En la semana de los juicios del caso Kitchen y el de la corrupción que afecta a su ex número dos José Luis Ábalos, el presidente del Gobierno nos sirvió este tuit en el desayuno: «Acabamos de conocer los resultados del nuevo índice de calidad democrática de The Economist. España mejora aún más su puntuación respecto al año anterior y se consolida como una de las democracias más plenas del mundo». Corroborado el contenido del mensaje con el informe, que nunca se sabe, se puede decir que es correcto. España ocupa el puesto 22, repite resultado, pero mejora algunas métricas.
La sorpresa vino en la apostilla. «Frente al ruido de unos, los datos de la ciencia. Y frente a la inestabilidad del mundo, una España cada día mejor», escribió Pedro Sánchez en X, siempre presto a apuntalar las molduras de su marco. Yo pensaba que iba a poner: «Pese a lo que yo pienso y manifiesto». Recordemos que el presidente opina públicamente que en nuestro país los jueces de las altas instancias hacen política en su contra y que los medios no afectos están alineados con los bulos y los ultras.
Pero The Economist no hila tan fino. Al semanario británico le da igual lo que piense un primer ministro sobre sus jueces, siempre que las sentencias sean justas y se cumplan. Bajando la pelota al piso: no es tan perjudicial para la democracia que el fiscal general haya empleado su cargo para tratar de dañar a una rival política del presidente que lo nombró, como que haya sido juzgado, condenado y apartado de su puesto por un tribunal independiente. Por tanto, bien por España un año más.
Dos días antes del tuit sobre The Economist, el presidente nos ilustró con este otro: «22». Después colgó un vídeo en el que anunciaba que España alcanzaba por primera vez esos millones de cotizantes. De nuevo, tras corroborarlo con la cifra oficial, que nunca se sabe, digamos que tenía medio pase: se alcanzaba esa cifra, pero sólo en una de las métricas (datos desestacionalizados). Lo que no tenía un pase es que lo anunciase él, en lugar del organismo del Estado encargado. Si el ciudadano percibe la publicación de los datos oficiales como un acto partidista, puede perder la confianza en quien lo elabora. Pero, visto como está el patio, no vamos a sufrir por ello.
En el Tribunal Supremo se vive estos días otra fiesta de la democracia. Gracias a la profesionalidad e independencia de jueces, fiscales y guardias civiles, el que fuera uno de los hombres más poderosos del país porque Sánchez le invistió de esa autoridad está sentado en el banquillo. Antes de revisar la cuenta de X del presidente por si dice algo al respecto, leo todas las mañanas las extraordinarias crónicas de Ángela Martialay, Manuel Marraco y Leyre Iglesias. Rezuman cochambre. La trama está barnizada con una estética de puticlub de carretera secundaria y su hedor permite al contribuyente adquirir plena conciencia de a qué se empleaban sus dineros. Justicia divina que sea en el arranque de la Renta.
Pero este juicio va de otras cosas: de cómo se robaba a manos llenas con las mascarillas en un momento en que el Covid se llevaba a la gente al cementerio a capazos o de dónde tenían la cabeza quienes debían velar por la seguridad de las vías y de los trenes. No pasa nada. Mañana el presidente se va de viaje a China, que ocupa el puesto 142 en el ránking de The Economist y el 1 en el número de penas de muerte. Viva la democracia.