Ha entrado a ventilar en todos los rincones políticos del país el aire del cambio. Inevitable, diría. A todos los frentes que ya cercaban al Gobierno, que no eran pocos, se ha unido ahora una crisis de Estado inesperada, que no se soluciona y que ha enterrado a paladas el crédito que le pudiera quedar a Pedro Sánchez. Si hasta el lehendakari, fiel entre los fieles, se planta en la portada dominical de La Vanguardia a decir que «Ceuta puede acabar con la legislatura», cómo será la realidad.
Los signos de descomposición son claros y se retransmiten en directo, al mismo ritmo con el que el presidente es incapaz de explicar qué ocurre con Marruecos. Quien inició su andadura en el poder poniéndose en manos de Otegi, luego pasó a Pablo Iglesias y después escogió a Puigdemont se encuentra ahora en los brazos de Mohamed VI por razones no conocidas.
Y sin embargo, la derecha no se confía. Tiene Feijóo una tendencia natural a hablar como presidente del Gobierno sin serlo y la entrevista que ayer concedió a EL MUNDO para presentar su proyecto para «el cambio» no fue una excepción. Hay en ello una parte espontánea y otra de estrategia, con afán en ambos casos de aparecer como un hombre de Estado allí donde solo hay adictos al fango. Pero eso no significa que Feijóo dé la victoria por descontada, ni mucho menos.
Muy al contrario, en Génova, como en Vox, pesa demasiado la experiencia traumática de las elecciones de 2023 como para caer en el mismo error de dar por seguras las encuestas. Y no será que no son positivas. A falta de que hoy Tezanos nos explique lo fantástico que ha sido para Sánchez su retiro en La Mareta, todos los sondeos serios que se han publicado en el arranque de este curso señalan una supermayoría inédita de la derecha, con más del 50% de los votos y por encima de los 200 escaños. No hay ni un solo dato demoscópico que permita al PSOE ver un resquicio de recuperación en algún sitio y la tendencia es terrible para los socialistas, con una pérdida acelerada de apoyos desde la primavera.
En la encuesta que Sigma Dos elabora para EL MUNDO hay en torno a 750.000 votos teóricamente recuperables para el PSOE, que son aquellos que se manifiestan «indecisos» o afirman que no acudirán a votar. Pero ni aunque el cuarteto Sánchez-Puente-Bolaños-Albares movilizara a todos ellos e incluso sedujera a algunos más sería suficiente. Por no hablar del panorama a su izquierda, donde han pasado de la gira de autoelogios de Rufián a la ilusionante candidatura de Irene Montero.
Y, sin embargo, como digo, la derecha no se confía. En las conversaciones que estos días bullen en los alrededores del Congreso y las sedes de los partidos el tema es cuánto puede aguantar el Gobierno en esta situación y cuál será la fecha de las elecciones. O más bien, en qué condiciones se celebrarán.
A Sánchez casi se le escapaba la risa hace unos días cuando decía que decidirá la convocatoria «por el interés de España». De entre todas las opciones posibles, esa es la que todos descartan. Al revés, una de las incógnitas es cuánta tierra se quemará antes del final de la contienda. Como ocurre con los ejércitos que se baten en retirada, los estragos de los últimos momentos pueden ser los peores.
Las señales son nefastas. Sánchez ha planteado la batalla electoral en sus justos términos antidemocráticos: PP y Vox no constituyen una alternancia política, sino una involución. Y contra una involución, todo vale. Los ataques a los jueces, antaño una excentricidad podemita, son ahora rutina diaria en los ministerios. Se ha lanzado una campaña de desprestigio contra el CNI por el asalto de Ceuta. Y la pataleta montada con la ley de nietos hace temer lo peor de un Gobierno al que las garantías en el proceso electoral le parecen un asunto secundario.
Tanto en el PP como en Vox saben que lo que viene en los próximos meses es polarización extrema, fanatización del votante de izquierdas y una fecha electoral seguramente insólita, en la manera que sea. Afirma Feijóo en nuestra entrevista que «el próximo Gobierno será el más difícil desde el de Adolfo Suárez», pero lo que habrá primero serán las elecciones más importantes desde la Transición. Hay ahí, por cierto, una fecha destacada. El 15 de junio del año que viene se cumplirán 50 años de las primeras elecciones libres tras la dictadura. No querrá el destino que las elecciones de la exclusión y la negación de la alternancia coincidan con el aniversario de las elecciones del abrazo entre los españoles.