Jorge Fernández Díaz, el ministro de Interior de Mariano Rajoy, no quería saludar a Villarejo, el chamán de toda la fontanería del Estado. En la puerta de la sala de la Audiencia Nacional donde se iba a juzgar el caso Kitchen había un ambiente de tanatorio. El asunto que había llevado hasta allí a esta cuadrilla de desposeídos del poder era grave, pero ganaba la vibración del reencuentro. Por un momento, el corrillo fue un enjambre agitado con la ligereza de una reunión de viejos Erasmus. Cundía el uso de la fórmula «bien y tú» y todo el universo de conversaciones de cortesía entre los acusados de haber formado parte de la red parapolicial que presuntamente espió y rebuscó los secretos del PP que guardaba la familia Bárcenas. Al final el poder tiene en los juzgados su Retiro y las estrellas de las corruptelas que dan forma al Estado asumen de manera natural ser vigilados cualquier lunes a primera hora por sus abogados en estos espacios llenos de tecnicismos, diseñados para colocar regletas, las auténticas garantes del derecho procesal.
El abogado de Jorge Fernández Díaz, que cuestionó la instrucción en su primera intervención, no pudo evitar la conversación entre Villarejo y el ex ministro. Villarejo iba vestido con toga. Al parecer es abogado y no se sienta en el banquillo de los acusados, que en realidad es una sala de espera sin revistas del corazón. Villarejo es un experto en este hábitat; la especie mejor adaptada a las sesiones de regresión invocadas por palabras como «pieza», «caso» o «conexividad». Jorge Fernández Díaz sufría del mal de altura de ver su nombre al lado de 47 años de cárcel. Su cara reflejaba la pereza de cualquier cofrade un lunes de resaca: todavía tenía reseco el incienso. «Yo también estoy igual de jodido, eh», le dijo Villarejo al novato. Cristiano Ronaldo salía al campo de la misma manera: dando ejemplo. «Aquí decidió meterme el Partido Popular. A pesar de todo, no voy a ir nunca contra el Partido Popular».
Fue una pequeña confesión ejecutada en público por el principal hombre performativo en España. David Uclés es un aprendiz de Villarejo. Sus palabras tienen el mismo valor que la fe de Rosalía. Hasta el ministro también llegó Sergio Ríos, el chófer que justo estaba en el portal de la familia Bárcenas cuando un falso cura irrumpió en la casa el día que libraba. Aquella chapuza cuenta tanto de España como el viaje a la Luna cuenta de Estados Unidos o los canadienses de Canadá. Eugenio Pino, el ex DAO, y Marcelino Martín Blas, ex jefe de Asuntos Internos, no participaron en ningún baile de apareamiento.
Todos los acusados eran los hombres que desfilaron por los PP days, cuando fueron los Ábalos y Koldos con corbatas más bonitas e hijas más esquiadas. La coincidencia en el tiempo de los dos juicios expone las miserias del bipartidismo en su mejor momento. Afectará al Partido Popular aunque no se demuestre que detrás de todo el operativo estaba Mariano Rajoy, la trampa de Feijóo y de todo lo que se conoce como derecha. Rajoy propició el aterrizaje de Vox y ahora propicia un partido de tenis en el vertedero entre el PSOE de Sánchez y la alternativa que tratan de articular en Génova como si hubieran perdido las instrucciones del mecano.
Rajoy es a la política lo que la huevina a la cocina. Camuflado entre los abogados, donde se ha buscado un nuevo escondite, Villarejo tomaba notas como si todo esto no fuese con él.