivamente, la más cercana al ciudadano. Como también es ... lugar común la reivindicación de una más efectiva autonomía local que pasa por disponer de mayores recursos y más capacidad ejecutiva. O sea, aquello de poder sostener el timón de su propio barco, un tópico también muy municipal. Ocurre, sin embargo, que administrar y decidir no siempre se conjugan al mismo tiempo en la casa consistorial. Veamos algunos ejemplos.
La educación reglada no está entre las competencias municipales. Nuestro modelo competencial no lo facilita, muy lejos de los países anglosajones o nórdicos. La propia Constitución lo evita al dictar que solo «los profesores, los padres, y en su caso, los alumnos intervendrán en el control y gestión de todos los centros sostenidos por la Administración con fondos públicos» (Art. 27.7). Y, sin embargo, los ciudadanos tienen como marco principal de convivencia, tras la familia, el espacio público. La calle y el jardín, el mobiliario urbano, la playa o el sendero, el agua y la limpieza, hasta la caseta de la juventud en la feria, tienen en común pertenecer al municipio, y servir a la ciudadanía. Hablamos con intención de «ciudadanos», mejor para este uso que la palabra «gente», tan del gusto ahora entre la clase política. Los ciudadanos tienen rostro, derechos y obligaciones, entre ellos una buena educación. Trabajar para la gente invita a pensar mejor en un colectivo en el que es fácil que se diluyan sus voces y sus responsabilidades.
Se puede y se debe hablar de una ética de lo urbano que, a su vez, se corresponde con una educación de la ciudadanía
En este sentido se puede y se debe hablar de una ética de lo urbano que, a su vez, se corresponde con una educación de la ciudadanía. Lejos de volver al polémico debate sobre su presencia en las aulas, tan cambiante según el color político de quien gobierne, lo cierto es que educación y municipio deberían ser parte esencial de los programas electorales y permitir que la voz de los ayuntamientos en los centros escolares fuera más allá de lo asistencial. El espacio urbano puede ser una pieza más en el currículo. La ciudad permite conocer la geografía sobre el terreno, pero también hacer cálculos, saber de historia y literatura, descubrir el arte... Dicho de otra manera, la calle puede ser, ahora que no hay niños en el centro de las ciudades, una comunidad de aprendizaje.
Hay ámbitos que son ajenos a la gestión municipal. Algunos porque exceden siempre de sus posibilidades materiales. Un bosque puede ser propiedad municipal o particular, pero su incendio habrá de ser sofocado por quien puede, la comunidad autónoma o el propio gobierno central. En otros ámbitos queda sometida directamente a la administración superior. El tema de la inmigración, de rabiosa actualidad y tan apreciada por el mercadeo político, merecería algunas reflexiones en este sentido. En el reparto de menores -ya hemos asumido la normalidad de tal expresión- el interlocutor del Gobierno de España, que tiene la competencia exclusiva, es el conjunto de las comunidades autónomas. Cabe preguntarse, una vez más, si los municipios tendrían algo que decir al respecto. El supuesto reparto se hará en diversos despachos, pero la vida de los inmigrantes se hará en cada ciudad que los acoja. Lo administrativo sólo precede a lo más cierto, la convivencia, y esta sólo puede darse en los municipios. Es más, su horizonte físico no irá mucho más allá de los límites de la ciudad en la que serán asistidos y educados, en la que aprenderán un nuevo idioma y crearán los primeros lazos comunitarios. Y quienes van a posibilitar su integración, los ciudadanos, siempre estarán a pie de calle.
Ejecutar sus propias medidas impositivas, colaborar en la educación de las nuevas generaciones de manera más decisiva, y responder con voz propia a la realidad de la inmigración son posibilidades que debieran atenderse más ampliamente en la gestión de nuestros ayuntamientos. Hay otras. Pero todas ellas tienen en común aquel tópico cierto: la administración de los ayuntamientos es la más cercana a los ciudadanos, la que más y mejor sabe de ellos, de sus respuestas. Sólo queda que en este país asumamos de verdad que un ayuntamiento puede sostener el timón de su propio barco. Sea este un modesto velero o un buque portacontenedores.
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