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Bajo el hermetismo de acuerdos de confidencialidad, la ciudad de SpaceX crece en Texas. Starbase es hoy un hervidero de ingenieros millonarios y activistas que luchan por preservar el entorno natural.
Es casi medianoche en una apacible noche de junio en Starbase, la sede de SpaceX de Elon Musk ubicada en la costa de Texas, y Anthony Gomez observa el lanzamiento de cohetes.
Conducimos por la Estatal 4 -la Carretera a Marte, como la llama Gomez- para ver a SpaceX trasladar un prototipo de Starship a su sitio de pruebas.
"Es el cenit de la tecnología humana. Representa los mayores logros de la humanidad", asegura Gomez, de 43 años, socio director de Rocket Ranch, una especie de campamento base para otros observadores de cohetes.
Como de costumbre, el tramo de ocho kilómetros desde la fábrica de Starbase hasta el sitio de pruebas ha sido cerrado por la policía estatal. Vehículos de la patrulla fronteriza están apostados a lo largo de la carretera. México está a menos de 1,6 kilómetros, al otro lado del Río Grande, donde el gobierno de Estados Unidos ha comenzado a instalar boyas para disuadir a los migrantes.
Entonces aparece el cohete: una columna plateada que avanza lentamente en la oscuridad sobre cientos de ruedas.
"Vivo para esto", dice Gómez.
Hace quince años, la playa de Boca Chica era un tramo de costa virgen donde los lugareños hacían barbacoas y recorrían las dunas en jeeps. La cercana ciudad de Brownsville era una puerta de entrada comercial a México, aunque marcada por la pobreza.
Pero la playa también era un lugar ideal para el lanzamiento de un cohete, en un entorno favorable a los negocios.
Atracción tecnológica
Un tuit de Musk de 2021, en el que animaba a sus seguidores a mudarse a Starbase, aceleró su transformación en una ciudad corporativa para un tipo de empresa muy diferente: una que prometía una revolución de la IA y viajes interplanetarios.
Starbase se constituyó el año pasado con una población de 500 personas, la mayoría trabajadores de SpaceX y ahora atrae a otros como Gómez, que quieren vislumbrar el futuro.
"Vinimos aquí porque queremos ver el trabajo que se está realizando para ayudar a llevar a la gente a las estrellas", explica Adam Kategiannis, un joven de 20 años que estudia ingeniería aeroespacial en la Universidad Purdue de Indiana, a casi dos días de viaje en coche.
Starbase es también un nuevo símbolo de la América de Donald Trump. Mientras la ciudad de SpaceX crece exponencialmente, uno de los proyectos de exportación de gas natural licuado más grandes del mundo también está en marcha. Se trata de otro hito en una región fronteriza cada vez más militarizada, salpicada de puestos de control y patrullas, recordatorios visibles de la represión migratoria de Trump.
Pocos lugares captan mejor las prioridades del segundo mandato del presidente, con su mezcla de poder de las grandes tecnológicas, ambición geopolítica y mentalidad de fortaleza.
Muchos residentes de Starbase también se han enriquecido recientemente. El espectacular debut de SpaceX en Wall Street catapultó el fabricante de cohetes a la lista de las empresas más valiosas del mundo, convirtiendo a muchos empleados en millonarios, al menos sobre el papel, en un ejemplo de la euforia bursátil impulsada por la tecnología en la América de Trump. Pero los habitantes de Starbase se muestran reacios a hablar de su fortuna o de su empleador.
Los funcionarios locales, en su mayoría empleados de SpaceX, declinaron ser entrevistados. Los trabajadores y contratistas de la empresa están sujetos a acuerdos de confidencialidad. Muchos mencionaron estas restricciones al rechazar ser entrevistados.
Incluso el acceso a la zona residencial de Starbase está restringido, aunque la terraza del Astropub, un restaurante privado para empleados de SpaceX, es visible desde la carretera.
Para SpaceX, viajar a otros planetas aún puede ser un sueño lejano, pero su trabajo en la Tierra avanza a una velocidad vertiginosa.
La ciudad es un hervidero de actividad. Camiones y Tesla Cybertrucks circulan sin cesar por la autopista que viene de Brownsville y que se está ampliando a cuatro carriles. No muy lejos de la calle Mars-a-Lago -un juego de palabras con el nombre de la mansión de Trump en Florida-, los trabajadores construían la Gigabay, donde Musk planea fabricar cohetes en una línea de montaje. Las torres de lanzamiento de naves espaciales, de 122 metros de altura, se encuentran más adelante.
En el horizonte se vislumbra una arboleda de unas 20 grúas que levantan la planta de gas natural licuado Rio Grande de la empresa NextDecade. En el sitio se producirán 30 millones de toneladas de combustible al año, ayudando a cumplir con otra misión de la era Trump: exportar "moléculas de libertad" energéticas.
Perspectivas
Los fabricantes de armas y otras empresas tecnológicas tienen la vista puesta en la región. El contratista de defensa Saronic Technologies, con sede en Austin, espera construir un astillero de 3.200 millones de dólares. Por su parte, varios promotores han propuesto múltiples proyectos para centros de datos.
Este rápido crecimiento y la llegada de personas de fuera han generado fricciones. La integración de los trabajadores de SpaceX en la cercana Brownsville, una localidad de 200.000 habitantes predominantemente hispana, ha tenido luces y sombras. La ciudad aún se tambalea tras una oleada de redadas por parte del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EEUU (ICE, por sus siglas en inglés), otro de los sellos distintivos de la era Trump.
Grove se encuentra entre los empresarios locales que se han beneficiado de la expansión de SpaceX. "Sin duda me ha cambiado la vida. Siempre los he apoyado", afirmó Grove. "¿Que si estoy de acuerdo con todo lo que hacen? Tampoco lo estoy con lo que hace mi mujer y sigo casado con ella, la sigo queriendo".
Los habitantes de Brownsville pueden reconocer a un empleado de SpaceX a kilómetros de distancia.
"Es su porte, y el hecho de que muchos de ellos tienen numerosos tatuajes. Son como machos alfa", comentó un residente de toda la vida. "Son soldadores. Pero son diferentes a los soldadores de GNL porque están convencidos de la idea de SpaceX".
Luis Foncerrada, de 36 años, dueño del café El Hueso de Fraile, contó que una vez recibió al hombre más rico del mundo y a su hermano, pero que ahora el negocio va despacio. "Gastan su dinero en otros lugares", explicó, refiriéndose a los empleados de SpaceX.
En Brownsville, las autoridades municipales han recibido con los brazos abiertos a SpaceX. Algunos emprendedores locales han aprovechado la temática espacial, lanzando negocios como el puesto de perritos calientes Space Dog Station y la cervecería Pluton Brewing.
Pero un colorido mural del artista de Los Ángeles Teddy Kelly -financiado por la Fundación Musk- fue vandalizado en 2022 con las palabras "gentrificado" y "stop SpaceX" garabateadas en negro.
La ecologista Rebekah Hinojosa pasó un día en la cárcel por el grafiti, pero no quiso decir si fue la responsable de él. Desde su oficina en Brownsville, explicó que su equipo en la Red de Justicia Ambiental del Sur de Texas había iniciado "demandas contra los planes de SpaceX de apoderarse de más de 7 hectáreas de hábitat natural".
Según Hinojosa, "Parece que SpaceX está transformando la playa en su patio trasero, muy militarizado y bajo estricta vigilancia. Es desgarrador".
La activista de 35 años se mostró desanimada: días antes, su grupo había perdido un caso ante la Corte Suprema de Texas que habían presentado para preservar el acceso público a la playa de Boca Chica durante los lanzamientos de cohetes.
"Todas estas corporaciones han descubierto la zona a la vez y están intentando instalar sus proyectos. La gente quiere un futuro seguro, pero muchos funcionarios locales parecen escuchar solo a las corporaciones multimillonarias", lamentó.
El fiscal general republicano de Texas, Ken Paxton, apoyó el fallo del tribunal con una publicación en X: "La ley de Texas permite asegurar ciertas zonas de playa por la seguridad de los texanos, que es precisamente lo que se necesita para garantizar que SpaceX tenga una plataforma de lanzamiento segura y operativa".
Al otro lado de la bahía de Starbase, Barton Bickerton, propietario del bar inspirado en SpaceX en la localidad costera de Port Isabel, gana la mayor parte de su dinero durante los lanzamientos de cohetes. "Los lanzamientos aquí son como las vacaciones de primavera para la isla", explica.
Reconoce los inconvenientes, desde la destrucción del hábitat costero hasta el aumento de los alquileres. Pero ya espera con ilusión el momento en que los brazos mecánicos atrapen por primera vez una nave espacial Starship a su regreso. "Va a ser una locura", concluye.
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